RedCultura.comA mí también me molesta - Saúl Buzeta

Construido por el Pueblo

Permalink 10.12.09 18:26 , Categorías: De las que no molestan tanto

El poder históricamente se ha nutrido de personalidades fuertes y de egos débiles. Un líder empuja a sus seguidores a ir más allá por la fuerza de sus convicciones. Sin embargo, están esos líderes formales que viven de ser reconocidos por lo poco o nada que hacen.


En Costa Rica es una tradición que las obras públicas tuvieran una placa diciendo en qué administración fue construida y en letras grandes el nombre del presidente que gobernaba en ese momento. Quizás el caso más ostentoso fue el del presidente Arias en cuya primera administración las placas salían hasta con su logotipo de campaña.


Pero fue en la administración de Rodrigo Carazo Odio entre 1978 y 1982 cuando apareció una placa con el mapa de Costa Rica y la leyenda “Construido por el Pueblo. 1978 – 1982”. Y no estaba en cualquier obra: Los puentes sobre las rotondas de San Pedro y la Uruca (ahora puente Juan Pablo II) que en ese momento eran un adelanto a la época; los muelles Alemán, Moín y Caldera; la represa de Arenal; y en un sinnúmero de obras de infraestructura que no ha logrado empatar gobierno alguno desde la fundación de la Segunda República.


La placa es clara: El Pueblo (sin distingo de clases) a través de su aporte solidario pagando impuestos ha redistribuido la riqueza en beneficio de la colectividad. El Pueblo es sujeto, el Pueblo es la razón de ser del Estado, el Pueblo como totalidad es quien entrega y recibe en un contrato de confianza con sus gobernantes.


Aunque el mensaje podría calificarse de oportunista, tenía un claro antecedente en el lema de campaña de Carazo: “Progreso con dignidad”. En ese sentido, el Estado está en función de los intereses de la totalidad de la sociedad y su trabajo es facilitar el desarrollo a través de la educación, la salud, la obra pública, la política económica, la prestación de servicios y la protección de los intereses de las personas con menos poder relativo.


Así, el ICE, el INS, Recope, la Caja, el Consejo Nacional de la Producción, los ferrocarriles y todas las instituciones y organismos del Estado son herramientas para que la población del país mejore día a día su calidad de vida. Todos y todas somos dignos de vivir de la mejor manera dentro de las posibilidades materiales.


La dignidad como concepto es realmente abstracto, pero quizás su manifestación práctica más contundente fue cuando el ex presidente Carazo mandó para su casa al representante del Fondo Monetario Internacional. Con el petróleo por las nubes, los precios de exportación por los suelos y el colón especulativamente a 60 colones por unidad; el Fondo pretendía que el Estado se deshiciera del lastre que significaba la pobreza destruyendo la capacidad redistributiva de la riqueza que había en las instituciones públicas.


Los editorialistas de La Nación se dieron cuatro gustos (como lo hacen hoy) pregonando el fracaso del Estado y la necesidad de que todo se venda en aras de que los ricos nos hagan vivir mejor.


Sin embargo, lo que no se decía es que un país de 2 millones de habitantes fue bloqueado económicamente desde el exterior y saboteado desde el interior por quienes solo piensan con el bolsillo. En aquel entonces muchos nos tragamos el cuento del error del gobierno de no obedecer mansamente a quienes han distribuido miseria por el mundo entero como quien reparte volantes en un semáforo.


Hoy, 27 años después de la salida de Rodrigo Carazo del gobierno la historia parece reivindicarle. No solo se trata de los gobiernos latinoamericanos que se han ido destetando del FMI (excepto el nuestro que después de muchos años de no tener compromisos con el Fondo decidió volver a las relaciones carnales); sino porque el modelo fallido del neoliberalismo ya no puede sostener moral ni económicamente sus contradicciones más básicas.


Don Rodrigo vio morir amigos en la Guerra Civil del 48; como diputado se le plantó a Alcoa y a don Pepe Figueres; no aceptó prebendas; defendió la patria frente a Somoza; pagó con la impopularidad más cruel su abnegación por la democracia económica; apoyó las causas justas sin importar quién las promoviera; y defendió esta patria con su verbo, carisma y fuerza de espíritu contra ese poder económico centroamericano que hoy nos ha convertido en otra republiqueta bananera asociada a un TLC.


Cuando en medio de otra campaña política pobre de ideas parece que no hay santo en el cual persignarse, la vida de don Rodrigo nos recuerda que la política extraordinaria es de personas ordinarias que viven fiel a principios de vida regidos por la justicia y la equidad. Nos recuerda que somos Pueblo y que somos capaces de construir puentes, puertos y represas, pero fundamentalmente nuestro propio destino. Ese es el legado más maravilloso que un gobernante, un líder, nos pudo dejar.


Que su memoria sea tratada con justicia.

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Construido por el Pueblo

Permalink 10.12.09 18:25 , Categorías: De las que no molestan tanto

El poder históricamente se ha nutrido de personalidades fuertes y de egos débiles. Un líder empuja a sus seguidores a ir más allá por la fuerza de sus convicciones. Sin embargo, están esos líderes formales que viven de ser reconocidos por lo poco o nada que hacen.
En Costa Rica es una tradición que las obras públicas tuvieran una placa diciendo en qué administración fue construida y en letras grandes el nombre del presidente que gobernaba en ese momento. Quizás el caso más ostentoso fue el del presidente Arias en cuya primera administración las placas salían hasta con su logotipo de campaña.
Pero fue en la administración de Rodrigo Carazo Odio entre 1978 y 1982 cuando apareció una placa con el mapa de Costa Rica y la leyenda “Construido por el Pueblo. 1978 – 1982”. Y no estaba en cualquier obra: Los puentes sobre las rotondas de San Pedro y la Uruca (ahora puente Juan Pablo II) que en ese momento eran un adelanto a la época; los muelles Alemán, Moín y Caldera; la represa de Arenal; y en un sinnúmero de obras de infraestructura que no ha logrado empatar gobierno alguno desde la fundación de la Segunda República.
La placa es clara: El Pueblo (sin distingo de clases) a través de su aporte solidario pagando impuestos ha redistribuido la riqueza en beneficio de la colectividad. El Pueblo es sujeto, el Pueblo es la razón de ser del Estado, el Pueblo como totalidad es quien entrega y recibe en un contrato de confianza con sus gobernantes.
Aunque el mensaje podría calificarse de oportunista, tenía un claro antecedente en el lema de campaña de Carazo: “Progreso con dignidad”. En ese sentido, el Estado está en función de los intereses de la totalidad de la sociedad y su trabajo es facilitar el desarrollo a través de la educación, la salud, la obra pública, la política económica, la prestación de servicios y la protección de los intereses de las personas con menos poder relativo.
Así, el ICE, el INS, Recope, la Caja, el Consejo Nacional de la Producción, los ferrocarriles y todas las instituciones y organismos del Estado son herramientas para que la población del país mejore día a día su calidad de vida. Todos y todas somos dignos de vivir de la mejor manera dentro de las posibilidades materiales.
La dignidad como concepto es realmente abstracto, pero quizás su manifestación práctica más contundente fue cuando el ex presidente Carazo mandó para su casa al representante del Fondo Monetario Internacional. Con el petróleo por las nubes, los precios de exportación por los suelos y el colón especulativamente a 60 colones por unidad; el Fondo pretendía que el Estado se deshiciera del lastre que significaba la pobreza destruyendo la capacidad redistributiva de la riqueza que había en las instituciones públicas.
Los editorialistas de La Nación se dieron cuatro gustos (como lo hacen hoy) pregonando el fracaso del Estado y la necesidad de que todo se venda en aras de que los ricos nos hagan vivir mejor.
Sin embargo, lo que no se decía es que un país de 2 millones de habitantes fue bloqueado económicamente desde el exterior y saboteado desde el interior por quienes solo piensan con el bolsillo. En aquel entonces muchos nos tragamos el cuento del error del gobierno de no obedecer mansamente a quienes han distribuido miseria por el mundo entero como quien reparte volantes en un semáforo.
Hoy, 27 años después de la salida de Rodrigo Carazo del gobierno la historia parece reivindicarle. No solo se trata de los gobiernos latinoamericanos que se han ido destetando del FMI (excepto el nuestro que después de muchos años de no tener compromisos con el Fondo decidió volver a las relaciones carnales); sino porque el modelo fallido del neoliberalismo ya no puede sostener moral ni económicamente sus contradicciones más básicas.
Don Rodrigo vio morir amigos en la Guerra Civil del 48; como diputado se le plantó a Alcoa y a don Pepe Figueres; no aceptó prebendas; defendió la patria frente a Somoza; pagó con la impopularidad más cruel su abnegación por la democracia económica; apoyó las causas justas sin importar quién las promoviera; y defendió esta patria con su verbo, carisma y fuerza de espíritu contra ese poder económico centroamericano que hoy nos ha convertido en otra republiqueta bananera asociada a un TLC.
Cuando en medio de otra campaña política pobre de ideas parece que no hay santo en el cual persignarse, la vida de don Rodrigo nos recuerda que la política extraordinaria es de personas ordinarias que viven fiel a principios de vida regidos por la justicia y la equidad. Nos recuerda que somos Pueblo y que somos capaces de construir puentes, puertos y represas, pero fundamentalmente nuestro propio destino. Ese es el legado más maravilloso que un gobernante, un líder, nos pudo dejar.
Que su memoria sea tratada con justicia.

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A la radio con amor

Permalink 12.01.09 20:02 , Categorías: De las que no molestan tanto

Siendo niño en la casa de mi abuelo había una radio a tubos que ocupaba un lugar prominente en la sala junto al televisor a blanco y negro. Si mal no recuerdo, era color madera, con una pantalla de mimbre haciendo el marco para el dial y las perillas. Atrás, como correspondía al modelo, había una tabla de madera agujereada para que fuera más fácil que se disipara el calor de los tubos y fácil de desmontar para hacer más simple la tarea de cambiarlos cuando alguno se quemara.

Sin embargo, la parte de adentro de la radio era para mí un verdadero misterio. Empecemos por decir que los radioteatros, las radionovelas, las audiciones musicales y las noticias competían codo a codo con “El túnel del tiempo”, “Combate”, “Meteoro” y “Astroboy”. La televisión, de alguna forma, explicaba por medio de la imagen quién era el que hablaba y uno podía asignarle un rostro a la voz. Sin embargo, la radio era un tema aparte, algo desconocido que estimulaba la imaginación a puro verbo, música, efectos de sonido y silencios.

Sentarme a escuchar las noticias con mi Abuelo era casi obligatorio en vacaciones y jugar con la radio haciendo compañía era moneda corriente.
La radio tenía una presencia importante en mi vida y saber qué la hacía posible era algo digno de ser averiguado.

Por eso, un día decidí que tenía que encontrar de dónde venían las voces de la radio. Es decir, era obvio que de adentro, pero tenía que ver quiénes eran los enanitos que hacían posible que las aventuras que yo escuchaba se hicieran realidad en mi mente.

Mientras mi abuelo escuchaba las noticias, yo me fui acercando lentamente y en silencio (supongo) al aparato. Era claro que dentro de él estaban unos tipos que leían con voz aguda las últimas novedades, otros actuaban y unas cuantas orquestas tocaban música para acompañar a Gardel o a cualquiera que tuviera la oportunidad de cantar en radio.

Ya lo había intentado antes, pero esta vez seguro que los agarraba porque iba a llegarles cuál soldado comando. El mármol del piso me enfriaba las piernas y la panza mientras los brazos me daban fuerza para arrastrarme sigilosamente y así colocarme en una posición que me permitiera sorprenderlos en medio trabajo. Luego, asomándome despacio desde abajo empecé a ver por los agujeros de la tabla que hacía de fondo y no vi a ningún bicho, muñeco o enano, mucho menos algo que explicara porqué se escuchaban voces desde el aparato.

“No se ve un carajo, está muy oscuro” sentencié a viva voz, “Es que se esconden” respondió mi Abuelo que sabía lo que estaba pasando. “¿Cómo hago para verlos?, Soltale la tapa, Abuelo”, pedí casi dando una orden. “Esperá, que ya voy” me habría dicho. Entonces, el abuelo Juan se levantó despacio del sillón gris de dos cuerpos y se acercó movido más por el temor a que me electrocutara tocando un tubo accidentalmente que por ayudarme a satisfacer mi curiosidad.

Los pequeños hombres de grandes voces (porque era evidente que personas de tamaño real ahí no cabían) estaban a punto de ser descubiertos y tendrían que mostrarse tal y como eran. ¡Qué iba a hacer Humboldt a la par mía! ¡Darwin era un bebé de teta comparado a lo que yo estaba por descubrir!

Entonces las manos grandes y macizas curtidas por el tiempo se acercaron a la tapa de la radio, hicieron girar no sé cuántos tornillos y de repente… el calor de los tubos, después la advertencia del Abuelo “No toqués nada y no te acerqués mucho” y por último el asombro: ¡No había nadie! “Abuelo: no hay nadie”, le dije. “Seguro se escondieron”, me dijo tratando de mantener viva la ilusión. “¿Adónde?”, “¿Qué se yo? Buscalos”, me tocó por respuesta. Entonces hice el intento de acercar la cabeza al interior de la radio y fui parado en seco por las mismas manos que me habían abierto las entrañas del mundo secreto de la radio. “Te dije que no te acerqués, te podés electrocutar” - “Pero, dejame. ¿Sino cómo los voy a encontrar?” –“Asomate desde ahí”.

Me acomodé de mil maneras tratando de encontrar un ángulo desde el cual lograr ver a esos muñequitos que le daban vida a mi imaginación. Después de unos minutos que se movían entre la excitación y la frustración volví a ver a mi Abuelo, que desde el suelo se me hacía muchísimo más grande, y le pregunté “¿Dónde están?, ¿Cómo hacen para esconderse y seguir hablando como si no pasara nada?, ¿Siguen en la radio?, ¿Por qué ellos no se electrocutan?”. La respuesta estuvo precedida de una sonrisa suave, luego un gesto serio que iba a disimular cualquier cosa que arruinara la explicación y finalmente la respuesta.

Resultaba ser que los tipos era medios mágicos y se podían esconder donde quisieran, además podían seguir hablando y de alguna forma se las arreglaban para no electrocutarse con los tubos al vacío. La calidad de mágicos lo explicaba todo.

Y bueno, desilusión en las filas del comando especial, regreso a la posición de arranque y a seguir planeando cómo llegar a ver a las ahora más interesantes criaturas mágicas. Vinieron nuevos intentos pero nunca pude ver a los tipos de la radio. Así que Humboldt y Darwin se quedaron tranquilos sabiendo que nadie los iba a desbancar, mientras que yo un día, no sé cuando, pude entender que los muñecos de la radio estaban muy lejos y eran más reales que mágicos.

Sin embargo, lo que los hacía mágicos era que tenían esa vocación de interesar con la palabra, de ofrecer siempre algo nuevo en qué pensar, de crear historias que movían montañas en la imaginación de las personas. Eran mágicos porque hablaban bien, tenían un vocabulario amplio, respetaban al oyente, sabían decir mucho con pocas palabras y además se preocupaban porque al final del programa uno aprendiera algo.

Me pregunto, ¿Qué estimula la imaginación de los chicos hoy como para querer desarmar un aparato?

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Yo tengo una bolsita que me sube y me baja

Permalink 15.11.08 18:48 , Categorías: De las que no molestan tanto

La actual situación económica que atraviesa el sistema capitalista, amén de sus razones objetivas, parece ser un manual de la histeria informativa.

Calificada de crisis, tragedia económica, tsunami financiero, hecatombe internacional o la peor crisis desde la Gran Depresión, la presente coyuntura económica está llevando al diccionario a su límite de sinónimos y a los pseudocomunicadores al extremo de llegar a consultarlo.

El nivel de desconocimiento sobre este tema parece tan fenomenal como los calificativos que se usan para describirlo y es quizás por eso que siempre tenemos la oportunidad de escuchar a "export@s" que, desde la perspectiva más liberal posible, intentan explicar porqué el "dejar ser, dejar pasar" no funciona, pero si funciona.

Eso sí, las explicaciones no pasan de lo momentáneo. Aquella alma pía que espere un razonamiento que le permita atisbar el porqué de la presente crisis estructural del capitalismo, debe entonces buscar un lugar cómodo y suave en donde sentarse a esperar.

Para aumentar nuestra sensación de impotencia escuchamos expresiones como "apalancamiento"; "hipotecas basura"; "salvataje financiero"; la ambivalencia cultural entre millones, millardos, billones y trillones; "turbulencia económica"; "destrucción de trabajo"; "derretimiento económico"; "recesión"; "estanflación" y una tonelada de expresiones más que nos dicen cuán ajena e incomprensible es esta crisis para los simples mortales. Pero eso sí, incomprensible no quiere decir que no deba ser alarmante.

Aunque no entendamos qué es lo que sucede en la economía, debemos presuponer lo peor. El fin del mundo está cerca y la cuenta regresiva está en un recuadro abajo a la derecha de la pantalla del televisor indicándonos cuántos puntos de vida le quedan a la Bolsa de Nueva York (y por extensión a nosotr@s). Aunque no sabemos porqué debemos alegrarnos como estúpidos de que la bolsa suba y temer horrorizados cuando los números sean negativos.

Es lógico suponer entonces que una situación tan complicada solo debe ser enfrentada e interpretada por unos pocos... los mismos que con tanta sabiduría nos han metido en este hueco.

Hoy esas sabias personas nos aseguran que no hay que darle más atributos al Estado, que las cosas las debe seguir resolviendo el mercado (apoyado por una millonada de dólares que pagaremos los que no la comimos ni la bebimos).

Creo que la forma fácil de explicarlo es una analogía algo dura: Es como darle toda la droga que quiera a un drogadicto que él sabrá cuando parar, aunque parar signifique su muerte y la de algunos más.

Ahora bien, si después de leer todo lo anterior quedó más confundi@, espero que el siguiente video le aclare el panorama:

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A todo volumen

Permalink 26.07.08 18:29 , Categorías: De las que no molestan tanto

Normalmente el modelo es Honda Civic de los noventa. Viene con planta de poder, parlantes, amplificador, subwoffer, ecualizador, luces de neón, vidrios polarizados y un escape que hace que las alarmas de los autos estacionados a su paso suenen histéricas.

Detrás de estas discomóviles embrionarias hay alguien que maneja para sí mismo, aislado de su entorno e incapaz de interactuar con los demás porque se quedó voluntariamente sordo.

Por mi barrio debe haber uno de esos que pasa tipo una de la mañana y le activa la alarma al vecino de al lado. Es lo que podríamos llamar un ritual de madrugada: el ruidoso pasa, yo me despierto, suena la alarma por unos 10 segundos que se hacen eternos, el vecino la apaga y el auto con diarrea sonora se aleja impune rumbo a lo desconocido.

Supongo que algo similar pasa con la gente que hace fiestas en la casa y pasadas las 12 de la noche siguen pegando gritos, poniendo música a todo lo que da y mandando a freír churros al vecino que le pide que por favor le baje al desmadre.

Es importante notar que en algunas casas no se puede hacer el oficio sin que la radio suene para toda la cuadra: “Desde mi casa y para todo el barrio transmite Radio Chayito, la del ritmo bonito”.

Esa actitud desconsiderada, egoísta y obtusa parece ser la versión auditiva del “horror vacuo”. Barrios enteros huyen de la soledad con equipos de sonido a punto de reventar. Lucero, Pimpinela, Pandora, Daddy Yankee o Don Omar compiten palmo a palmo por llenar la casa con algo y borrar las intenciones expansionistas del vecino.

Cuando paso frente a los bares (y ocasionalmente cuando entro, Tropical de por medio) me asalta la duda existencial ¿Para qué tanto ruido si no se puede hablar? Si quiero dirigirme a alguien le tengo que gritar y si alguien me grita y no le entiendo tengo que fingir que lo que me dijo fue divertidísimo.

O esa costumbre de ver televisión en grupo, subirle el volumen, comentar sobre el titular de la noticia y no terminar de entender nada porque el del comentario inteligente no permitió entender el final.

Lo mismo pasa con los “cómicos” que van al cine y no paran de hacer bromas y reírse a carcajadas de sus propias estupideces. Son colegas de los tipos que ven las películas en Karaoke y tienen que explicarle a quien les acompaña porqué pasa lo que pasa y probablemente lo que va a pasar. Seguro son parientes de los que hablan por celular o viven mandando mensajes en medio de la función: Son tan egocéntricos que creen que la películas es para ellos, como si la entrada que compraron tuviera una leyenda especial que dice: “Entrada VNP” –Entrada para persona muy ruidosa.-

Esa costumbre de oírse a sí mismos y a nadie más llega a extremos increíbles. Hay gente que va a conciertos en lugares pequeños y no para de hablar mientras el o la cantante intenta ganarle con el amplificador a esa persona que no entiende que la gente está allí para otra cosa diferente de escuchar sus aventuras semanales.
Supongo que esto forma parte de la misma irracionalidad de llevar grupos musicales a los centros comerciales. Es tanto el ruido de la gente que nadie escucha a los pobres músicos o, por el contrario, la amplificación es tan salvaje y la acústica tan horrible que no se entienda la música.

La necesidad de más volumen pareciera tener su cima en el cine. Independientemente de si hay un espectador o 300, la película corre a todo volumen y eso realmente lastima los oídos. Cuando la sala está llena de gente es lógico que el volumen sea más alto porque los cuerpos tienden a absorber el sonido, pero cuando legan 15 tipos ¿para qué darle duro a la perilla?

Todavía me acuerdo de cuando era niño y podía escuchar desde Sabana Sur las gallinas de una casa grandísima que hacía esquina entre Sabana Norte y Oeste. Para salir a tomar el bus, solo tenía que escuchar a la chiva (diésel) de Sabana Estadio acercarse por Canal 7 (a 300 metros de la casa). Hoy en Sabana Sur apenas y se puede vivir con las ventanas cerradas.

Supongo que en algún momento nos volvimos una sociedad tan egocéntrica que necesita llamar la atención haciendo ruido y no permitiendo pensar a los demás. Quizás se trata de vivir a todo volumen para que nadie nos escuche realmente.

Post Data: Los ecualizadores se usan para nivelar o corregir el sonido cuando hay problemas en una grabación. Esto quiere decir que la persona que va a usar un ecualizador debe tener un oído bastante afinado. De lo contrario todos los niveles del ecualizador deben estar en cero. Es como aprender a comer sin sal, pero educa al oído a escuchar mejor.

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Advertencia al visitante:

Saúl Buzeta Dhighiam es politólogo de formación, comunicador por deformación y necio por naturaleza.

Los dedos de la mano no sirven para contar sus obras pues no tiene, mas acostumbra a escribir a hurtadillas artículos de poca monta que gente incauta (en el mejor de los casos) o sin escrúpulos (en la mayoría de ellos) publica sin compasión por el lector.

Considérese entonces amable visitante suficientemente advertido sobre lo inocuo de lo que aquí encontrará.

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