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El mundo pende de un árbol

Permalink 08.12.08 00:42 , Categorías: Gatofonías

Si el gran Ahuehuete quisiera, se sacudiría el planeta, como en una pesadilla de Baobab, porque el planeta pende del gran árbol de Santa María del Tule, en las afueras de Oaxaca. Hasta Santa María del Tule pende del árbol. Pero no quiere, más bien parece empeñado en sostenerlo a pesar del tiempo, a pesar del absurdo.

Cuarenta y dos metros de alto, 14.05 de diámetro, y más de dos mil años de edad. El ser viviente más viejo del mundo. Y de lejos parece una melena verde y apacible.

Volví a Santa María del Tule después de casi diez años, porque se lo había prometido al árbol.

Volví para sentir de nuevo la energía del verdadero axis mundi, para sentir el abrazo de las ramas que casi pegan al suelo para abrazar generosamente a las ínfimas criaturas que llegan como en peregrinación a constatar su existencia, a constatar que la brevedad de la vida es asunto humano. Cuando el árbol dice “dos mil años tampoco son suficientes”, entonces sabemos que está preparado para vivir dos mil años más, por lo menos.

El árbol se mece despacio, su ritmo es el ritmo de la Tierra y lo habitan, lo transitan insectos y pájaros. Una mantis religiosa se interpone entre el árbol y mi cámara. Entiendo la insinuación, ¿en verdad hay que tomarle tantas fotos?, ¿no estaré más preocupado por las fotos que por la vivencia en sí? Pero bueno, las fotos son parte de mi vivencia.

La gente (vil estirpe de un día, diría Sileno), cree ver en las raíces del Ahuehuete formas conocidas. Los niños de Santa María del Tule muestran a los viajeros la cara de una virgen, o algún animal como esculpido en el troco. Quizás el árbol contenga a todos los seres del mundo en su ser enorme.

No hay diferencia. Al pie del árbol da lo mismo ser un insecto, un hombre o un pájaro. El pájaro, el hombre y la mantis religiosa, los tres estamos de paso. El árbol permanece.

Una vez, un rico comerciante de Oaxaca quiso comprar el árbol a los indios, para construir parte de su casa con él. Los indios se sintieron profundamente ofendidos. ¿Vender el árbol?, ¡Como si le perteneciera a alguien! La criatura humana tiende más hacia el ridículo y la prepotencia que a cualquier otra parte. Por suerte hay gente que sabe que nadie puede comprar un árbol, ni venderlo. Por desgracia no la suficiente.

Me voy, y de nuevo prometo volver. Paola Tinoco y Andrés Neuman me acompañaron, me ayudaron a ver, porque un par de ojos no alcanza para ver el Tule, ni una vida entera para comprender a este ser portentoso.

Me llevo la delicia de haber estado un rato en brazos del ser más antiguo del mundo, como cuando era un niño y mi abuelo era el árbol que me mecía.

1 comentario

Comentario De: Marco Fernández [Visitante]
Que tal profe!, yo era alumno tuyo de humanidades, te escribo porque tengo un blog de poesia y de mini-ensayos, yo te admiro mucho como escritor y me gustaria que si podes lo visitaras para que me des tu opinión, marcoaragones.over-blog.com Pura Vida!!!!!
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Fernando Contreras Castro, escritor callejero. Autor de los libros: Única mirando al mar, Los Peor, Urbanoscopio, El tibio recinto de la oscuridad y Sonambulario, entre otros

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