De reivindicaciones, facturas, benemeritazgos y otras cosillas
28/04/2016

Opinión del filólogo Leonardo Sancho Dobles respecto al benemeritazgo de Carmen Lyra y otros temas nacionales.

Por Leonardo Sancho Dobles

 

La idiosincracia costarricense posee algunos instrumentos de censura velada que hacen quedar muy bien a quienes la ejercen y dejan muy por debajo del piso a quienes se les aplica, esas herramientas son el “serruchapisos” y el “pasar la factura”.  Se trata de males de nuestra sociedad que le hacen daño a ella misma porque, al enmascarar la persecución —ya sea moral, ideológica o política— no permiten que haya algún avance y cuestionamiento y, más bien, son instrumentos que buscan y promueven la homogeneidad de ideas y el estancamiento mental. 

 

En vista de los acontecimientos recientes, en esta oportunidad se hará referencia al cobro moral desmedido que se le aplica a ciertas personas cuando, un poco irónicamente, se les dice que “le pasaron la factura”.

 

En la historia patria tenemos varios personajes a quienes se les ha pasado la factura y se les ha silenciado, invisibilizado, humillado públicamente, encarcelado y exiliado simplemente por no estar de acuerdo con el orden establecido, por ejemplo Joaquín de Oreamuno y Muñoz de la Trinidad, Juanito Mora, Billo Zeledón, Paco Zúñiga y Carmen Lyra, entre muchos otros, como los que fueron paseados y expuestos en un camión de ganado por las calles de San José mientras los habitantes enardecidos les tiraban improperios y les gritaban basura por aquellos tiempos de la Guerra Civil, que tantas heridas —aún no sanadas— ha causado.

 

La joven e inquieta maestra, María Isabel Carvajal, nació con la estrella de ser hija ilegítima y de poseer una de las conciencias sociales más lúcidas que ha habido en nuestra sociedad.  Tuvo la oportunidad de viajar a Europa a inicios del siglo XX y absorber las ideologías que recorrían las ciudades del viejo contienente como si se tratara fantasmas. 

 

Cuando regresó  al país compartió con sus colegas El Manifiesto Comunista —el cual se dice que había traducido ella misma del francés— y muchas ideas de la educación como el método de María Montessori que busca el desarrollo y el crecimiento intelectual de los infantes de acuerdo con sus propios potenciales y entornos, pedagogía muy diferente a la que se impartía en aquellos años.  Con el pasar del tiempo se fue involucrando cada vez más en la política y alternaba su compromiso social con el compromiso literario, pues la literatura también es una herramienta revolucionaria como comulgaban muchos intelectuales de la época.

 

Su participación política, sus luchas sociales, su abierta filiación con los ideales del comunismo, la fundación de sindicatos a favor de las mujeres trabajadoras, el enfrentamiento con los grupos de poder, la resistencia ante el vizco que imagina reinar en un país de ciegos y su inagotable pluma combativa le pasaron una muy cara factura: destituida y expulsada de sus trabajos y finalmente exiliada en México, donde falleció en 1949. 

 

Su legado más importante fue que realmente “hizo escuela” —como se dice usualmente— y su pensamiento caló muy profundo entre sus colegas y sus jóvenes discípulos, quienes años después vendrían a conformar la “Generación del 40” en las letras nacionales, el grupo que supo entender el entorno social y las diferencias de clase y en sus novelas el campesino y su problemática realmente pasan a formar parte del conflicto narrativo.  En este sentido, el ideario del desaparecido “Grupo Germinal” —del cual fue fundadora junto con Billo Zeledón— cumplió el objetivo de germinar y crecer en las nuevas conciencias.

 

Con el pasar del tiempo fue nombrada Benemérita de la Cultura Nacional en 1976, pero este reconocimiento lo que hizo fue potenciar su faceta de escritora de cuentos infantiles y ocultar y silenciar su voz combatiente.  En los bajos del kiosko del Parque Central de San José se albergó una biblioteca infantil que llevaba su nombre, pero ahora es una bodega de la Fuerza Pública.

 

Durante décadas se le encasilló como la escritora de cuentos infantiles y la creadora de los relatos que narraba la tía Panchita —heredados de la tradición universal y de la picaresca española— con lo cual se logró ocultar y silenciar su aporte político a favor de los que menos tienen, sus luchas en contra de la explotación laboral, su denuncia de las injusticias y las condiciones infrahumanas de los trabajadores, mujeres y niños en las plantaciones bananeras a cargo de las empresas transnacionales o su manifiesto a favor del peón —el campesino, el recolector de café— que sufre los embates del capital y del valor del mercado del llamado “grano de oro”.

 

Hace seis años a Carmen Lyra se le intentó reivindicar y sacar del olvido poniendo su imagen en un billete, a la par de José Figueres —¿parajoda o ironía?­— y de Emma Gamboa.

 

Casi siete décadas después de que su cuerpo regresara del exilio para ser sepultado en suelo patrio, pareciera que ya nuestra sociedad le ha cobrado con los más altos intereses de la factura a María Isabel Carvajal y se le declara recientemente Benemérita de la Patria.

 

Ojalá y este benemeritazgo no sea una artimaña más de quienes ostentan la verdad y el poder para querer tapar el sol con un dedo y volver a apaciguar los ánimos, porque todavía un siglo después sus rayos y destellos son más que refulgentes e incandescentes y su ideario y pensamiento continunan más vigentes que nunca.