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Título: Autoengaño: Palabras para todos y sobre cada cual
Autor: Rafaél Ángel Herra
Editorial: Editorial Universidad de Costa Rica

Autoengaño: más que una mentira

Por Álvaro Zamora
zamorar5@gmail.com


En un texto profético, Yahvé se habría engañado a sí mismo, mientras presumía frente a Satán, por la santidad de Job. Acaso la lección de profetas e inspiradores morales sea allí notablemente ambigua, como advierte Rafael Ángel Herra en su libro Autoengaño, recién publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica. Si la divinidad no ha rechazado la tentación, ¿cómo podrá resistirla el hombre?

El tema de la obra se anuncia polémico, pero de interés capital, no solo en terrenos de la ética, sino también en las ciencias sociales e incluso en la estética. Herra lo califica de insensato, pero resulta difícil aceptar esa denominación, pues iluminar tal refugio de la conciencia moral –sobre todo en los tiempos que vivimos— favorece el conocimiento personal, tanto como la comprensión de fenómenos políticos, institucionales, culturales.

El libro está constituido por tres partes, gestadas en predios filosóficos y literarios, desde donde se evidencian y esquematizan comportamientos propios del autoengaño. Pese a la profundidad de las hipótesis y propuestas interpretativas, en cada apartado, Herra logra un escrito fluido y accesible. Al principio, refiere en forma sucinta una certeza, quizá una veta conceptual, que ha rastreado por años: los agresores atenúan el dolor de la culpa escudándose en coartadas. Advierte que, para imponer sus propósitos, cada cual querría agredir a voluntad, con la conciencia limpia y declarar al mismo tiempo que solo es maligno el acto ajeno, jamás el propio. Hace más de dos décadas, dicha idea se prefiguraba en otro libro de Herra sobre la violencia, el tecnocratismo y la vida cotidiana. Varios cuentos y sus novelas hallan motivos en ella. La inspiración conceptual sobre el tópico de la desculpabilización del agresor le vino de Fromm, según informa él mismo; pero, engarzadas con un envidiable bagaje cultural, me atrevo a mencionar otras fuentes probables, cuyo matiz se percibe también en el volumen recién publicado. Algunas parecen distantes, como las mitologías y religiones antiguas, la Biblia, Cervantes, Dante, Goethe. Hay otras más recientes: los grandes novelistas rusos y, con seguridad, Kazantzakis, Anatole France y Kafka. No dudo que Freud, Husserl, Sartre, el viejo Kant y Hegel formen parte del humus en que ha nutrido su indagación, sus descripciones y propuestas. Valor ha de concederse, además, a la actitud de Herra –sistemática, comprensiva y crítica- frente a las investigaciones coetáneas de temas semejantes o anejos.

La imagen del espejo
En la primera parte, el libro juega con la imagen del espejo. El otro me refleja. Cuando descubro en él lo que me disgusta de mí mismo, se lo atribuyo y lo condeno o, al menos lo rechazo, lo descalifico. El autoengaño sucede de muchas maneras. En cada caso expresa la contradicción de la conciencia moral consigo misma: entre lo que hace y lo que dice cuando valora lo que hace. No se trata de un mecanismo reflexivo, sino espontáneo. La articulación ética en que Herra sitúa este aspecto del fenómeno trasciende el concepto de formación reactiva, que en el psicoanálisis remite a un hábito o actitud obsesiva e inversa al deseo que se reprime (por ejemplo: el marcado pudor de un sujeto con tendencias exhibicionistas). En la relación especular, la conciencia tomaría al otro como basurero, donde arroja lo sucio, el desecho, lo inservible. En realidad, reconoce de soslayo su artilugio y lo fomenta, para garantizar, en la ficción, que la fuente de todo mal está en el prójimo: no soy el malo ni estoy en su lugar. En su lugar están los que son como él. La prensa amarillista se mueve en el horizonte de posibilidades abiertas por este mecanismo. Según Herra, a partir de dicho patrón se organizan otras fórmulas de autoengaño, que describe en forma precisa, sugestiva, con la fisga y el estilo de un escritor depurado.

Los ídolos de la tribu
La segunda parte del libro se denomina Idola tribus. Una remisión al Génesis le permite aclarar vínculos entre los textos y la realidad. También considera la dependencia mutua entre el poder y la legitimación de las condiciones sociales que lo posibilitan. Aquí se analiza la obsesión del paraíso terrenal y los estereotipos europeos que han servido como fórmulas desculpabilizadoras de la violenta conquista de América. Por esa vía, nos encontramos con asuntos como la idea moderna de un hombre universal idealizado a imagen y semejanza del europeo, la instrumentalización de la naturaleza, los medios de masas, la globalización y su cultura. En concordancia con variadas perspectivas críticas contemporáneas, nuestro autor afirma que Occidente o, mejor, cierto rostro industrial y consumista de Occidente, es cada vez más un proyecto de seducción deseoso de arrollar al mundo entero.

La obra del diablo
Opus diaboli se titula el apartado final del libro. Lugar propicio, para aventurar una inspiradora sección a los encantamientos de El Quijote. En alguna de sus secciones —dedicada a los trucos demoníacos— nuestro autor barrunta: El demonio tramposo es otra cara de la identidad del hombre occidental que lo inventó. Varias secciones de este apartado (como Racismo y autoengaño, Interculturalidad y delito) servirán al lector, como fuentes para reflexionar sobre la percepción que tenemos de otros pueblos y sobre los traslapes culturales. Casi al final, aparecen en escena ciertos dilemas morales, como el que se plantea por la tensión permanente entre la libertad y la lealtad (al cónyuge, al amigo, a la patria). Aquí se insinúa una paradoja: la obligación libre de la lealtad puede convertirse en obligación forzada. Tema vasto, alcanza cada una de nuestras relaciones personales, nuestros vínculos con instancias políticas e institucionales. Alguien que traiciona al amigo, el abogado leal al asesino que defiende, el empleado fiel a la empresa que contamina un manto acuífero, el patriota que participa en la invasión de un país lejano, hijos que encubren a sus padres agresores. Herra nos lanza sobre esta problemática, consciente de que el agente moral puede recurrir a un aspecto (personal, por ejemplo) de la lealtad, para justificar sus faltas en otro.

Al final, Herra nos arroja el guante, con la frase que había colocado como subtítulo del libro: Palabras para todos y sobre cada cual… Acaso disfraza una conminación; yo he preferido ver en ella un convite.

Hacé tus comentarios
Hay 1 comentario
MIla – cr
Julio 06, 2010 - 08:47
Asunto:

exelente

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