RedCultura.comJacarandá - Rodolfo Arias Formoso

Buzón de Bronce (pronto a publicar)

Permalink 19.01.10 13:55 , Categorías: Cuentos

Buzón de bronce

Para Gabriela y Tomás

Se habían conocido en la fila de un supermercado, ese territorio de estrecheces y empujones, de maquinillas para rasurarse que cuelgan revueltas con chocolates, baterías, chicles y condones, de niños que se topan con la urna repleta de helados y berrean mientras tiran de las faldas o pantalones del progenitor más cercano. Ahí nunca es fácil saber quién ese quién, sobre todo cuando la espera es larga y uno se escabulle, estira subrepticio el brazo para coger un Selecciones o una Cosmopolitan y leer un rato alguna tontería mientras la cajera hace sonar y sonar el timbre para que le averigüen el código de un producto, el muchacho corre a cambiar la bolsa de azúcar que se derrama, la máquina de pasar las tarjetas se enfurruña y no hay modo de saber si el tipo de barba y ojeras tiene con qué pagar el litro de whisky o la docena de cervezas que sostiene con brazo tembloroso.

A ella su madre le había pedido que fuera a comprarle un desodorante. En ese tiempo aún no había muchos supermercados, y caminar un poco por la ciudad hasta el más cercano le agregaba aventura al favor. Había tomado la presentación más pequeña que había del desodorante encargado, porque se antojó de un champú de limón que tenía una botellita muy linda, por cierto en forma de limón. No había nada más chiquito, y aún así le faltaba un peso. Fue a pagar, esperando un milagro. La cajera marcó, sumó, dijo cuánto, ella sacó el billetito gris y la otra no hizo nada por ayudar. Bien que mal un peso todavía era un peso. Las miradas se cruzaron en un duelo de yo no tengo y yo no puedo, hasta que de pronto una mano de dedos largos depositó la moneda en medio del campo de batalla.

Ella se volvió, alzó la mirada y dijo gracias o dijo Dios se lo pague o algo así, mágico y normal. Él murmuró con mucho gusto, de nada, y ella cogió su paquete y pareció que se iría sin más. Él estaba resignado a que ella hiciera eso, porque es lo que siempre pasa, pero notó que sus pasos hacia la puerta eran lentos y que ya estaba su vuelto y su bolsa. Se apresuró y dijo hola como si le hablara a las colas de caballo con bolitas de colores que las muchachas a veces tienen, y que siempre están ahí donde empieza la espalda como una llave que las hace virar ciento ochenta grados, desplegar una sonrisa ancha y contestar el hola con otro y con algo más.

Así nació un río que después trajo encuentros en el parque cuando reverbera el verano, en la pulpería de la esquina, en las gradas del autobús, en la feria del agricultor los domingos, o bajo el alero de alguna casa porque se metió el invierno y con tanto viento no hay paraguas que sirva, mejor escampar con el pelo húmedo y una gotita furtiva en la punta de la nariz y una queja contra San Pedro. No hay mejores ocasiones que esas para tener una conversación de las que se cuelan en el corazón parecido a como el agua se cuela en las alcantarillas. También hay fiestas hacia el fin de semana que son el escudo perfecto contra el tedio o la zozobra, y que en alguna de las casitas apretadas de la calle dan pie a la nube de tabaco y al suspiro por el cantor de moda y a las primeras cervezas de la travesura. Y paseos de autobús traqueteado para acompañar al equipo del barrio, escapaditas a la piscina municipal, reunión en casa del amigo que estrenó videojuego, la alegría al verla con un vestido nuevo, o de saber que él ya tiene un pick up con un gran cajón de lata para repartir quequitos, galletas, melcochas, cajetas y similares por todas las sodas y pulperías del universo circunvecino.

Pero el misterio no estaba resuelto. El papá de los misterios, el mero mero. Ellos lo sabían pero no decían nada, ni a sí mismos se decían nada por temor a que el tiempo tan frondoso que se les había crecido como un bosque para que ahí les habitara la amistad se fuera a romper como un jarrón o a desmadrar como un vendaval. A lo más, cuando los amigos le preguntaban, él decía no sé, no sé, nunca le hemos dado doble clic a la cuestión, y se reía de su magro ingenio y repetía no sé, no molesten. Ella en cambio no dio explicaciones a nadie y procedió a echarse un noviecillo de esos que calzan con las normas y las suegras y los regalos, pero que ni de lejos se acercan al recinto donde están el fuego y el caldero y las delicias y los desvaríos y las demás criaturas que son así por el estilo.

A él su pick up le permitía entrar a cuanta pulpería, taberna, ventanita con antojos guindando o comedor de oficinistas apresurados hubiera en la zona, y entonces era inevitable que un tipo como él, que conservaba intactos sus dedos largos y buenos que hacían favores como aquél del peso faltante, se echara no ya una canita al aire, porque no las tenía todavía, pero sí que picara florcitas, por aquí y por allá, siempre de a calladito, siempre con un pie atrás y con ternura y cortesía pero con la puerta del camión sin tranca, dado el caso de que hubiera que salir pitando.

El problema con esas situaciones es que de pronto los años pasan, muchos, así, un montón. Y él como que se daba cuenta, y como que siempre suspiraba en baja frecuencia, para sí mismo, a contrapelo de ese rumbo tonto que había cogido la vida, con ella desbaratando sueños en el sillón grande de la sala y con el novio inservible al lado. Lo peor es que ese confisgado se hubiera hecho permanente, sí, permanente y constante como un arbusto o como la tabla con clavitos de donde cuelgan las tazas de tomar café.

Aquella era una tarde plana como ninguna, de esas que ni siquiera traen uno de los remezones telúricos con que esta tierra a veces sacude a sus habitantes para interrumpirles la siesta mal disimulada que hacen en sus trabajos, o bien el entrevero mental que los posee mientras roncan a mandíbula batiente en lo más túnel de la madrugada. Él tenía que hacer una vuelta de las de siempre: la constancia de lo constatable o la certificación de lo certificable, vaya uno a saber cuál vericueto lleno de sellos y fotocopias lo puede estar acechando en este valle de lágrimas. Le tocaba ir a uno de los edificios más antiguos de la capital, un precioso vejestorio quejumbroso. Evitó el ascensor por miedo a que le pasara lo mismo que a un puente de hamaca que falló súbitamente días atrás, dejando un autobús hundido con varios muertos en el lecho del río. Subió por las gradas de penumbra y mugre dejando que sus jadeos se confundieran con los de los demás, y sonriendo al pensar que esa escalera tenía forma de cuadracol, es decir de caracol cuadrado.

Llegó hasta donde tenía que llegar, hizo lo que tenía que hacer con buenos modos y firmas y números de cédula bien trazados por sus dedos de ciudadano amoldado. Se dio vuelta, caminó por hábito hasta la puerta del ascensor y se puso a esperar. En eso se acordó de que había decidido evitarlo, y estaba a punto de desandar el cuadracol y sus barandas con arabescos en forma de bostezo cuando descubrió junto al ascensor un antiquísimo buzón de bronce. Estaba en el rincón que formaban la pared del fondo y una columna del edificio, medio oculto además por un gran tarro que pretendía ser basurero y cenicero y que había terminado por ser sólo un ruido más cuando vibraba al paso de la gente. Quién sabe desde cuándo nadie echa ahí una carta, pensó. Se acercó, agachándose. Oficina de Correos, decía en alto relieve. Más abajo estaba el escudo del país, y arribita, coqueteando, la ranura seductora.

Sin contenerse un instante más giró ciento ochenta grados y bajó como un cachiflín. Salió a la calle, superó esos segundos que uno siempre requiere para ubicarse en el mundo cuando ha salido de un tiempo y un espacio que parecen de otra dimensión, y corrió hacia una librería. Encontró una muy grande y bien surtida, donde había sobres y papeles decorados, peluches, plumas fuente, adornitos, pensamientos con olor, y cuanta cosa más esté concebida para constituirse en detalle, sí, un detalle de esos que después sirve de justificación para una torta. Compró un papel decorado con un jaspecito y con unos colochos en las esquinas, un sobre blanco y unas estampillas. Fue hasta un poyo del bulevar y se quedó en babia. Al cabo sacó el viejo lapicero pringón que usaba para las facturas de los confites y melcochas y escribió Te Quiero, en el centro de la hoja. Era un te quiero pequeño, ladeado hacia la derecha, con el punto de la i puesto sobre la e. Cualquiera vería, cada vez que ese papel fuera desdoblado, el temblor de mano con que fue escrito, y el suspiro con que fue puesto entre el sobre.

Se llenó la punta de la lengua con el sabor de la goma del sobre y las estampillas, escribió el nombre y la dirección de ella con la misma letra desastrosa del te quiero, y puso “yo” en el remitente. Después corrió otra vez hacia el edificio y subió hasta el buzón de bronce como si temiera que entre tanto hubiera desaparecido de su rincón. Miró la ranura, miró el sobre, miró sus dedos solícitos que lo empujaban sin arrugarlo, sin obligarlo, como persuadiéndolo. Sabía que era un papel vacío con dos palabras, nada más, pero que ella lo reconocería todo al instante porque muchas veces lo había visto en los menesteres de su rutina. Sintió un asombro primitivo y dulce.

Mientras bajaba las gradas, ahora ya con calma, fue imaginando la escena. El cartero tocaría el timbre, ella saldría al corredorcito, sonreiría, se volvería, entraría, y como ahí cerca de seguro andaría la madre iría a su cuarto y se tumbaría en la cama. Lo abriría y se quedaría muda, un buen rato. Después quién sabe que más. O no, lo más probable es que andaría en clases y entonces la señora recibiría la carta y se la pondría en la mesa del comedor y la esperaría ansiosa y no se aguantaría las ganas de que ella le contara qué era la cuestión. Lo fue viendo todo: el par de arbolillos del jardín, la verja, las paredes de madera tan llenas de años. Pensó que ellas dicen más con el color que ya no tienen que con el que les queda, e iba tan metido en sí mismo y en todo ese asunto que no se percató de nada a su alrededor.

De otro modo se habría fijado en unos rótulos que había por todas partes, avisando que a partir del lunes siguiente esas oficinas cambiarían de sede. La mudanza se debía a que ese edificio lo iban a demoler, tema que por cierto había provocado un gran bochinche público del que él no sabía nada, porque leía poco el periódico y menos aún veía noticias. Por un lado estaban los dueños del inmueble, vieja familia platuda, que querían levantar ahí una torre del triple de alto, con locales bien modernos y un mirador en el cucurucho, especial como para un casino o una discoteca. Y por otro lado estaba la Dirección de Conservación de Patrimonio del Ministerio de Cultura, que tenía el edificio en una lista de los que pronto serían declarados intocables, cuando terminara un estudio que hacía el Colegio de Ingenieros. Los dueños argüían que mientras el estudio no se hubiera llevado a cabo ellos tenían derecho a hacer con la propiedad lo que quisieran, a lo cual el Ministerio se oponía de plano. El municipio no había dado entre tanto el visto bueno a las mazas y los tractores, pero el abogado de la familia intervino y en una maniobra no muy clara obtuvo las autorizaciones del caso. Fue así como el lunes a primera hora los aparatos de destrucción llegaron al sitio. Se encontraron con que en la acera y en el vestíbulo habían acampado unos profesores de la Facultad de Arquitectura, acompañados de pintores, actores y poetas que querían dedicar el edificio a una colmena de creatividad. Los cascos amarillos tuvieron que devolverse, claro está, no se trataba tampoco de machacar así nomás esa caterva de románticos.

Al cabo intervino la Sala Constitucional, como es costumbre y menester. Su veredicto fue tajante: había que esperar el estudio del Colegio de Ingenieros sobre si el edificio calificaba o no como patrimonio histórico. Eso tardó un par de años, y cuando por fin hubo humo blanco el pleito no hizo más que arreciar. Ahora los dueños argumentaban que de todas formas el ruinoso estado del inmueble lo hacía inhabitable y que por ello no quedaba más que tumbarlo. Fue inevitable irse a juicio. El Ministerio de Cultura contra la familia famosa esa, y el Colegio de Ingenieros y el municipio y los artistas de la colmena de la creatividad y los ecologistas y los periodistas. En fin, todo el mundo contra todo el mundo en un vaivén de alegatos, demandas, contrademandas y peritajes que parecen no tener fin, hasta que en una de tantas fallece el número uno de la familia dueña. Era un viejillo desconsoladamente alcohólico que tenía montañas de dinero porque entre borrachera y borrachera – es decir cada día en la mañana – se sentaba en la gran mesa de madera de su mansión de las afueras a menear papeles y dar órdenes por teléfono y a incrementar su gigantesco y desperdiciado capital. Ahora ya no era solo un problema de si se podía declarar o no patrimonio arquitectónico, de si se podía restaurar sin riesgo de la ciudadanía, o de cuánto era lo que debía reconocérsele a los dueños en caso de expropiación. Ahora era también un problema de saber quién lo heredaría, porque entre tanta escritura e hipoteca al viejillo se le había olvidado incluir la propiedad en su testamento.

Al inicio de ese vía crucis rodearon el edificio con una grosera tapia de latas de zinc, pensando que el entuerto se resolvería pronto. Pero luego las chapas se fueron herrumbrando y torciendo y las grietas cedieron paso a cuanto drogadicto y alcohólico o pareja sin lecho nupcial más propicio deambulara por la zona. El sitio siempre olía a excremento y droga y era la vergüenza de la ciudad, hasta que una ordenanza municipal obligó a los miembros de la familia – quienes entre tanto seguían discutiendo cuál era el favorecido – a construir una tapia adecuada. Tras el grueso muro que se levantó el olvido pudo al fin crecer a su antojo. Proliferaron ratas, ratones, cucas y hormigueros, telarañas, cristales rotos, espectros y penas sin rumbo, espinas y maleza diversa y tal vez algún palito de naranja o de mango como resultado de un proyectil lanzado por un niño desde un autobús.

Después, todos parecieron acostumbrarse a que en pleno centro de la ciudad estuviera siempre ese solar ruinoso, y acaso un foráneo de esos que todo lo fotografían preguntara desde su camisa floreada y su pantalón corto y blanco que por qué ese edificio que se veían tan clásico estaba ahí abandonado. Los guías de turismo respondían igual que cualquiera: no se sabía, no se podía saber nada porque el pleito de familia nunca se había resuelto. Pero sí estaba resuelto, aunque nadie lo supiera o a nadie le importara, porque el inmueble se lo terminó quedando la menor de las hijas del viejillo denodadamente alcohólico aquel que se murió. Era una mujer antaño guapísima, que tuvo un paso fugaz por las escasas tablas del teatro local, y que luego se fue para el norte, convencida de que el éxito le sonreiría en Broadway o en Hollywood. El que le sonrió fue un tipo de plata como ella, industrial o inversionista o algo así de lo que puede uno encontrar por esos andurriales, y entonces ella vivía a veces en Nueva York, a veces en París y a veces en otra parte o en un yate que tenían para dilapidar el tiempo o para disfrutarlo, ambas cosas pueden llegar a ser la misma.

Además, las inercias habían dado a luz el estudio técnico donde se demostraba que el edificio sí se podía rescatar. Ahí mismo empezó otro calvario, ahora por el asunto de la expropiación. A veces había platas de esas donaciones típicas que vienen de Europa, o bien algún arranque filantrópico de alguna empresa privada, pero los inviernos se hacían ristra entre la desidia de los funcionarios y la indiferencia de la dueña que de todas formas era tan difícil de localizar. Por si fuera poco, los profesores de arquitectura y los artistas aquellos de la colmena de la creatividad se iban pensionando y hasta se morían, verdad, eso le pasa a cualquiera.

Y bueno, al cabo de muchos cabos la cuestión resucitó, cuando menos se esperaba. Hubo un Ministro de Cultura con las pilas puestas, y un nuevo proyecto de paisajismo urbano impulsado por la academia, con afanosos estudiantes y toda la cosa. Como por arte de magia el entuerto se fue destrabando. Se pusieron de acuerdo en montos y plazos y formas, la doña lujosa firmó o dijo que sí, lo prometo, desde donde fuera que se encontrara su yate o su penthouse, y mientras le terminaban de pagar la expropiación concedió el permiso para que fueran restaurando el edificio. Fue hasta doloroso ver cómo el olvido tanto tiempo olvidado ahí dentro era interrumpido en su viaje hacia la nada, y cómo los escombros y la podredumbre eran poco a poco sacados para que quedaran al descubierto las intimidades de mampostería y madera y acero, piso tras piso, ventana por ventana, grada por grada.

Entre los estudiantes de paisajismo había una arquitecta extranjera, que venía de un país muy lejano: más allá de donde el diablo perdió la chaqueta y más allá todavía de donde después la encontró. A ella la había flechado un flaco del terruño a quien los azares del destino llevaron por su tierra, y ahora paliaba la añoranza por la vieja capital de su patria rehabilitando un edificio como los que abundaban por allá. Cuando armaron entre todos el plan de restauración, ellos mismos ofrecieron trabajar algunas partes. Ella había pedido hacerse cargo de los barandales metálicos de las escaleras. Así fue como un día de tantos, en una de esas pausas que lo hacen a uno recostarse a una pared mientras le da camino a una guayaba, miró gradas arriba el buzón de bronce asomado bajo la gruesa capa de mugre, telaraña y quietud. Subió hasta él, conteniendo el aliento, con su trapo, su cepillo y su brochita. Tras mucho ponerle ganas incluso logró sacarle brillo. Un compa la miró en su afán y le preguntó. Ella le enseñó el hermoso cofre, orgullosa. ¿Habría algún papel dentro?

La curiosidad no los dejó en paz. Intentaron sacudirlo para ver si se oía algo, pero estaba muy bien pegado a la pared. Al cabo el compa trajo un martillo y un cincel y de un certero golpe hizo saltar el llavín. Abrieron la compuertilla, miraron dentro. Ella metió la mano y sacó lo único que había: la carta del te quiero tembloroso. A pesar de la humedad que había quedado tras la lluvia de años, la dirección y el “yo” del remitente se seguían leyendo con claridad. Ella todavía no conocía bien la ciudad, pero como para llegar a Roma todo es cuestión de preguntar, pues no tuvo más que hacer eso justamente. Al caer la tarde estaba con su ancha sonrisa frente al corredor con rosales y paredes que hablaban del color que ya no tenían, de la misma casita que había visto tras sus párpados el remitente, tantísimo tiempo atrás. Ahora había, eso sí, una gruesa verja de metal que la detuvo al borde de la acera, pero que no frenó para nada su empeño. Tocó el timbre y mientras le abrían pensó que esas ventanas de cristales pequeñitos, medio ocultas tras las flores, eran propicias para que por ellas asomara una muchacha con colas de caballo sujetas con bolitas de colores. Pero no, la que abrió la puerta fue una señora de aspecto sereno, canas sin teñir y voz suave que dijo gracias cuando ella le entregó la carta luego de preguntarle el nombre.

La señora se volvió y entró por el zaguán, cerrando tras de sí la puerta con casi tanto cuidado como el que se pone al cobijar a un niño. Al fondo del salón había un señor, su buen rato más viejo que ella. Tenía una pila de papeles en la mesa y anotaba cosas en una computadora. Levantó la mirada, por encima de los lentes y por debajo de una ceja arqueada.

- ¿Quién era, mi amor?

- El cartero… digo, una cartera.

- ¿Una cartera?

- Si, una muchacha que trajo una carta.

- ¿Y para quién viene?

- Para mí…

- ¿En serio? – dijo él, retomando su trabajo -. Es raro –agregó mientras volvía a teclear -, en estos tiempos ya nadie manda cartas por correo.

- Sí -, convino ella, desdoblándola.

- ¿Y quién te la envía?

- Vos.

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Mi último artículo (17 de enero 2010)

Permalink 19.01.10 13:53 , Categorías: Cuentos

¡Prometo no hacer más calles!

Rodolfo Arias Formoso

Buen planeta nos ha tocado, que aún aguanta.

Un descomunal embotellamiento me obliga a la divagación. Tardaré una hora entre el Barreal de Heredia y el cruce de la Pozuelo. Más adelante no habrá un choque, es solo la incapacidad de la calle para digerir a los miles y miles de vehículos.

Voy con el seguro puesto y el vidrio subido, ahora nunca se sabe. Miro el molote de gente y luces: parece un cardumen. Nada hace pensar que estamos en días electorales. Más caliente que la nuestra debe ser la campaña para escoger al presidente de los esquimales. Es una apatía lógica. Tantos gobiernos malos, al timón de un aparato estatal obstruido.

Con desespero, los propagandistas parecen competir por un premio al desacierto y la grosería. Algo de una marioneta, o del “menos malo”, o de “métale un pinchazo”. Fatal y más que fatal. Ahora bien, si yo fuera candidato nada espantaría más votos que mi eslogan: ¡prometo no hacer más calles!

Es una súbita lucidez que me aqueja mientras reptamos hacia el Virilla. Ni un kilómetro más. El problema no es culpa de las carreteras; tampoco de los conductores. Los observo: algunos dormitan, otros se entretienen con la música o los celulares. La culpa, concluyo, es de esta espantosa tecnología de transporte.

En esencia, andar cada uno en su automóvil es una barrabasada. Cada motor tiene mil o más centímetros cúbicos donde explota, mil o más veces por minuto, un puchito de combustible. Cierro los ojos. Veo la hoguera que se armaría si todo el petróleo que se quema en el mundo se pusiera junto. Cientos y cientos de campos de fútbol ardiendo. La Roma de Nerón, año tras año, día tras día. Buen planeta nos ha tocado, que aún aguanta.

Para la ciudad necesitamos trenes. Transporte de acceso, no de posesión. O a lo sumo pequeños vehículos eléctricos: especie de traje con ruedas. Ahora está surgiendo la robótica de enjambre (swarm robotics), y esta sería una aplicación fabulosa. Chunchitos inteligentes que autorregulen su paso en las intersecciones. No harían falta semáforos. No habría choques ni retrasos porque no se maquillarían en el retrovisor ni se quedarían viendo una chica guapa en la acera. Y con las calles que tenemos, algunas dotadas de líneas de energía, ¡alcanzaría y sobraría!

Eso está a la vuelta de la esquina: ya casi tenemos la inteligencia artificial necesaria. Pero no hay decisión política, ni flexibilidad económica. Costará muchísimo detener la quema, frenar la locura. Además, ¿cómo plantearlo, cómo inducir y persuadir? Yo qué sé, nunca seré político.

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¿Irán o Michael Jackson o qué?

Permalink 27.06.09 10:46 , Categorías: Política

Murió el "rey del pop", el rey del pop gringo, del pop disco, del pop... ¿qué es el pop?
Sí, gran talento. Jackson 5, Thriller, Bad, y todo eso. Bailaba bonito. Al final de su vida parecía una calavera envuelta en papel higiénico natural. Horrible, se había hecho. Auto destrucción al final de un enrevesado trayecto que empezó en el origen negro y terminó lejos del ansiado destino tan blanco y delineado y andrígeno como fuera posible.
El sino de Elvis, de la Piaff, de Brel y de tantos otros.
Ahora mi pregunta de fondo ¿Vale todo eso, para de pronto olvidar el drama iraní? ¿El tema económico, el colapso del ultra liberalismo en Wall Street? ¿Vale para ignorar por completo la peligrosa crisis hondureña? ¿Tantas y tantas cosas graves que ocurren en el mundo?
A CNN de pronto le pareció más importante comentar horas y horas, hoooras y hoooooras, la muerte del rey del consumismo mediático, que cualquier otra cosa.
¿Y los ojillos de malo de Amhadinejad? ¿Y los ojillos de Chávez? ¿Y los ojillos diminutos de todos los "líderes" mesiánicos y obsesivos y esquizoides del mundo? ¿Dónde quedaron?

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Horacio

Permalink 27.06.09 10:03 , Categorías: Cuentos

Un pequeño cuento inédito... (pronto tal vez publicaré la colección entera)

Horacio

Hubo un día que Horacio recordaría siempre, sobre todo cuando nietos y bastón y chochera, edad esa que vuelve la memoria como un águila sin nido, capaz de ver el ratoncillo lejanísimo y cada nube y capricho de luz en los arrugones del mundo, pero no el risco momentáneo y la piedra en que se para, por eso hay risa y dientes flojos en Horacio que se incorpora trabajosamente de la mecedora en el corredor, pasa hasta su cuarto apoyándose en el lomo de los sillones, y carraspea, ríe, ríe más, dice a la anciana que reza el rosario junto a un radio de tubos que sí, mujer, hubo un día en que yo no envejecí, nunca te lo dije, yo tenía treinta y tantos, ese día no envejecí, carajo, vieras qué raro, y ella interrumpe un instante el murmullo dios te salve maría llena eres de gracia, retiene las cuentas de ojoche entre sus dedos temblorosos, arquea una ceja, se conduele irónica y vuelve a lo suyo sin saber que efectivamente hubo un día en que el loco de Horacio no envejeció, eran los tiempos del tranvía y la media docena de chiquillos, de pedir fiada una libra de arroz a Doña Emma, la alemana tartamuda que llegó con su Walter al barrio después de la guerra y construyó una casa de techo en pico como las de Baviera y abrió un almacén que se llamó La Noche Buena, tiempos duros, levantarse siempre a las cinco, poner el agua, correr por el zaguán con la olla porque ya silbó el lechero, la camisa almidonada, el corbatín y carrera al centro, Horacio catrín, de lunes a sábado guindando como un murciélago en el pasillo del tranvía, descolgándose en el parque Morazán y corriendo hasta el almacén de los Keith, toda una vida tras el mostrador de las máquinas de moler maíz, las romanas, los cepillos Stanley, las cerraduras con aldabón de bronce, cómo no recordarlo, fue uno solo, día maravilloso en que no envejeció, no le creció el pelo, no le salió un milímetro de barba, ningún surco de su cara progresó de la manera más leve, todo idéntico, el mismo cúmulo de encuentros durante veinticuatro horas cual iguanas inmóviles, claro que su mujer tiene ahora razón de burlarse, viéndolo torcido y flojo como un mueble apolillado, él lo reconoce, por eso arrastra sus pantuflas por el zaguán, no envejecí, se repite riendo, ese día terminé siendo el mismo que al principio, exactamente el mismo, vos aún eras alta, la casa tenía el techo de tejas, había zorros y tórtolas, chayoteras, octubres de verdad, mangos, peraguas, a todos les pasó algo, poquitito pero algo, cansancios, presagios, destinos, pavores, solo a mí no, la misma panza, los mismos, mismísimos callos de los pies, exactamente las mismas uñas y su tierra, estoy seguro, murmura Horacio, no importa que nadie me crea, cómo se me podría olvidar, dice agarrando el pomo de la puerta de su cuarto y empujándolo suavemente, ese día no me dolían las tripas, a mi cabeza le sobraban todos los sombreros, no cabía sol en mi pelo, vos no me oíste entrar a la vuelta del trabajo, el radio estaba apagado en honor a mi fugaz eternidad, aún olía mi ropa al cedro y la naftalina del cajón, a tu barra de jabón azul, y eran las seis, anochecía, recuerdo que los güilas dormían como si no hubiera amanecido, ay qué cosa, dice Horacio, y cae sentado en su cama, vaciando por fin la carcajada.

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Mis palíndromos

Permalink 27.06.09 09:56 , Categorías: Palíndromos

Oírte meditar a tí Demetrio
Yo hago yoga hoy
Asirnos a la sonrisa
Subes en ese bus
Otro color o lo corto
Si piropea cae por Ipís
Eso jala suave una Toyota nueva, úsala José
Lora cállese, no no sé verla al revés o no es ella Carol
A mamá Roma le aviva el amor a papá y a papá Roma le aviva el amor a mamá
Amo la paloma
La mama mal
Átale demoníaco Caín, o me delata
Anita, Luisa, somos así... U Latina

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Rodolfo Arias Formoso

1956, San José Costa Rica. Informático de profesión, tanto en la docencia, con más de treinta años de trayectoria en la UCR, como en la consultoría, donde su registro de obra profesional abarca el ámbito nacional e internacional. Su labor literaria se centra en la narrativa. Ha publicado tres novelas: El Emperador Tertuliano y la Legión de los Superlimpios (1991), Vamos para Panamá (1995) y Te llevaré en mis ojos, 2007. Con ésta ganó el premio nacional de novela de Costa Rica del 2008. Actualmente trabaja en una nueva novela y prepara la edición de un volumen de cuentos.

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