Warren Ulloa-Argüello y sus alfiles de grafito
02/11/2015

Reseña de la nueva novela "Elefantes de Grafito" del escritor nacional Warren Ulloa Argüello.

Por Santiago Porras

 

La Costa Rica que la crónica periodística debería exponer (si se pudiera ejercer ese oficio lejos del temor o del acomodo) a la opinión pública, aflora, en su desconcertante complejidad y variedad, en la novela “Elefantes de grafito” de Warren Ulloa-Argüello.

 

Sin atender a pie juntillas los cánones de la novelística atinente al crimen, este autor elabora una intrincada trama de hechos y personajes que, más que concatenarse, colisionan entre sí y revelan ese trasfondo insondable e impredecible, cuando no paradójico, que conduce a unos seres humanos a delinquir y a otros a labrarse un “prestigio” en su combate, arriesgando todos su seguridad física y emocional, sumergidos en un juego de inteligencias y perversidades.

 

Con esos ingredientes, manejados con mayor destreza que en su novela anterior: “Bajo la lluvia dios no existe”, Ulloa-Argüello hilvana las distintas historias de “Elefantes de grafito”. Historias que las autoridades “explican” como “luchas territoriales de bandas mafiosas”, “ajustes de cuentas”, expresiones que los periodistas aceptan y repiten porque sí.

 

Eufemismos que buscan tranquilizar a la gente común porque tácitamente les dicen que esas guerras que se libran encarnizadamente allá afuera, son ajenas, y cuyos “daños colaterales” (otro eufemismo) es poco probable que los alcancen. Con fundamento en esas puntas del iceberg que son las noticias rojas y mediante investigación e imaginación Ulloa-Argüello devela y recrea ese mundo o esos mundos paralelos que conforman un país que aún insiste en creerse pacífico.

 

El primer elemento desconcertante de la novela para los desinformados o atentos solo a la prensa sesgada es encontrarse con que autoridades norteamericanas, casi siempre presentadas o autopresentadas como los adalides en el combate de la delincuencia, están involucrados en ese tipo de actividades. El asesinato del agregado cultural de la embajada estadounidense en un motel es el detonante de los acontecimientos narrados pero las cosas, desde luego, no empezaron allí ni, lógicamente, terminan allí.

 

La primera parte de la novela se detiene, sin ser morosa, a narrar esos antecedentes y el resto buscará esclarecer, hasta donde sea posible, esos aspectos. Es que la credibilidad de lo relatado no permite soluciones mágicas ni fantasiosas, lo que está narrado es una realidad creíble, con los claros y oscuros propios del día a día investigativo.

 

Libro de múltiples tramas que tienen finales variados, desde los inconclusos hasta los totalmente finiquitados, el último de los cuales, ajeno a las vicisitudes que han captado la atención de lector, revela la abisal índole humana de uno de los personajes; quizá en ese inusitado detalle esté la clave que explique por qué los seres humanos buscan los juegos peligrosos, soslayando que de seguro muchos sucumbirán y que los triunfos del delito y contra el delito no solo pueden tener resultados inciertos sino que suelen terminar demasiado pronto.

 

En ese mundo la autoridad lucha en contra de los enemigos lógicos y contra elementos o entidades que deberían estar de su parte. A veces pareciera una lucha de todos contra todos, con giros propiciados por las circunstancias en el transcurso de los acontecimientos, que le dan a la trama una constante e impredecible intriga. 

 

Uno de los aspectos más relevantes de “Elefantes de grafito” es la presencia de personajes bien caracterizados. No exactamente monolíticos, sino cambiantes (para bien y para mal); no resulta fácil identificarse con algunos de ellos, sus veleidades éticas no dan para eso, pero sí para concebirlos como personas vivas que se ven a diario en los medios de comunicación, de donde posiblemente se haya inspirado el autor para concebirlos.

 

Con sus dos novelas, Warren Ulloa-Argüello dibuja la Costa Rica de los inicios del siglo XXI. En la primera esboza principalmente el mundo paralelo de los jóvenes y en esta segunda emerge el mundo de los adultos, ese que subyace de la “normalidad”, un submundo que con frecuencia transgrede la legalidad del país pero a la vez sustenta, en gran medida, su actividad económica “normal” mediante el lavado de dinero. “Poderoso caballero es don dinero”, advertía Quevedo hace como cuatro siglos, 

 

Retrata esa Costa Rica actual que se busca disimular, la que todos saben que existe pero aún algunos se niegan a aceptar cuando dicen: “actuemos antes de que nos penetre el narcotráfico”, “aún estamos a tiempo de corregir el rumbo de este país”, “no queremos ser como México o Colombia”, cuando el narcotráfico ya penetró las estructuras sociales y oficiales del país, cuando el rumbo ya no se puede revertir, cuando ya Costa Rica es como esos países de los que se abjura, más con palabras que con acciones.

 

“Elefantes de grafito” no solo está construida con ladrillos de variado origen, sino que su autor apeló a una voz narrativa extraña a la novela negra ortodoxa, pero necesaria para poder reconstruir el universo de la delincuencia actual en Costa Rica. Es una novela que podrá satisfacer el interés de los lectores que, sin reparar tanto en los cánones, disfrutan una historia interesante y bien contada. 

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