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Crítica de poesía: Natación nocturna, de David Cruz

Permalink 04.02.09 16:11 , Categorías: Artistas Nacionales

Por Gustavo Solórzano Alfaro
Escritor
Blog: La Casa de Asterión

David Cruz, Natación nocturna, San José: ECR, 2005, 88 pp.

Preámbulo

Críticos, ensayistas y poetas parecen coincidir en que la poesía costarricense se ha decantado, al menos en los últimos 40 años, por dos tendencias. Una, representada o abanderada por Laureano Albán y aquellos que han pertenecido al Círculo de Poetas Costarricenses o bien se han mantenido fieles a la complejidad y el juego metafórico como esencia poética; otra, propulsora de un minimalismo y una estética coloquial y directa, la cual consideramos mayoritaria y en boga. Y así las cosas, entre talleres, grupos, manifiestos, cursos, editoriales, premios y demás, se ha venido gestando el panorama actual. Sin embargo, tal división ha sido sumamente dañina, aparte de reduccionista, pues una mirada más cuidadosa arroja que los matices, balances, equilibrios y, sobre todo, la variedad de propuestas, nos dejan frente a un ámbito mucho más rico de lo que muchos pretenden.

Entonces, aunque quisiéramos hermanar a los poetas más jóvenes con una u otra tendencia, esto es tarea sumamente complicada*. Para tales efectos, pienso en los integrantes de Libertad Bajo Palabra Alejandro Cordero, William Eduarte, David Cruz o Diego Mora, por citar algunos), grupo que inició sus andanzas literarias hacia el año 2000, si mis cálculos no fallan. Entre estos cuatro poetas, compañeros de grupo, de generación, y asumo que de ideas, podemos encontrar grandes diferencias. De una propuesta donde priman los poemas breves, irónicos, con un lenguaje desenfadado de Eduarte, pasando por el poema en prosa o a veces más experimental, como en el caso de Mora, hasta llegar a estéticas donde el poema se desarrolla más y atiende siempre a la metáfora, como en el caso de Cordero o Cruz, vemos que la variedad es evidente.

Pues bien, este preámbulo es sencillamente para hablar del poemario Natación nocturna, de David Cruz, ganador del Premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica 2004, en la rama de poesía. El libro, de 88 páginas, en una cuidada edición, con portada en cartulina texturizada de tono mate e impreso en papel cultural, está dividido en tres partes. Esto último bien puede considerarse ya lugar común en libros primerizos, y muchas veces resulta mero artificio, o recurso ingenuo copiado de ya una larga tradición, aunque en el caso que nos ocupa parece ser una división mucho más orgánica, debido a la estructura y dirección de los poemas que integran cada parte.

Dicho poemario resulta una grata sorpresa dentro de las publicaciones de los últimos años, pues pese a la presión que se ejerce actualmente para escribir picha, culo, teta, pedo, masturbación (no sé por qué no sobo), birra, caca, caño, cantina, chifrijo, bus, calle, taxi, brete, etc. como únicos elementos válidos, Cruz apuesta nuevamente por la metáfora, por un lenguaje depurado que refleja oficio, especialmente en la primera parte, donde los poemas alcanzan mayor desarrollo. Y todo esto no significa, en lo absoluto, que sus poemas pertenezcan a una retórica dizque etérea, vacía o superficial, o que hablen de lo “bello”; todo lo contrario, su estética demuestra que es posible hablar de la vida cotidiana, de la ciudad, del pueblo, de situaciones comunes, del mar, de la cerveza y el vino, de los amigos, del dolor y la pérdida sin necesidad de caer en lo fácil o evidente, en el chiste común o secreto; en la chabacanería, tan de moda actualmente, y que se disfraza de “ruptura” o “rebeldía”.

En este punto se impone hacer una aclaración: escribir picha o culo es válido, absolutamente válido, pero eso no depende de una decisión caprichosa del autor, sino de un imperativo del texto. Cuando estas palabras se repiten de forma evidente, sin mayor razón, quedan en mera pose; y ahí sí, parte de una poética tan vacía o hueca como la que ensalza corazones y besos.

Otro detalle llamativo es que todos los poemas de este libro se atienen a las normas ortográficas vigentes, especialmente en el uso de mayúsculas y en la puntuación. Señalar esto es importante, puesto que parece ser también la tendencia olvidarse, sin razón alguna (excepto en quien sabe lo que hace, de más está decir) de estas normas, como si ahora escribir poesía dependiera simplemente de no poner mayúsculas ni puntos y listo: poesía instantánea. Y no quisiera creer que esto se debe meramente a una imposición de parte de la editorial, sino al cuidado de una voz poética que no se abandona fácilmente a la moda. Y si fuese una decisión editorial igual la aplaudo, porque de qué modo se benefician los poemas, a pesar de lo que creen sus detractores.

I. Disfraces

Esta sección, que consta de diez poemas, es probablemente la más lograda, la más elaborada y densa, tanto en los recursos estilísticos como en las dimensiones filosóficas, si se quiere. El primer texto, “Devocionario (Dibujo a pulso de una noche en San Juan, Puerto Rico)”, revela de entrada la referencia al mar y la noche, y se liga con el título del poemario, que ya para este momento nos habrá remitido como intertexto a “Nightswimming”, hermosa canción aparecida en el álbum Automatic For the People (1992), de REM, tema cálido que advierte (traduzco libremente): “la natación nocturna merece una noche tranquila”. Así, luego de la dedicatoria y la cita de Apollinaire, el primer verso dice: “Ninguna fotografía sabe esconderme del pasado”, con lo que seguimos de cerca la letra de REM: “la fotografía en el tablero, tomada hace años”, todo para redondear un inteligente juego de referencias culturales, cercanas en el tiempo al yo lírico, amalgamadas en el texto, contrario a la tendencia más común de citar íconos de la cultura pop sin más. Más adelante, en la última estrofa, se ha cristalizado la ambientación nocturna:

La perfección de la noche
pinta la tormenta mar adentro.
El destino es un disfraz,
escapa al sur como las aves.
Es un asesino que regresa a tierra
sin argumentos para envejecer.
(p. 14)

En “1982”, la fotografia (unos de los elementos más recurrentes en todo el poemario) reaparece, y el tono existencial, ligado con las referencias al cristianismo, aumenta el caudal poético:

Ahora rebusco entre las fotografías
palabras añejas.
Celebramos entre campanadas
deseos imposibles,
flores medievales a las que aun les rezamos
y nos ata su cruz.
Dependemos del cielo,
a menudo los suicidas apuntan directo a la luna
para manchar sus verrugas de vieja cansada,
de astro abandonado
girando sobre esta multitud ebria de vivir.
(p. 16)

Para luego ir cerrando de forma lapidaria y hermosa:

Creíamos en todo,
sobrevivir era una caricia impura.
(p. 17)

En “Partida de cartas”, leemos uno de los mejores versos del texto:

Pero de qué sirve perder.
Se han desecho
todos los recuerdos y su matemática inexacta.
Los lenguajes carecen de padres
y sólo importa el sórdido sacrificio del triunfo.
(p. 20)

De esta forma, se ha empezado a gestar una ambientación donde prima la noche, la oscuridad, a través de calles, bares y cantinas, probablemente en algún puerto como tantos otros, donde los marineros se desquitan con la vida por unas horas, conocen mujeres que hacen lo propio y quedan recuerdos borrosos en fotografías de hijos perdidos hace mucho.

II. Abstractos

Esta segunda parte, contraria a la anterior, se decanta por poemas breves, y creemos notar en ella un influjo mayor de sus compañeros de grupo y de su época; no en balde, el primer poema tiene título en inglés (“World In My Eyes”), con un subtítulo que dice “(Depeche Mode)”, y la dedicatoria reza: “a William y a los demás”, asumimos que en referencia a William Eduarte. Esta sensación se afianza cuando el yo lírico parece haber salido del puerto de la primera parte:

Mis huesos de animal
salen a pasear por la ciudad.
(p. 37)

En “Aparente quietud”, la estructura se diversifica:

Los
árboles
afilando
su navaja
para
decapitar
la brisa.
(p. 40)

Aún así, la referencia a los recuerdos sigue siendo evidente, y más aún, al año 1930, año que impondría una exégesis mayor, puesto que de entrada no tenemos referentes dentro del poemario para saber por qué ese año específicamente.

“Los años treinta”

Qué tristes fueron los años treinta
guardados en la cantimplora.
Las habitaciones oscuras entre
el bombardeo inmóvil de las torres.

Perdí las fotografías de mi padre.
La ausencia se cansó de esperar
el alumbrado público
en el hocico de los perros.

Pero eran otros tiempos.
Otros llevarán flores a mi tumba.
(p. 43)

Esta referencia a los años treinta permite, de forma sagaz, desligar la figura del yo lírico de la del autor, y así evitar lecturas biográficas. Asimismo, es un efecto de madurez, que a pesar del tono confesional y duro que a ratos se puede percibir, aleja a ambas figuras.

En “El sol es una lagartija”, se afianza la idea de que el habitante de un puerto cualquiera vive en otro lugar, y es un “forastero/ que jamás tuvo patria.” (p. 49).

En “Tiempo”, la imagen del destino vuelve a aparecer:

Para qué sirve cuestionarnos
si el destino es un espejo
en el fondo de la ciénaga.

Con los años la ceniza
empieza a oler a arcilla.
(p. 55)

Aún así, a pesar de que nos encontramos con imágenes de la primera parte: las fotos, el recuerdo, el tiempo y el destino, por ejemplo, los poemas también avanzan por otras temáticas, y no siempre parecen seguir esa aparente unidad sugerida en un principio.


III. Viejos hoteles de la memoria

La misma sensación nos encontramos en esta parte. Las temáticas siguen su curso, regidas por la unidad que da pasar de San Juan de Puerto Rico, a Buenos Aires en el primer poema de esta sección. Con dicho salto, dejando en el medio otros puertos anónimos, se constata la dualidad puerto/ ciudad, y más bien se fusiona, en una metrópoli como lo puede ser la ciudad argentina. Curiosamente, del Buenos Aires del primer poema, en los siguientes, excepto el último, el escenario será Nueva York: otro puerto, otra ciudad. En uno de los poemas, leemos:

El miedo invade el campanario.
Hijos de inmigrantes saludan
con la mirada, no conocen
este idioma de rascacielos y motores en marcha.
(p. 83)

Y si en Buenos Aires el ambiente nostálgico no fue remarcado con referencias al tango, en la ciudad estadounidense, el blues sí marca dicha pauta. Tal juego puede ser considerado otro signo de madurez, pues no se recarga demasiado el ambiente.

En “Nelly Bly fuma en una esquina del bar”, dice:

No tengo monedas para cambiar
los ánimos de esta rockola.

Es mejor irme a casa.
(p. 81)

(…)

Señores, por favor,
el blues está muy fuerte
y la nostalgia es grande.
(p. 82)

Por otra parte, el desdoblamiento del autor/ yo lírico, toma un nuevo giro, cuando este asume identidad femenina.

Sin embargo, el giro más curioso está en el poema final: “Espejismo en la tumba Keops”, pues del mar, el agua como fuente primigenia, la noche y la sombra, saltamos al desierto, al sol que enceguece, y el clima de nostalgia y el tiempo gigantesco que todo lo arrasa, tienen su culminación:

Ahora, derrotado,
mira el desierto ante sus ojos.
(p. 85)

Como si de repente la arena del mar fuera la del desierto, o sencillamente, como si el mar se hubiese secado, como si el mundo no tuviera ya nada más que ofrecer, excepto aridez, tierra yerma: nada.

Corolario

El texto, como hemos visto, es sugerente y rico en metáforas, presenta depuración en el lenguaje y maneja acertadamente sus recursos; refleja madurez y realmente hace añorar que muchos poemarios de juventud fueran como este. Luego, en términos generales, podemos afirmar que, a pesar de que el poemario no es sorprendente o sea un giro completamente novedoso dentro de la poesía costarricense, sí representa un inicio bastante maduro y de gran calidad. Aquí, debemos enfatizar que la novedad por la novedad nunca aporta nada, y más bien, poesía como la de Cruz, con variados matices, y que refleja una vena poética teñida de tradición, es de agradecer y alabar mucho más que los esperpentos a que muchos otros jóvenes nos han venido acostumbrando.

Finalmente, podemos afirmar que mientras no se deje tentar por la moda, la poesía de David Cruz seguirá siendo una arriesgada propuesta, de altísimos vuelos o inusitadas profundidades, como nadar en la noche en las aguas primordiales.

* Nota: Juan Murillo, escritor costarricense, realiza un logrado balance sobre una tendencia que denomina “antipoesía”, a la vez que señala otras manifestaciones que han venido gestándose desde los años noventas. Cfr.: Juan Murillo, “La antipoesía costarricense”, en El Arte de la Mentira. Aquí.

David Cruz (San José, Costa Rica, 1982). Poeta y estudiante de periodismo. Perteneció al grupo Libertad Bajo Palabra. Natación nocturna es su primer poemario.

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