Del cielo a este lugar
“¿Cómo fuimos a parar del cielo a este lugar en sólo un segundo?” repite el estribillo de una canción. Evoca un amor perdido. Podría referirse a la caída de un helicóptero. O al desmoronamiento de una sociedad. La nuestra.
Los hechos son de sobra conocidos: casi 400 kilos de cocaína fueron encontrados en el Cerro de la Muerte.
El piloto: un joven tico muy experimentado y querido por sus colegas y sus ex compañeros de trabajo. Edgar Arguedas laboró durante quince años en el Ministerio de Seguridad en Vigilancia Aérea. De los muertos no hay que hablar.
El helicóptero: días antes del accidente cambió de dueños. La gerente de Alterra en el aeropuerto Juan Santamaría y un mecánico de aviación, por medio de una no muy clara transacción con dineros provenientes de países remotos, son los actuales propietarios. Antes el helicóptero pertenecía a una sociedad anónima relacionada con el Hotel White House.
Para los que no lo recuerden, el hotel White House se hizo tristemente célebre en octubre del año pasado cuando tres empleadas del casino fueron atacadas brutalmente y ajusticiadas. ¿La razón? Aparentemente realizar un paseo millonario que no pasó de los 200 dólares. Una de las muchachas murió y hoy su padre reclama justicia. Pero esa es otra historia. ¿O no?
Sobre el caso del helicóptero y la cocaína nuestra Ministra de Seguridad, parece no saber nada. Da declaraciones contradictorias que luego se ve obligada a rectificar.
El conflicto entre el Fiscal General y la señora del Vecchio es cada vez más evidente. El señor Dall´Anese da declaraciones que tienden a contradecir lo dicho por doña Janina. Aunque ambos son descendientes de italianos no parecen estar de acuerdo en nada.
Y esa semana, al mismo tiempo que todos, ciudadanos y autoridades, nos enterábamos de la carga que transportaba el helicóptero siniestrado -y nos resultaba evidente por enésima vez que el narcotráfico internacional está establecido en Costa Rica-, conocimos las modificaciones que se hicieron en el proyecto de ley que pretende protegernos contra el crimen organizado.
Los cambios fueron realizados por dos de los pocos diputados que tiene el PUSC: Jorge Eduardo Sánchez y Bienvenido Venegas. Argumentaron conflictos constitucionales para presentar más de cien mociones al expediente. Seguro que hay roces con la Constitución. Seguro que no quisieron favorecer a nadie.
Una de las organizaciones mafiosas que quedó fuera del proyecto de ley es la de los ladrones de vehículos que sustraen más de dos mil por año. Pocos días después de conocer los cambios que sufrió en la Comisión de Seguridad Ciudadana el texto original propuesto por el Poder Ejecutivo, el Jefe de la Fuerza Pública de Tibás fue detenido por el OIJ, saliendo de una chatarrera en un carro robado. El policía alegó ser inocente. Todo es posible.
Hoy, en este país, todo es posible.
El Fiscal General manifestó su molestia ante las modificaciones del plan que privilegia a los capo mafias. Incluso prefiere que el proyecto de ley -como está ahora- no sea aprobado.
Yo no puedo dejar de repetirme: ¿Cómo fuimos a parar del cielo a este lugar en sólo un segundo?
¿Cuello blanco o manos sucias?
En 1949, Edwin H. Sutherland, el más importante sociólogo especializado en criminología del siglo XX, publicó una amplia investigación sobre setenta empresas norteamericanas que habían cometido “delitos de cuello blanco”.
“El delito de cuello blanco” es precisamente el título del libro de Sutherland quien estuvo sometido a grandes presiones por parte de la editorial a cargo de la publicación. Al autor se le exigía eliminar los nombres de las compañías investigadas. Aunque reticente en un principio, finalmente aceptó la censura impuesta. No fue si no hasta 1983, mucho después la muerte del sociólogo, que sus discípulos publicaron la versión original sin recortes.
El término “delito de cuello blanco” data de 1939 y se refiere a delitos no violentos cometidos por empresarios y empleados públicos de alto nivel que aprovechan su influencia en el campo político y/o financiero para obtener millonarios beneficios económicos. No es que sean pobres. De hecho la definición “de cuello blanco” tiene estrecha relación con la alta condición económica de estos delincuentes.
Este tipo de crímenes tienen que ver con la malversación de fondos, los daños contra el ambiente y diversos fraudes: en el campo de la salud, de los seguros, de la bolsa de valores, de quiebra de empresas.
¿Les suena familiar? ¿Desde hace cuántos años sabemos que todos estos delitos se cometen en nuestro país y en el resto del mundo? Para muestra un botón mundial: la reciente caída de la bolsa norteamericana y su relación con fraudulentas hipotecas. Un botón nacional: los biombos en el Seguro Social. Otros: ICE-Alcatel, CCSS-Fischel y los múltiples contra el ambiente.
Uno podría creer que -puesto que no se trata de delitos violentos- no existen víctimas. ¡Error! ¡Horror! Las víctimas somos todos.
Desde hace décadas nos hemos acostumbrado a que nuestros gobernantes se aprovechen de sus puestos para hacer negocios privados con fondos públicos. O sea con el dinero que es de todos.
No les importa desangrar las empresas estatales. Ni siquiera las que se ocupan de la salud de los ciudadanos. No deberían tener perdón de Dios. Aunque uno no crea en él.
Estos delincuentes utilizan las más variadas excusas para justificarse ante la opinión pública. Contratan a los mejores abogados para salir impunes. Y vuelven al poder. Regresan con mayor experiencia para cometer sus delitos de cuello blanco.
Esto ha traído una decadencia moral de dimensiones inimaginables. Pero la imaginación siempre se queda corta y la realidad siempre supera a la ficción.
Las últimas informaciones sobre el caso CCSS-Fischel, nos demuestran que no sólo hay cuellos blancos: hay manos sucias. Sucias de sangre. Algunos testigos han sido amenazados de muerte.
No estamos hablando de delitos “impolutos”, si no de una mafia organizada similar a la Cosa Nostra siciliana, la Camorra napolitana o la 'Ndrangheta calabresa, capaz de cometer crímenes violentos contra quienes se les opongan.
Ya no se trata entonces de cuellos blancos inmaculados gracias al mejor detergente que se pueda encontrar en el mercado. Estamos hablando de manos sucias. Manos manchadas de sangre que ni con cloro volverán a su color original. Y eso reviste de una gravedad que debería asustarnos. A mí me asusta.
claudia@chirripo.or.cr
Un juicio mediático
Creo que ya lo he dicho: soy una fanática de las series de televisión. Hija de la generación televisiva, he tenido temporadas de verdadera adicción a todo tipo de programas. No en balde me convertí en guionista de una comedia de situaciones. Las series me encantan. Y –sin lugar a dudas- las de abogados ejercen una fascinación mágica en mí.
Presa de la actualidad noticiosa -como muchos de ustedes- el seguimiento de una saga judicial me trastorna. Pruebas que aparecen, evidencias que desaparecen, imputados que simulan inocencia, fiscales expertos, abogados penalistas famosos… todos los elementos están dados para que uno siga paso a paso ciertos juicios mediáticos.
Y un juicio político ha llenado todos los espacios mediáticos las últimas semanas. Se trata –por supuesto- del caso que tiene como imputado al ex presidente Calderón Fournier.
El testigo clave ha sido don Walter Reiche. Desconocido para la mayoría -hasta que se destapó el caso CCCSS-Fischel- el joven empresario parece ser una pieza clave con sus declaraciones. ¿Verdaderas o falsas? Eso lo determinarán los jueces.
Desde la inocencia del ciudadano común –que comparto- uno piensa que don Walter ya no tiene nada que perder. Nunca aspiró a un puesto público, ni a una carrera política. Su estadía en la cárcel no ha sido nada agradable: ha estado en las peores celdas víctima –aparentemente- de un complot en su contra. Incluso ha sido amenazado de muerte.
Ante este panorama es difícil pensar que sus declaraciones no sean sinceras. Uno hasta cree en su arrepentimiento por –según sus declaraciones- haber pagado al ex presidente Calderón un porcentaje por la venta del equipo médico que la compañía Finlandesa Instrumentarium entregó a la Caja Costarricense del Seguro Social. Equipo que –para colmo de males- nunca sirvió.
El ex presidente Calderón en escuetas declaraciones afirmó que él –habiendo estado preso igual que Reiche- comprendía lo que esa situación dramática podía haberlo afectado. En otras palabras que don Walter padece de los nervios y no tiene una percepción correcta de lo que aconteció.
Mientras tanto el partido Unidad Social Cristiano por medio de su vocero, ex vicepresidente condenado al ostracismo por el anterior presidente Abel Pacheco y presidente del PUSC, don Luis Fishman, asegura que don Rafael Ángel será el próximo candidato del partido apenas supere el “chaparrón” de estos días. Más que chaparrón, don Rafael Ángel parece que va a sufrir todas las tormentas tropicales ocasionadas por el fenómeno del Niño, la lluvias que provocará el deshielo del Polo Norte y los desastres que vendrán con el calentamiento global.
Ante toda esta debacle climatológica, doña Lorena Vásquez -confiamos que más por su conciencia que por oportunismo- ha renunciado a la jefatura de la fracción del PUSC.
Cerca de ella, uno de los actuales diputados de ese partido dijo hace algún tiempo que para hablar de los ex presidentes había que lavarse la boca. No aclaró si había que hacerlo antes o después. Posiblemente después. Y con carbolina. Por si acaso.
Los excesivos
A veces la rutina, las obligaciones cotidianas, el trabajo y la maternidad nos desconectan de las amigas por largo tiempo. Los encuentros –cuando suceden- nos obligan a interrumpirnos una a la otra para no olvidarnos de un hecho importante que aconteció en los últimos tiempos de incomunicación.
Tenía meses de no ver a Inés. La encontré un poco desanimada, ausente, triste al fin. Era lógico: acaba de pasar unos días de completa y total felicidad. ¿Absurdo? No en el caso de mi amiga. Su vida es una montaña rusa. Inés pasa de las emociones más fuertes, de la felicidad exultante, al hueco de la nada, al desánimo total. Ciclotimia, le diagnosticaron, pero yo no estoy tan segura de que en verdad sufra de algún desorden nervioso.
He conocido a muchos que podrían se considerados ciclotímicos. He conocido demasiados. Me he rodeado de ellos posiblemente porque soy una más. No creo que estemos enfermos, creo que vivimos con demasiada intensidad.
Hay muchas formas de vivir la vida. No dejo de admirar y hasta envidiar a aquellos que logran navegar plácidamente por la existencia. No rompen sus rutinas, son disciplinados, no comenten excesos, no se atormentan por sucesos que les son ajenos. Duermen siesta, hacen dieta, no pierden los estribos, no se mueren de ansiedad.
Claro, tampoco se beben la vida de un sorbo, no se enamoran hasta morir, no lloran por las injusticias del mundo, no son capaces de renunciar a la seguridad que les pueda brindar un trabajo, una pareja, un espacio aunque ninguno de estos les sea satisfactorio.
O sea: no todas son ventajas. O sí. Depende del punto de vista. Depende de cómo decida o pueda uno vivir.
Eso sí: cuando uno vive la vida intensamente, todo es excesivo: el gozo y el dolor.
Y la felicidad plena –que siempre es efímera como todos los placeres que valen la pena- provoca en su ausencia una resaca peor que la más terrible borrachera. El día después, el post parto y su baby blues, el vacío que nos queda cuando debemos regresar a la cotidianidad, puede resultar insoportable para las almas sensibles.
Así estaba Inés la última vez que la vi. Como casi siempre está María. Como tantas veces ha estado Ivonne. Todas amigas, todas excesivas. Pasan –pasamos- de la euforia al desánimo en menos de 24 horas, lo cual hace difícil la convivencia con nosotras. Y si bien muchas veces odiamos ser como somos y sufrir como sufrimos, cuando estamos arriba nos encanta tener esa capacidad de disfrutar lo que se nos presente.
“La existencia sin extremos me resulta inaceptable. Soy excesiva, y cuando todo explota, cuando la vida se exhibe es un transe exquisito”, canta la primera dama francesa, Carla Bruni, en su canción “La excesiva”. Cuesta creer que esa mujer de belleza serena cometa excesos. O tal vez no es impensable.
Somos muchos los excesivos. Se vive y se sobrevive. Seguro que más de uno de ustedes lo es y podría repetir todos los días el final de la canción de la Bruni: “Soy excesiva, excesivamente alegre, excesivamente triste, es ahí que existo”
La palabra crisis
El lenguaje está en permanente evolución. Palabras y expresiones aparecen, desaparecen y –a veces- reaparecen. No sólo el argot se modifica constantemente: las palabras “formales” también se hacen más o menos constantes según las circunstancias históricas.
Si pudiéramos utilizar un buscador de palabras en las conversaciones cotidianas -tal como podemos hacerlo en los documentos escritos en una computadora- estoy segura que la palabra “crisis” -a veces seguida del concepto “económica” aparecería miles de veces.
Todos, independientemente de la educación formal y/o el origen social, hemos incorporado a nuestro léxico esa palabreja utilizándola constantemente.
La célebre frase de nuestra Ministra de Seguridad -“la percepción de inseguridad es más alta que la inseguridad misma-” puede aplicarse a la situación económica global.
No quiero decir que la crisis monetaria no sea real. Ni siquiera me atrevo a afirmar que nuestra percepción sobre la misma sea mayor o menor que la realidad.
Lo que me aventuro a asegurar es que -como la economía siempre está ligada al aspecto sicológico de la percepción- si todos pensamos que vienen tiempos difíciles, seremos más cautos en nuestros gastos y esto puede afectar a muchas empresas.
La economía mundial ha sufrido un vuelco importante. No por razones inevitables, no por un accidente fuera del control humano. El terremoto del Poás fue inevitable, no es responsabilidad humana, es un accidente de la naturaleza.
En cambio la caída de la bolsa norteamericana tiene los nombres y apellidos de grandes irresponsables que sólo pensaron en su riqueza personal.
El gobierno de los Estados Unidos los ayudará a salir adelante –con la escusa del desempleo y la pobreza que este genera- dándonos a entender que las ganancias son para unos pocos, pero las pérdidas son colectivas.
En Costa Rica estamos viviendo un reflejo de lo mismo.
Desde el inicio del año las empresas más grandes de nuestro país están realizando despidos masivos. Cientos de personas han sido obligadas a aumentar el índice del desempleo. Si bien estas compañías deben cumplir con todos los pagos por cesantía que la ley exige –y no dudo que lo hayan hecho- muchas o casi todas han aprovechado el hecho de que nadie puede censurarlas por su decisión –puesto que la crisis económica es real, además de una percepción- para deshacerse de una cantidad considerable de empleados. Muchos de ellos –más allá de su buen rendimiento laboral- podían resultar incómodos o molestos por las más diversas razones entre las cuales están las posiciones políticas contrarias a los que detentan el poder. La DIS –al parecer- tiene reportes de todos y cada uno de nosotros.
Mientras las medianas y pequeñas empresas no sólo se han visto obligadas a disminuir sus gastos, si no que se enfrentarán a una baja considerable en sus ganancias, las grandes corporaciones nacionales e internacionales que operan en nuestro país disminuyen gastos pero van a mantener sus ganancias. O sea: no van a perder.
Los que pierden –siempre- son los pobres. Aquí o en cualquier lugar del mundo.
:: Siguiente >>










