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El viaje trágico de Alejandro Cardona y Vicky Cortés
El viaje trágico se emprende para recuperar algo perdido en el infierno, una respuesta, usualmente… una mujer, en el caso de Orfeo.
El mito es aleccionador: el músico que apacigua a las bestias con sus melodías, que hechiza al can Cerbero para franquear las puertas del inframundo, finalmente no puede recuperar a su mujer amada; su impaciencia y su desconfianza se lo impiden. “Camina sin voltear la cabeza, sin mirar atrás”, había dicho el oráculo. Pero Orfeo, a un paso de salir de los infiernos, vuelve a ver para asegurarse de que Eurídice lo sigue, y con ese acto, la pierde irremediablemente.
En el “Orfeo y Eurídice” de Alejandro Cardona y Vicky Cortés, danza-teatro y a veces hasta performance, el mito se replantea. En esta lectura, Orfeo y Eurídice no se encuentran, no se reconocen, no se entienden, están perdidos en el infierno de los signos rotos, de las imágenes superpuestas que no se dejan interpretar. Imágenes que Orfeo lucha por adaptar al cuerpo de Eurídice para reconocerla. Lucha tan vana como la de identificarla a partir de un zapato perdido, que solo logra que la carroza del sentido se transforme en la calabaza del absurdo.
Los amantes deambulan por un laberinto. No hay referentes, y los movimientos de la danza se pierden también, porque en ese infierno la condena reside en la imposibilidad de encadenar las cosas a los significados. Y así, sin pistas ni concesiones, el espectador se percata poco a poco de que ha caído en el averno también, y lo comprueba cuando se descubre literalmente en la escena porque un espejo gigante le ha robado su imagen. El espectador ha caído en la misma trampa de los amantes, la trampa de aferrarse a un sentido de las cosas y los acontecimientos, la trampa que acecha siempre al lector que exige una coherencia en todo lo que lee: la irrenunciable búsqueda de razones y significados, la perdición de los amantes, la pregunta sin respuesta posible: ¿vos sentís lo mismo?
La banda sonora de esta tragedia de equívocos es la poderosa música de Cardona, que narra desde su lenguaje el destino lamentable de los amores que buscan el denominador común, la simetría de los afectos, el paraíso donde la palabra es la cosa. La música es realmente extraordinaria y tampoco se deja seguir; mucho menos atrapar, las armonías se rompen y se recomponen inesperadamente para no convertirse en la tabla de náufrago del espectador a la deriva.
Hay risas en el escenario de este viaje trágico, y detrás de las risas, tal vez una tácita sentencia, como si Vicky y Alejandro nos estuvieran advirtiendo que al infierno se baja en busca de una pregunta, no de una respuesta.






