Lo que no se ve no existe
La dramaturgia es un género literario. Aunque las obras de teatro se leen como literatura –algunos textos son obligatorios como cultura general- si no viven aunque sea de manera efímera en la tridimensionalidad de la escena, para mí no existen.
Los guiones de cine no son literatura. Y aún menos que el teatro no existen sino son convertidos en imágenes.
Eso sí: en ambos casos –cine o teatro- la comunicación con el público es el objetivo principal de la creación.
Los hermanos queridos
Durante mis años de Colegio tuve un amigo inseparable. Pasábamos todos los días juntos en el aula, el recreo, su casa o la mía y al graduarnos nos matriculamos en el mismo curso de Estudios Generales. Después la vida nos llevó por otros rumbos y en los suyos conoció cierta fama como músico. Muchos podrán recordar a Rafa Chinchilla tocando el acordeón en el famoso video del chiqui chiqui, “Julieta ta”.
Durante muchos años para mí y el resto de los compañeros de Rafa, Eugenio y Adrián en el Liceo Franco Costarricense, Laura Chinchilla era sólo la hermana de estos.
Sin embargo, desde hace tiempo, para mí y para todos las que la conocimos en aquellos años, doña Laura dejó de ser la “hermanilla de Rafa” y se convirtió en la señora Presidenta de la República.
Y a propósito de hermanos, al de don Oscar Arias no le tembló la voz –por el contrario- cuando manifestó que veía a la señora Chinchilla como una ex compañera de gabinete, no como la Presidenta. Lamentables declaraciones que tuvo que corregir al día siguiente.
No era la primera vez que irrespetaba a este gobierno: ya había tratado con insolencia a don Marco Vargas, actual Ministro de la Presidencia.
Aunque no trascendió lo que se discutió en Zapote entre el hermano de don Oscar y doña Laura, podemos suponer que el ex ministro llegó a dar directrices.
Luego de perder a su delfín Casas en el mar del escándalo del Memorándum y conscientes de que su primillo aún no estaba listo para una campaña presidencial, los hermanos Arias sacaron del ruedo y con premura a don Fernando Zumbado y arremetieron con todo en las elecciones del Partido Liberación Nacional anulando a don Johnny Araya, a quien piensan dejar en la alcaldía hasta el 2016; recién entonces -tal vez- le den el chance de aspirar al Primer Poder de la República.
Por lo tanto el hermano de don Oscar debe estar convencido que fueron ellos quienes le dieron la oportunidad a una mujer de presidir el país y esta debe estar más que agradecida. Si hay algo de lo que no adolecen los señores Arias Sánchez es de prepotencia y machismo.
El muy madrugador aspirante presidencial quiere velar porque se mantenga lo que su hermano hizo bien, se termine lo que dejó a medio palo y se arregle lo que descuidó. Quiere asegurarse que le dejen la oficina de Zapote limpia y recién pintadita para el 2014.
Hay que entenderlo: no debe ser fácil ser el “hermanillo menor”. Don Oscar siempre ha tenido los mejores cromos del álbum de la vida (doctorados, reconocimientos y hasta el Nobel) y ha estrenado más ropa (incluyendo dos bandas presidenciales).
Bien hizo en huir por la puerta de la cocina la señora Chinchilla cuando casi la embarca el coautor del Memorándum con el cuestionadísimo –e impresentable- Steven Segal. El primo Sánchez se instalará en el Vaticano -con bendición papal y todo- y dejará de jalarse tortas por un tiempo.
Pero esta vez -ante las acusaciones de “falta de olfato político”, el irrespeto a su primer Ministro y la premura en anunciar sus aspiraciones presidenciales por parte del hermano de don Oscar- doña Laura no dudó en salir a la prensa a defender su investidura.
Porque doña Laura es la esposa de un experto en seguridad, la madre de un hijo adolescente, la hija del ex contralor y la hermana de Rafa; pero –ante todo- es la señora Presidenta de la República. Y muchos esperamos que no sea –como se dijo durante la campaña presidencial- un títere de los Arias.
claudia@barrionuevoyasociados.com
Todos eran mis hijos
Cuando mis hijas entraron a pre kinder empecé a relacionarme con un montón de pequeñas personitas: sus amigos y amigas.
Al principio había que acompañarlas a las fiestas de cumpleaños, y aunque fui a pocas, conocí a todas las madres. Podíamos parecernos poco o nada que siempre teníamos algo importantísimo en común: nuestros hijos.
A medida que los pequeños crecieron –sobre todo después de la graduación de sexto grado- las mamás nos frecuentamos menos. Sin embargo la relación con los chicos se ha fortalecido porque los vemos más seguido -en nuestras casas o en nuestros vehículos cuando somos las encargadas del transporte- y las conversaciones con ellos son más interesantes.
Es un placer darse cuenta que once años después la divertida pizpireta, el simpático conversador, la dulce enamoradiza, el atarantado híper activo o la seria aplicada, siguen siendo los mismos. Uno se los imagina dentro de unos años igualitos y quiere verlos, crecer, enamorarse, ver cumplidos sus sueños, convertirse en profesionales, madres, padres…
Y si un día –un fatídico día- nos enteramos que uno de ellos se ha ido para siempre de esta vida, sentimos un dolor que martillea sin cesar el corazón.
El domingo 16 de mayo, exactamente dos meses después de cumplir quince años, una de las amigas de mis hijas, la dulce Bea aceptó la irrevocable sentencia del destino. Una sentencia injusta, inexplicable y absurda que no acepta apelaciones.
El ballet clásico y su herencia genética la habían transformado en una adolescente bella, alta y espigada. Para mí siempre se caracterizó por su dulzura, su tranquilidad, su suavidad. Alumna aplicada y amiga de todos, sus rasgos semi orientales le daban un aire exótico.
Saber que ya no estará más me ha provocado una tristeza infinita; sentimiento que compartimos todos los que acompañamos a su familia en la vela, el funeral, el cementerio.
Vi a los adolescentes desconsolados y pensé que todos eran mis hijos. Las madres nos abrazamos llorando diciéndonos unas a otras que Beatriz era también hija nuestra.
Difícil encontrar qué decir para mitigar el dolor desconsolado de sus padres, Franco y Helga, y de su hermanita Camila. Sigo buscando palabras de alivio.
En el cementerio los chicos alrededor del féretro cantaron, lloraron y volvieron a cantar llorando. Todos llevaban en sus manos globos inflados con helio. A la cuenta de tres los soltaron.
Mientras veía elevarse hacia el cielo más de un centenar de globos de colores –muchos morados, que era su color favorito- pensé que Beatriz se iba pero también se quedaba. Su imagen quedará detenida en el tiempo; durante el resto de la vida de los que la conocimos, Beatriz tendrá quince años. Será eternamente bella.
Los globos desaparecieron en el infinito. Beatriz no, todavía esta aquí. Para siempre.
claudia@barrionuevoyasociados.com
Los primeros decretos
A propósito de mi artículo del lunes anterior, varios lectores me escribieron para indicarme que estaba equivocada. En mi comentario yo le recomendaba a doña Laura que no dejara pasar una semana de su gobierno sin firmar el decreto contra la minería abierta y en realidad ella lo hizo durante el primer consejo de gobierno el sábado 8 de mayo.
Tengo dos buenas razones para justificar mi equívoco. La primera es que para ser publicada el lunes mi columna debe estar lista el viernes antes del mediodía. Por lo tanto todo lo que ocurre desde ese momento hasta el primer día de la semana me es ajeno.
La segunda -¡mejor aún!- es que no les creo a los políticos. ¡No les creo nada! Nada de lo que prometen en campaña, nada de lo que afirman que harán cuando son elegidos, nada de lo que declaran durante sus gobiernos. Nada.
Pero, bueno, mi escepticismo no me autoriza a dudar de las promesas de la primer Presidente de Costa Rica. Ella dijo que lo primero que haría sería firmar ese decreto y así lo hizo. Me disculpo por dudar.
Es que uno cuando se da cuenta que tiene tantos años como la píldora anticonceptiva, agradece haber nacido pero lamenta haber perdido toda fe.
Porque uno estuvo pegado al televisor otro 8 de mayo, cuatro años atrás y lamentó que se celebrara el primer consejo de gobierno en un espacio que se pretendía arrebatarle a la cultura -el CENAC para quienes no recuerden- para construir allí la Casa Presidencial que ahora se pretende edificar en terrenos que no son propios. Pero esa es otra historia.
De aquellos primeros decretos firmados bajo una lluvia torrencial con los Ministros empapados, el que ha sido –tal vez- relativamente exitoso es el que pretendía evitar la deserción del colegio. Porque el de la simplificación de trámites en el sector público NO. La burocracia estatal ha llegado a extremos risibles. El decreto que ponía en marcha el programa de gobierno digital en cambio parece estarse concretando ahora bajo el mandato de doña Laura.
En aquel momento don Kevin Casas informó que había quedado pendiente la firma de un código de ética y rendición de cuentas para los funcionarios públicos… ¡Ah, es que quedó pendiente! ¡Con razón! ¡Por eso lo del memorándum famoso!
Regreso a mis recuerdos: 8 de mayo del 2002 el Presidente Pacheco en su primer decreto fijó 14 normas éticas asegurando que despediría a quien no las cumpliera. ¡Don Abel! Simpático. Dicharachero. Inflexible. Impuso normas éticas y fue consecuente… hasta las últimas consecuencias, valga la redundancia.
¿Y si sigo hacia atrás? No tengo tiempo ni espacio. Sólo les quiero recordar que en 1998 el primer decreto consistió en un recorte de transferencias a la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS). El Ministro de Hacienda de entonces consideró que la CCSS representaba el impuesto a las planillas más alto de América Latina y por lo tanto debía garantizar servicios de salud eficiente y de calidad. ¿Se realizaron esos recortes o se “reubicaron” algunos fondos? ¿Se ha trabajado por optimizar la atención médica o se ha desmantelado la CCSS? Triste.
En todo caso, y volviendo al presente, yo celebro la decisión de doña Laura en cuanto a la firma de este decreto contra la minería abierta y espero que no sea meramente simbólico: debe ser efectivo para parar el proyecto en Crucitas. Dios y la Patria se lo agradecerán.
claudia@barrionuevoyasociados.com
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Comer palomitas escuchando mi lenguaje
Desde 1930 -año de realización del primer largometraje costarricense titulado El Retorno- hasta el reciente estreno de “Del amor y otros demonios” de Hilda Hidalgo, pasaron ochenta años. En ese lapso miles de imágenes han sido filmadas en celuloide, cintas de video y alta definición.
Durante la última década se ha estrenado una cantidad considerable de filmes de factura nacional y algunos –inclusive- han gozado de un gran éxito de taquilla. La industria cinematográfica en Costa Rica avanza, mejora, crece, se desarrolla; cada producto tiene aciertos.
La crítica no; no avanza, no mejora, no crece, rara vez tiene aciertos.
La mayoría de los críticos adolece de la cultura, la información y el conocimiento necesarios para elaborar una opinión digna de ser divulgada por un medio de comunicación.
Para escribir los artículos sobre películas internacionales, muchos copian las críticas de los grandes expertos cinematográficos que publican en los más importantes periódicos del mundo. Bucean en el diccionario con el objeto de encontrar adjetivos y sustantivos extraños con que aderezar sus columnas. Así, al no entender nada, el lector incauto cree que el crítico en cuestión es cultísimo.
En el caso de las producciones nacionales, el crítico lleno de mala fe e ignorancia -y sin acceso a la opinión de los expertos extranjeros- destroza con saña cada película costarricense. Sin investigar los pormenores de cada proceso de producción -ya sea entrevistando a las fuentes u observando la realidad- insulta a los creadores como si se tratara de algo personal. Posiblemente así sea.
Lamentablemente no sólo las críticas “autorizadas” pretenden hundir cada film tico que se proyecta en las salas. No. Quienes pertenecen –o creen pertenecer- al medio audio visual no se quedan atrás en cuanto a sentimientos negativos.
Serrucho en mano, el gremio destruye cada proyecto antes de su Gestación.
Todos parecen querer cometer un Asesinato en contra de cada película; provocar un Meneo tal que la destruya; tener un Password mágico que asegure el fracaso en la taquilla; no convocar al Amor sino a Otros Demonios que arruinen el arduo trabajo de todos los que conforman el equipo técnico y creativo de cada producción.
Es tal el odio con el que se pretende destruir el trabajo de los demás que a veces la sangre llega al río y el Cielo se pone Rojo de tanta mala intención.
Con estas actitudes tan negativas sólo demostramos que somos una aldea, una Región Perdida en el Caribe.
A Ojos Cerrados uno comprende que este no es el Camino para crecer. Tal vez haciéndolos despertar con un balde de Agua Fría de Mar, los miembros del gremio cinematográfico no quieran estar más Dónde Duerme el Horror de la destrucción del trabajo de los demás y asuman el Compromiso de ser más solidarios.
Y aunque a veces aparece algún Sicópata, este también pertenece a la industria del cine nacional.
No es que haya que aplaudir incondicionalmente cada película; se deben señalar los errores sin mala voluntad con el objeto de que estos sean superados en la próxima. El fracaso de los demás no le sirve a nadie, el éxito nos sirve a todos.
¡Y yo quiero seguir comiendo palomitas mientras escucho mi lenguaje!
claudia@barrionuevoyasociados.com
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