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Sara Brenes Akerman

De amores platónicos y patrias lejanas

Permalink 28.07.11 12:28 , Categorías: Sin categorías

Nací propensa a los enamoramientos platónicos. No me gusta admitir esto a menudo. Me suena a cobardía o a algo que se dice porque no se tiene nada mejor que decir. Pero lo digo de todos modos porque esta propensión me ha dado un par de pistas acerca de lo que de otro modo me costaría mucho entender.

Nací propensa a los enamoramientos platónicos. Información irrelevante si no fuera porque hace tres años me fui de Costa Rica para descubrir que, lejos de tierras natales, el malestar se me cura. Así no más, me bajo del avión para encontrar que durante los siguientes cuatro o cinco meses — el tiempo que pasa entre mis llegadas y partidas de San José — no contemplaré la posibilidad de enamorarme más de una o dos veces. Y de esas una o dos veces, ninguna será desmedida  o incontrolable.

...

Basta luego con volver a suelo nacional para que todo regrese a la normalidad. Aquí me convenzo de que, en los cinco minutos que he estado en el bus, me he enamorado profundamente y para siempre del muchacho dos asientos adelante. Tiene audífonos anaranjados, zapatos azules y ve por la ventana como alguien buscando todo lo que vale la pena encontrar. Cuando se para de su asiento para irse se me hunde el corazón y es entonces cuando me doy cuenta de que es la primera vez que me pasa esto en meses y de que llegué hace poco más de tres semanas.

Cuando no estoy vivo en Philadelphia. Ciudad localizada en la costa este estadounidense a dos horas de Nueva York en bus (una en tren, pero la diferencia de precio es ridícula y no vale la pena pagarla por una hora). Allí estudio en una universidad fundada por Benjamín Franklin en 1740 cuyo edificio principal inspiró el diseño de la casa de los locos Addams.

A veces creo que es aquí adónde está la solución a mi enigma. Todo es tan diferente a lo que siempre he conocido y está tan lleno de cosas que quiero conocer, que tal vez uso toda mi capacidad para enamorarme en lugares. En mi biblioteca preferida y en su sofá rojo de la esquina que he conquistado a fuerza de costumbre. En las ciudades grandes con metros, rascacielos y calles repletas de gente que camina rápido. Esas que a veces se llenan de nieve y de helados con sabor a calabaza. En mi edificio de clases predilecto, el que tiene el retrato de Shakespeare en la entrada con un montón de labios pintados de estudiantes que lo quisieron besar.

Pero luego se me ocurre que he querido muchos otros lugares en mi vida, y que esta no puede ser la respuesta.

Mi siguiente hipótesis tiene que ver con que hay algo en las calles de San José, en medio de los aguacates y la certeza de que ahorita llueve, que me pone el pecho transparente. Encuentro en San José una ciudad tremendamente difícil — ¿quién no? —pero a pesar de los huecos con charco, los buses, el humo y el miedo cotidiano, queda también el saber que aquí se abraza más a menudo y que la gente se saluda de beso aunque no se conozca bien.

Por último imagino que tal vez es la lluvia. Siempre he creído que estos aguaceros josefinos son una cosa fatal para el ánimo. A algunos los pone tristes, a mí me dan ganas de enamorarme. Pero supongo que me equivoco otra vez porque en Philadelphia también llueve, y a veces llueve tan parecido que me pareciera estar a punto de tomarme el café de la tarde.

Aunque tal vez lo único que interesa aquí es el riesgo inmenso que significa saber a ciencia cierta y sin importar la explicación que sólo en este país me puedo enamorar. Y que si no me puedo llevar mi habilidad de enamorarme conmigo, no sólo implica que siempre voy a tener que volver por ella pero que nunca me voy a poder ir completamente.

(Cabe también la posibilidad de que nada de esto sea cierto y de que responda solamente a tres años de coincidencias insignificantes. Tal vez el próximo año finalmente me enamore lejos de aquí).

3 comentarios

Comentario De: Palas [Visitante]
*****
Estas lluvias, estos dí­as grises, si entristecen a unos y enamoran a otros :) cierto!! cierto!!

A mi como que me meten en un bálsamo, me descargan para luego cargarme con una energía­a... pufff!!! que hasta puedo volar!!! :D (claro lo sé pero no lo he intentado jajaja).

Encantada con tu entrada, volveré!!
29.07.11 @ 17:49
Comentario De: LB [Visitante]
Muchas gracias. Tenía mucho tiempo de no disfrutar (y reírme) tanto con algo. Realmente está genial, y yo también me he enamorado del muchacho del bus (creí que solo me pasaba a mí, aunque también nací un viernes, puede ser una coincidencia).
21.09.11 @ 20:55
Comentario De: Sandra [Visitante]
*****
Maravilloso.
Que rico leerte.
Sandra
24.09.11 @ 21:43
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Sara Brenes Akerman

Sara Brenes Akerman nació en San José un viernes por ahí de las cinco de la tarde. Desde entonces no le gustan las autobiografías.

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