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Figuras en el espejo, Rodrigo Soto

Permalink 19.11.09 13:30 , Categorías: Reseña, Autores, Rodrigo Soto
Figuras en el espejo, Rodrigo Soto

 

El siguiente es el texto que escribí con ocasión de mi lectura de la edición definitiva de Figuras en el espejo de Rodrigo Soto y que tuve el honor de leer en su presentación en el Centro Cultural de México el 17 de noviembre de 2009.


Imaginen estar en la sala de la casa de una pareja que uno no conoce.  Uno se encuentra ahí acompañando a su novia o novio, en un acto de solidaridad, o tal vez es la anfitriona de una invitación hecha por su marido.  La conversación deambula por los temas usuales entre las personas que no se conocen o se conocen poco.  ¿Qué hacés? ¿Qué estudiaste? ¿Porque vivís en el extranjero?  Esas preguntas usuales parecen inofensivas, y podrían serlo, pero realmente lo que pretenden es fijar la figura de el otro en nuestra mente.  Lo que respondemos a ellas, la forma en que respondemos nos retrata en la mente del otro.   Pero esa imagen que se forma el otro de uno nunca corresponde rigurosamente con la que tenemos de nosotros mismos.  Y esto sucede generalmente por tres motivos, primero, porque la figura que somos nunca es completamente visible desde el punto de vista al que nosotros tenemos acceso, siempre hay partes ocultas que, como el centro de la espalda, nos resulta imposible alanzar; segundo, porque las palabras, por más útiles que sean para la comunicación, resultan siempre insuficientes para dibujar los trazos complejísimos y verdaderos de las personalidades humanas; y tercero, porque en nuestra mente existe un catálogo preconcebido de tipos en los que tendemos a encajar a la gente rápidamente cuando la estamos conociendo, algo que se conoce como reconocimiento de patrones, y que es una de las habilidades más destacadas del cerebro para sacar conclusiones rápidas y obtener resultados en tiempos razonables.
De modo que en esa sala, donde se enfrentan dos parejas, un hombre y una mujer frente a otro hombre y otra mujer más jóvenes, lo que uno entiende de la conversación tiene muchas veces más que ver con lo que uno es que con lo que es el otro.  La vida, las experiencias, los prejuicios, las convicciones, filtran todo lo que escuchamos de otros para que podamos deducir rápidamente quienes son en un proceso que tiene mucho mas de adivinanza que de científico.  Lo que vemos en los otros, suele ser, en primera instancia, un reflejo de lo que nosotros somos, un reflejo que oscurece al otro y que lo viste y lo distorsiona.
Figuras en el espejo es una novela centrada alrededor de un núcleo como el que acabamos de describir.  La sección que lleva ese nombre es una única escena, una invitación a cenar entre dos parejas, narrada desde cuatro puntos de vista que se traslapan y cuyas introspecciones evidencian la distancia insalvable que hay entre lo que uno quiere decir, lo que dice y lo que otros le entienden.  Esta sección podría haber existido como un cuento corto de gran calidad, pero Rodrigo certeramente ha optado por evidenciar la profundidad y la distancia verdadera que nos separa de los otros mostrándonos los cuatro mundos gigantescos y complejos que se tocan en ese punto de reflección momentáneo en el que inciden años, o incluso vidas completas, en este caso las vidas de Airel, Gina, Marcela y Oswaldo.
Tras leer Figuras en el espejo no es difícil imaginar como detrás de cada palabra que decimos y cada gesto que la acompaña se apalanca el peso de todas nuestras vivencias, como también lo hace cuando interpretamos cada palabra que escuchamos decir a los demás.  Para hablar y para escuchar se utiliza siempre un punto de vista inaccesible al otro y llegar a la compresión del otro implica una fusión de horizontes, una suma de puntos de vista que no sólo es difícil de lograr, sino que muchas veces es simplemente imposible con la mera conversación y para la cual entonces debemos recurrir a la literatura.
Tomemos el caso de Oswaldo, por ejemplo, que es parte de esta cena que es el centro de la madeja de la novela y que protagoniza la sección titulada El tigre frente al aro de fuego.  Ya el título es sugerente de lo complejo del personaje, Oswaldo se lanza a relaciones de pareja con una alegría salvaje, a sabiendas de que terminará saboteándolas y saboteándose a sí mismo, en busca de un castigo y un perdón que no comprende bien por qué necesita.  La oscilación de Oswaldo entre la indolencia y la desesperación producen en esta novela unas de las páginas más líricas, pero a la vez de las más oscuras.  De entre los personajes de la novela, el que menos entiende que lo mueve es Oswaldo.  Como podrá entonces entender a los demás,  a las mujeres que cruzan su vida interminablemente, o a Ariel que le hace un par de comentarios hirientes en la cena sin poder comprender de dónde viene la ira de Oswaldo o a Gina esposa de Ariel, cuya vida de madre que ha renunciado a una carrera la resulta tan remota, o a su misma amiga, Marcela, cuyo narcisismo casi no le permite ver más allá de ella misma.  A Oswaldo lo habitan verdaderos demonios que ni conoce ni comprende.  En algún momento se pregunta si uno puede pasar su vida buscando algo sin saber que es, en otro se pregunta como puede uno recién reconocer demonios que sin embargo han estado con uno toda la vida.  Este personaje es opaco, sus sentimientos son un enigma para los otros, pero especialmente para sí mismo.  No son sorprendentes entonces los equívocos que generan lo que dice y como lo dice.
Su pareja, Marcela, que alguna vez fue una mera fantasía de Oswaldo y que de algún modo a accedido a ser su amiga con derechos, por decirlo de algún modo, es un reflejo opuesto a la opacidad del muchacho.  Marcela es extremadamente conciente de sí misma, de su cuerpo, de lo que piensa, de lo que cree, se encuentra fascinante y se explora constantemente.  Sabe que es apasionada o impulsiva.  Piensa que su signo zodiacal es magnífico y la representa bien.  Le molesta resultar indiferente, le gusta agradarle a los demás. Piensa que su causa, la única causa verdadera, es el amor.  No tiene sexo, siempre hace el amor, y su erotismo es imperativo y directoral y es más una búsqueda, quizá de ella misma, que una unión con otro.  Para Marcela el amor es bienestar, un estado interno, algo que se construye a lo interno de cada persona, y no un puente.  A diferencia de Oswaldo, sin embargo, Marcela es consciente de su egocentrismo y busca, literal y simbólicamente, puentes hacia los demás, pero estos son siempre puentes que no la comprometan en modo alguno, por ejemplo, gritar con la barra en un partido, o fundirse con los demás en una pista de baile, para luego terminar huyendo de nuevo.
En la cena notamos como Marcela revela, con un dejo de orgullo que Oswaldo es escritor, algo que a él le resulta incómodo y le molesta, y a lo cual le resta importancia.   Marcela está haciendo gala de él como quien luce un accesorio interesante, Oswaldo en cambio es consciente de que el título, algo ostentoso, de escritor, lo pone en una posición de observador, investigador y comentador de las emociones humanas, algo que está evidentemente más allá de sus capacidades.
Oswaldo y Marcela son en muchos sentidos opuestos,  pero lo son a la manera de un reflejo, que invierte lo que reproduce.  Ambos son personas cuya conexión con los demás esta mediada pesadamente por la relación que sostienen, primariamente, con ellos mismos.  Y esa absorción, opaca o transparente,  con uno mismo, es sin duda, una de las aristas más sobresalientes de las generaciones que llegaron a la madurez durante o después de la caída del socialismo soviético.   Marcela piensa que los Estados Unidos son el enemigo a nivel político y, sin embargo, piensa vivir ahí el resto de sus días.  Oswaldo se pasa los días oscilando entre la desidia y el temor.  No tienen compromisos políticos serios, aunque conocen los discursos alternativos que son pan de cada día en los círculos universitarios.   No tiene contactos con grupos de amigos, o siquiera grupos de personas en general, que les permita conocer algo más allá de la realidad inmediata en la que viven. 
Gina y Ariel, en cambio, pertenecen a una generación anterior, una generación a la cual le tocó vivir los enfrentamientos de Alcoa,  las guerras revolucionarias centroamericanas y fundar cátedras en las universidades.  Algunos, como Ariel, han transitado las márgenes de grupos radicales, un poco como iniciación, como se esperaba de ellos.  Otros, como Gina, han sentido la ira revolucionaria y han tenido enfrentamientos y compromisos verdaderos con causas políticas reales más allá de las aulas de la universidad.
El dilema de Gina y de Ariel claramente no es el mismo que él de Oswaldo y Marcela.  Más allá de no haber conocido nunca la idea de un verdadero compromiso con los demás, la generación de Gina y Ariel asumió ese compromiso para luego abandonarlo o fingió asumirlo para luego vivir el recuerdo falso de una militancia que no se ejerció.
En ese sentido, Ariel y Gina son un reflejo contorsionado de Oswaldo y Marcela que no conocieron, ni renunciaron a compromisos que se consideraban ineludibles y que por tanto pueden vivir un ensimismamiento libre de culpas.  Durante la cena en casa de Ariel y Gina, gracias a la narrativa interna, nos queda claro el menosprecio que siente los unos por los otros.  Ariel, que proviene de Orotina pero estudió en Francia, descalifica a Marcela inmediatamente en cuanto oye que ella estudió en la Lincoln.  Luego descuenta a Oswaldo porque usa zapatos finos, lo cual, según Ariel, lo hace indigno de tener una postura crítica hacia los círculos de poder.  Gina, por otra parte, se siente avergonzada de haber renunciado a su carrera para ser madre, sin saber que Marcela, que es menor que ella ya anda considerando esa misma idea, que será su destino final, en contraposición del escape final  de Gina que es en cierto modo el plan inmediato de Marcela.  Ante algún comentario radical de Oswaldo, Gina declara que antes hubiera concordado, pero que con el tiempo uno cambia, a lo cual Oswaldo le responde sarcásticamente que sí, pero que lo importante es hacia dónde cambie uno.
Como si el espejo del otro fuera un límite intransitable (en este caso los limites de la edad, el sexo, el origen, el destino) las cuatro figuras se acercan y tocan esa superficie fascinante sin querer o sin poder romperla, y lo que ven del otro lado les repugna, les parece incomprensible, lejano, falso, ingenuo o débil.  Sin embargo, ninguno de los personajes aplíca este tipo de juicio contra sí mismo.  El error, el daño, la traición y lo falso están siempre en el otro, y los propios defectos resultan siempre invisibles o se transforman inexplicablemente en virtudes. 
Al lector, que en cierto modo también corresponde el papel de juez de los personajes, guiado por la evidencia que aporta el autor, le resulta fácil juzgar y criticar a estas personas demasiado humanas que habitan las páginas de Figuras en el espejo.  Está claro, sin embargo, que estas figuras que van surgiendo de la lectura son reflejos de nosotros mismos, que vamos cambiando de posición conforme avanzamos en nuestra vida, habitando diferentes roles y papeles que antes nos resultaban o lejanos, o indignos o imposibles.
La nota que les acabo de leer peca probablemente de analítica, pero el texto de Figuras en el espejo, ejecutado con una mano más firme y más sabia, se apega directamente al nivel humano de la experiencia cotidiana, de la detallada observación de las emociones y no divaga innecesariamente en las sutilezas de la estructura o la manipulación de conceptos.   Pocos autores como Rodrigo Soto tienen una preocupación tan preponderante por retratar de forma realista la vida interna, la intimidad de los costarricenses contemporáneos.   En este caso, la de los habitantes de ese submundo que es la universidad: profesores, alumnos, profesionales, y en explorar los lugares, fuerzas, momentos y experiencias de las que surgen nuestras peculiares contradicciones, en el punto donde la emoción se convierte en un accionar a veces incomprensible. Adentrarse en el mundo de Figuras en el espejo es entrar en el mundo de cuatro personas, sus vidas, sus amores y tristezas y las de aquellos que las rodean, es tender puentes al verdadero otro, a personas más completas de lo que normalmente llegamos a conocer en los demás.  Abrir esas puertas y mostrarnos que no estamos solos y que somos muchos los que vibramos con las mismas emociones es el mayor logro de una buena novela, y esta novela de Rodrigo Soto, una novela humana, una novela de gente común  y a la vez extraña, como lo somos todos nosotros, es, sin duda, una gran novela.

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Juan Murillo

Juan Murillo

Escritor nacido en San José, Costa Rica en 1971. Autor de las colecciones de cuentos Algunos se hacian dioses (EUCR 1996), En contra de los aviones (ECR 2011) y La isla de los muertos (Germinal 2012), así como de artículos de crítica literaria y reseñas de obras nacionales y centroamericanas. Compiló junto con Guillermo Barquero, la antología de narradores costarricenses nacidos después de 1965 Historias de nunca acabar(ECR 2009).

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