Ninguna necesidad del hombre es tan avasalladora como la de sentirse amado. Ni tan egoísta, practicamente amamos con el fin de que nos amen. Con esas ideas palpitando en la cabeza sale uno de la íntima sala del Teatro Vargas Calvo, donde Leonardo Perucci y Arturo Campos brindan dos personajes que impresionan.
En cartelera desde el 7 de junio, “Las heridas del viento” es un texto al que se le puede sacar el jugo por muchos lados, solo lea el argumento: David, un hombre que bordea los 30 años, debe hacerse cargo del legado de su padre tras su muerte. Entre sus papeles encuentra algo inesperado: montones de encendidas cartas de amor firmadas por otro hombre. Desconcertado, decide encontrar al remitente para descubrir a su padre, ese que no conoció.
Así, con Rafael ya ausente, su hijo David (Arturo Campos) y su enamorado Juan (Leonardo Perucci) se embarcan en la búsqueda del hombre que les quedó debiendo y que ya ninguno de los dos puede tener.
La obra dirigida por Mariano González revela a estos dos hombres con sus necesidades particulares de sentirse amados, al mismo tiempo que nos revela esa necesidad a los espectadores: que nos ame nuestro padre, nuestro amante, nuestro amigo, el que sea, pero que nos amen, porque amarnos solos casi nunca alcanza.
El montaje transcurre en 1 hora y 25 minutos que no pesan ni un poco. La intimísima Vargas Calvo se adapta perfectamente al cuerpo de la obra, deprovista casi completamente de utilería, no necesita más que los tenues manejos de iluminación para cambiar de escena. El ritmo y el tiempo los mantienen esos dos personajes, adueñadísimos del escenario.
Llegar al Vargas Calvo en esta oportunidad es descubrir un guión bien hecho que engaña y sorprende al final, escuchar conversaciones íntimas que más que eso son frases lapidarias y de filosofía y enfrentarnos una vez más al hecho ineludible de que todos, que nos creemos tan diferentes, deseamos lo mismo.
Si se le perdieron las ganas de amar, “Las heridas del viento” es la excusa perfecta para reencontrarlas.