La Casa Amarilla: mansión de historias y reliquias
18/02/2016

Adéntrese en las singulares historias y valiosas reliquias que encierra este edificio, declarado patrimonio nacional en 1976.

 

Gonzalo A. Vargas U.

Colaborador RedCultura.

 

En 1907, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica acordaron crear la Corte de Justicia Centroamericana, el primer tribunal internacional moderno de la historia de la región.

 

El objetivo principal era traer mayor estabilidad a la región y solidificar lazos de hermandad entre los estados. Acordaron, en ese entonces, que la sede de esta corte se establecería en la ciudad de Cartago, en Costa Rica.

 

El magnate y filántropo estadounidense Andrew Carnegie donó una suma cercana a los 100 mil dólares para la construcción de este edificio, pero poco antes de que el proyecto se diera por terminado Cartago fue devastado por el terremoto de 1910.

 

Aunque el edificio fue destruido el proyecto de la corte se mantenía en pie. Carnegie, comprometido con la causa, donó de nuevo la suma necesaria para construir la sede, bajo una condición: el edificio ahora se construiría en la ciudad de San José.

 

El proyecto para construir el edificio siguió su curso, pero el de la corte no. En 1918, cuando el edificio se dio por terminado, el acuerdo con el que se estableció la Corte de Justicia Centroamericana caducó.

 

El gobierno de Costa Rica se quedó entonces con este nuevo edificio, bautizado como el Palacio de Paz, aunque conocido comúnmente como Casa Amarilla, debido a su pintoresco color.

 

La Casa Amarilla en 1927

 

El inmueble, levantado para un propósito que jamás alcanzó, cumplió entonces de Casa Presidencial en dos ocasiones (1920-1924, 1948-1949), aunque sólo por un tiempo también fue la sede legislativa. El propósito final que se le asignó fue dar sede a la Secretaría de Relaciones Exteriores, hoy Ministerio de Relaciones Exteriores y de Culto.

 

Cicatrices en diplomacia

 

Desde 1921, en una u otra forma, la Casa Amarilla ha estado relacionada a la diplomacia internacional. Para un país pequeño y poco poblado, el currículo costarricense en relaciones exteriores se mantiene bastante sólido.

 

Para muestra un botón: a un costado de la Casa Amarilla, en la Plaza de la Libertad Juan Mora Fernández, se expone en ominosa tranquilidad un trozo original del Muro de Berlín.

 

Costa Rica es uno de los tres países en latinoamérica, junto con Argentina y México, que cuenta con un trozo de la difamada estructura.

 

Fuente de discordia y vergüenza internacional, el Muro es un recuerdo material de una era donde las relaciones exteriores y la diplomacia salvaron al mundo de un cataclismo nuclear.

 

Lo que antes dividió a un pueblo ahora une al mundo en una lucha por la convivencia pacífica y la libertad. Este fragmento de más de tres metros de concreto, con graffitis descoloridos por el sol,  se expone en la plaza como un símbolo al que los costarricenses puedan acudir para celebrar su afortunada tradición de libertad.

 

Muro de Berlín

 

Pero la porción del Muro no es la única reliquia que yace dentro de la Casa Amarilla. El Ministerio cuenta con un museo de reliquias históricas relacionadas a la historia de Costa Rica que se remonta al periodo colonial.

 

Correspondencia de presidentes, mapas antiguos del territorio nacional, fotografíasde antaño, trajes usados por Braulio Carrillo, firmas originales de Napoleón Bonaparte, una réplica de la espada de Simón Bolívar... son sólo algunas de las reliquias más notables que la Cancillería tiene en exposición y que recogen una larga tradición de diplomacia.

 

Las historias detrás de las reliquias: Un título para amar

 

Sin duda las invaluables piezas históricas que conserva la Casa Amarilla son fascinantes, pero más allá de lo material el edificio conserva un amplio repositorio histórico de personajes y anécdotas.

 

Una de las más intrigantes reposa en Manuel María de Peralta, un cartaginés que nació en 1847 y que crecería para ser el diplomático más laureado en la historia del país.

 

Al nacer fuera de matrimonio, como un hijo ilegítimo, se enfrentó a condiciones adversas durante su juventud. Logró superar los obstáculos y convertirse en representante del país en el extranjero a corta edad.

 

Pero la historia de éxito de Peralta no es el aspecto que convierte su vida en una historia tan singular, aquello que levanta su vida por sobre la cotidianidad y le otorga un aire novelesco es la búsqueda del amor.

 

Manuel María de Peralta

 

Durante su estadía en Europa como delegado del país entró en contacto con una aristócrata belga viuda llamada Josephine Jehanne Clérembault, que ostentaba el título de condesa.

 

El interés de don Manuel María por Josephine era notorio y recíproco, pero las normas de la aristocracia europea no permitían la unión de la dama con un particular.

 

Como hijo ilegítimo de un hombre que hacía alarde de su línea genealógica conectada a la nobleza europea, don Manuel se dió cuenta de que existía la posibilidad de reclamar un título oficial extinto, que le había pertenecido a un tío tatarabuelo.

 

Primero tuvo que solicitar a su padre que lo reconociera como hijo ante el Consulado de España. Fue reconocido oficialmente a la edad de 36 años como hijo de Bernardino Peralta Alvarado.

 

Después tuvo que hacer complejos trámites para reclamar el título de Marqués de Peralta. Este título honorario había sido entregado por última vez en 1743, por el monarca del Sacro Imperio Romano Carlos VI. Para cuando don Manuel solicitó restituir el título el Sacro Imperio Romano ya había dejado de existir.

 

Esto causó que don Manuel tuviera que solicitarle a la Santa Sede, entidad sucesora del Sacro Imperio Romano, traer de vuelta el marquesado. En 1883, luego de diversos trámites y procesos, se le otorgó por fin a don Manuel el título de Marqués de Peralta.

 

Una vez que obtuvo el título pudo contraer matrimonio, en 1884, con su querida Josephine -o Juanita- como el marqués la llamaba.

 

Dentro de su labor diplomática el Marqués de Peralta logró grandes avances en los conflictos limítrofes con Nicaragua, Colombia y Panamá. Formó parte de procesos importantes relacionados a la construcción del Teatro Nacional, el Edificio Metálico y el Monumento Nacional. Hasta la fecha es el único costarricense que ha sido declarado Benemérito de la Patria en dos ocasiones.

 

La historia detrás de las reliquias: Duelo de honor

 

Las historias de amor no son las únicas que adornan la historia de la Casa Amarilla. Existe una envuelta en honor, discordia y muerte.

 

Sus personajes principales son Eusebio Figueroa Oreamuno y León Fernández Bonilla. Ambos emisarios del Gobierno, políticos destacados de su época y "hombres de honor".

 

Los roces entre estos personajes iniciaron cuando Figueroa implementó una serie de recortes monetarios en 1883 que alcanzaron a León Fernández.  En ese momento Fernández se encontraba en Europa como enviado del Gobierno. El enviado a Europa argumentó que con los nuevos recortes se harían inoperables su estadía y negociaciones en el exterior.

 

Eusebio Figueroa

El presidente de ese entonces, Próspero Fernández Oreamuno, le solicitó al canciller Figueroa que realizara una excepción en sus recortes en el caso de León Fernández, pues sus labores en el exterior eran muy valiosas.

 

Figueroa, en contra de sus planes originales, tuvo que suspender los recortes y además pedirle al Congreso que se le diese un aumento a León Fernández.

 

Las asperezas entre ambos sólo crecieron cuando Figueroa entró en contacto con un volante donde se hacía burla de su persona y se le insultaba. El rumor de que este panfleto podía ser obra de León Fernández, que ya había vuelto al país, llegó a sus oídos.

 

León Fernández

 

Figueroa envió a un allegado a que hablara con Fernández y que averiguara si realmente era el autor de la pieza injuriosa. De ser así el allegado debía informarle a Fernández que Figueroa lo retaba a un duelo de honor.

 

Al ser encarado Fernández admitió que él no era el autor de dicho volante, pero que aún así le daría la satisfacción a Figueroa de retarse en duelo.

 

El combate se pactó para las ocho de la mañana del 11 de agosto de 1883, en la finca de Napoleón Millet ubicada cerca de La Sabana. Acordaron que el duelo se daría por medio de revólveres a una distancia de veinticinco pasos.

 

Al llegar la fecha, tuvieron que rifarse por medio de una moneda quién ocuparía el sector este y quién el oeste. Fernández salió favorecido y por ende terminó en el este con la sombra de su lado. Figueroa tuvo que ocupar el sector oeste con el sol dándole en la cara.

 

El relato dice que ambos tiradores fallaron el primer duelo. Como consecuencia redujeron la distancia a nueve pasos y reanudaron la cuenta de tres. Se encontraban como testigos los padrinos de honor de cada duelista y un médico para cada rival.

 

El segundo intento se llevó a cabo. Ambos dispararon. Uno falló y el otro murió. En el suelo terminó Eusebio Figueroa Oreamuno, con un tiro alojado en el corazón.

 

Los duelos de honor ya se encontraban prohibidos en el territorio nacional para aquel entonces. Sin embargo,  ninguno de los implicados tuvo que verse sometido a una sentencia penal porque el tribunal que se ocupó del proceso hizo caso omiso de las normas que establecía el código penal vigente.

 

Durante el proceso judicial se propagó el rumor que León Fernández asistió al duelo portando una cota de malla para protegerse de un impacto de bala, pero estas aseveraciones jamás se comprobaron.

 

Años después, el 3 de enero de 1887 en el edificio de la Antigua Estación del Ferrocarril al Atlántico, León Fernández recibió tres balazos por la espalda. Sobrevivió al atentado inicial pero las heridas le causaron  la muerte el 9 de enero de ese mismo año.

 

El perpetrador del atentado fue Antonio Figueroa Espinach, hijo del fallecido en duelo. Los reportes indican que al enterarse quién le disparó, León Fernández dijo “Buen hijo, pero mal caballero”.

 

Figueroa Espinach también fue llevado a juicio y también salió exonerado. Las sentencias polémicas derivadas del enfrentamiento de 1883 desencadenaron un cambio en el sistema judicial costarricense que se consolidó en 1903.

 

Reencuentro

 

Es así entonces, como en el medio del caos josefino, existe un palacio. Dos veces construido y una vez destrozado. Investido con símbolos de países a los que nunca sirvió. Rodeado por un jardín calmo e incrustado con un funesto bloque de concreto. Bóveda de historias de amor reales y orgullosas muertes.

Vívalo en persona.

 

No se pierda la oportunidad de visitar la Casa Amarilla por medio del programa Cancillería de Puertas Abiertas y conocer estas historias de primera mano.

 

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