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Otras disquisiciones de Víctor Hurtado Oviedo

Otras disquisiciones de Víctor Hurtado Oviedo es un libro extraordinario, literalmente. No existen otros libros como el de Hurtado en Costa Rica y nadie escribe ensayos como los que vienen en este libro. Una de las razones evidentes para esa soledad es que en Costa Rica prácticamente nadie escribe ensayo literario –entendiendo este como el ensayo crítico que se vale de las armas de la literatura para proponer una visión personal.
Darío había dicho a finales del XIX que lo mejor de la literatura costarricense eran los ensayistas y que en poesía no había nada de gran calidad –de paso declarando a Aquileo como el poeta tico por excelencia, lo que en el caso de Darío probablemente fuera una burla. En la actualidad en cambio los pocos ensayistas que hay son los que publican misceláneas de actualidad en las páginas de opinión de los diarios mientras que los poetas proliferan saludablemente. Entre el primer minúsculo grupo se encuentra Víctor Hurtado Oviedo, que no se sabe bien si por cautela, desprecio o pasión, se ha dedicado casi exclusivamente al ensayo literario que versa sobre literatura o la lengua madre, o en épocas de aventura, sobre cultura general. Además de restringirse temáticamente Hurtado ha decidido, a lo largo de los trece años de ensayos que comprende este volumen, limitarse a escribir sobre glorias literarias pasadas, excluyendo, casi por completo, la producción literaria actual a nivel mundial y en particular la costarricense. Para suerte del lector de estos ensayos, Hurtado es un hombre de amplias lecturas, de modo que lo que se pierde en amplitud o actualidad en esta recopilación se gana en la atención a lo clásico. El otro rasgo distintivo, el principal en realidad, es la “voluntad de estilo” –para usar el término de Hurtado- que da forma ineludiblemente todas las piezas. En el prólogo está clara la advertencia de la poética de Hurtado: “Ninguna línea sin figura, ninguna línea sin idea.” Y aunque es posible encontrar líneas sin ideas –particularmente cuando la línea se distrae con la preocupación de ejecutar alguna figura ingeniosa- las figuras propiamente sí abundan en una proporción casi tan alarmante como la prometida por el autor en esa advertencia prologal. El estilo barroco de Hurtado es, entonces, la característica más distintiva del texto, que lo hace único tanto a él como a su autor, en el medio literario en el que aparece.
Otras disquisiciones esta compuesto por seis secciones: La primera, "Todos los mundos", con los textos más recientes, se compone de piezas cortas que recuentan anécdotas sobre autores famosos (Proust, Bacon, Platón, D´Ors, Welles, Schopenhauer) o temas y libros “de interés” (Gimnosofía, La inteligencia social, El cerebro femenino, Filosofía en la cocina) mientras se pasean distraídamente por temas relacionados y algunas pocas ideas. Estos ensayos se publican normalmente en Áncora en un espacio limitado y esa limitación los afecta negativamente, específicamente por todo lo que intenta hacer cada pieza con el minúsculo espacio que se le ha asignado. Usualmente se llega al final del ensayo para encontrar la única idea que lo motiva y que si bien puede ser interesante, no encuentra sustento en el juego que la precede. Entre estos textos hay alguno excepcionalmente excelente, como el profundamente humano De Lord Jim a Lord Jack, pero también los hay deficientes, como el que parafrasea tristemente los ataques ad hominem de Bertrand Russel contra Nietzsche, uno de los filósofos en los que se basa gran parte de la filosofía y literatura del siglo XX.
La segunda sección, "Oficio de la Palabra", está compuesta por ensayos que se podrían clasificar como apreciaciones de escritores (Cervantes, Borges, Reyes, Ribeyro, ¿¡Miller!?, Umbral, Góngora, Sarmiento, León Pacheco, Fabián Dobles, Roberto Murillo). La diferencia con la deriva juguetona de la primera sección es que en esta se busca un balance verdadero del autor tratado y no simplemente mencionar algunas anécdotas “interesantes”. Los ensayos de esta sección, por lo tanto, son mejores, están más redondeados y las ideas tienen un mejor desarrollo y hacen más justicia a los escritores sobre los que versan. Aquí, otra vez, es inevitable comentar sobre las escogencias de Hurtado, que a su vez implican sus exclusiones. Es notable que incluya, como lo hará en otras secciones, una proporción marginal pero visible de autores coterráneos suyos, o sea peruanos. Además es notable que se incline exclusivamente por autores muertos, como si el dictum de Quevedo sobre la conversación con los difuntos lo conminara a pasar por alto a escritores tan vulgares que se atreven a estar vivos mientras sus libros se publican. Quizá la pieza más interesante de esta sección, y a la vez la más reveladora, es "Mis Hermanos", un texto dedicado ya no a clásicos antiguos o modernos, si no a todos lo autores que la posteridad pasa por alto y que desaparecen eventualmente de la atención del público para dormir su vejez en los anaqueles oscuros de las compraventas. "Mis hermanos" adolece de uno de los defectos del libro, una afición desmedida por lo que Hurtado llama el “deporte de la injuria”, en el cual Hurtado se ejercita con feroz insistencia a resguardo del paradójico anonimato de sus víctimas –excepción hecha de los boleristas contemporáneos a los cuales Hurtado odia con pasión y nombres propios. Es difícil pasar por alto esta costumbre de Hurtado de lanzarle afiladas puyas a enemigos genéricos, en este caso al cursi ultraliterario, al ensayista de pocas luces, a los fantasmas de los inéditos, al poeta spam -la lista llega a las decenas- que revela de algún modo una cierta amargura contra la profesión del escritor, de la cual afirma en el prólogo estar libre, a pesar de que en este ensayo se hermane con todos los fracasados literarios imaginables. Lo notable de este ensayo es una idea que anima el fondo y la forma de toda la colección: Perduran los grandes escritores, y los que no perduran quizá debieron haberse abstenido de fatigar las prensas con sus escritos. Para Hurtado, el juez de la buena literatura es la posteridad. Esa idea explica por qué se resiste a comentar autores vivos. También de ahí se deduce su afán por un preciosismo literario que le da al libro una densidad que en un ensayo de una página es aceptable, pero que en casi 300 páginas hace imposible una lectura continuada. En este ensayo también encontramos su definición de literatura: “La única condición que hace literario un texto: la presencia de figuras retóricas.” De modo que la aspiración de Hurtado, a pesar de la sospechosa modestia del prólogo, debida quizás a no saber como lo tratará la posteridad –un curarse en salud-, es hacer textos literarios, en fin, ser un escritor.
Aquí vale la pena hacer un paréntesis para mencionar otra de las concepciones de lo que es la literatura que circula actualmente en nuestro medio. Durante una reunión del Taller Artesanal de literatura que imparte Luis Chaves conocí a Rodolfo Arias, autor de Te llevaré en los ojos, Vamos para Panamá y El emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios. La primera de estas novelas ganó el premio nacional y es considerada una especie de épica de la generación de los 70. A mi me había parecido siempre que para escribir –y esperar que otros leyeran lo que uno tenía que decir- había que sufrir de algún grado de narcisismo –grave o leve- pero inevitable como parte de la vocación. En esa oportunidad le pregunté a Arias bajo esa tónica, por qué se consideraba él el indicado para ser la voz de su generación y publicar un libro de quinientas páginas interpretando la historia de esa época. Arias se me quedo mirando sorprendido y luego me dijo que él no era el indicado para nada, que él sólo publicaba porque quería participar en el diálogo que era la literatura, o sea, unir su voz a otras que ya andaban por ahí.
Una noción parecida se manejo en un conversatorio organizado hace poco por TeorÉtica en el que participaron Luis Chaves y María Montero, escritores ticos y Javier Payeras, escritor guatemalteco, en el cual los tres defendieron una concepción de la literatura centroamericana como una “literatura menor” (no necesariamente la de Deleuze y Guattari que ha trabajado Claudia Ferman, a pesar de que Payeras mencionara esta definición). Para Chaves y Montero no hacía falta que los autores jóvenes conocieran toda la literatura que los precedía para poder escribir y publicar, la literatura podía ser una literatura de borradores, transitoria. Payeras la definió como la literatura de temas underground lejos del escritor figurón que se sienta con pipa y bufanda a dar entrevistas con su enorme biblioteca a sus espaldas.
Tanto Arias, como Chaves, Montero y Payeras, tienen concepciones de la literatura antitéticas a la de Hurtado. Tendríamos, entonces, a los escritores que ven la literatura como el diálogo transitorio y callejero de una sociedad que incide en el momento que se publica y luego tendríamos a los escritores que creen que la literatura es aquella depurada por la posteridad, los grandes clásicos, los grandes escritores, las obras maestras, los sobrevivientes del olvido. Hurtado pertenece de lleno, y representa de muchas maneras, este segundo grupo.
Esta idea de Hurtado además forma parte de un sistema en el que “el estilo es el hombre”, “una sentencia admirable puede justificar un libro”, “leyendo por gusto a los clásicos sin tiempo, aprendemos la gran lección de no estar al día (hoy es la forma más callada y solitaria de la rebelión)”, y que “quizá sí haya patrones fijos: la simetría, la proporción, la cromática y la entonación. El buen gusto tal vez sea el arte de jugar entre sus límites”. Con el resultado de una postura literaria bien redondeada y coherente consigo misma que nos da un autor barroco que cree en los términos del clasicismo, que prefiere lo clásico a lo contemporáneo, los muertos a los vivos y que jura en el altar sagrado de la literatura que después de Quevedo el mejor escritor en castellano es Paco Umbral. Aquí a modo de contraste para ubicación, similar a lo que intentan los párrafos de arriba, aportamos parte de los consejos de Bolaño sobre el arte de escribir cuento: “4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo y a Monterroso. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral 5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.”
La tercera sección, "Estante Quieto", está compuesta por reseñas de libros de publicación próxima a las notas que los glosan. Entre los reseñados hay de todo: libros de cocina, compilaciones de sonetos, manuales ortográficos y del buen decir, diccionarios, manuales de informática, colecciones de columnas de La Nación, libros de Umbral, de Cortázar, de Fabián Dobles, de Onetti, de Vallejo, de Umbral. Acá también encontramos bien representado al Perú, además de un puñado diminuto de autores contemporáneos que publican en Costa Rica, de los cuales el único escritor literario sería Claudio Borghi, con sus Cuentos imprudentes, un argentino que escribe parecido a Borges. Las reseñas más cortas, de uno o dos párrafos, son del estilo periodístico que entiende la reseña literaria como una noticia de publicación. Las piezas más largas son mejores y más reveladoras. En la reseña del libro de Francisco Umbral Las palabras de la tribu, leemos a Hurtado citando el credo esteticista de Umbral: “En literatura importa cómo estén contadas las cosas más que las cosas mismas. El resto es caligrafía.” Aquí además vibra la amor de Hurtado por la sentencia cuando dice de Umbral que es “un zapatero prodigioso que calza a un escritor en una frase… eso es matar con tiros de gracia”. Este amor por la sentencia viene de una proclividad de Hurtado por la invectiva que es la munición de su deporte favorito. Hurtado, se nota, hubiese querido ser un escritor que se dedica a demoler a otros a golpe de frase. Como Quevedo, su patrón, su estilo está particularmente afilado para ese propósito y nunca se discierne si es falta de valor o exceso de decencia lo que hace que Hurtado se gaste en ejercicios de florín sin entrar nunca en duelo más que con abstractos políticos y escritores sin nombre.
La sección cuarta es "La Esquina del Poema". Arranca con dos poemas en prosa y contiene las introducciones de un párrafo que hacía Víctor Hurtado a esta sección del suplemento Áncora, cuando Áncora aún publicaba literatura en sus páginas. Fiel a sus principios, los poemas glosados en los breves párrafos no incluyen ejemplos de poetas vivos, ni costarricenses, con la notoria excepción de Alfonso Chase y Rodolfo Dada. La gran mayoría son poetas españoles de las vanguardias. Lo más contemporáneo a encontrarse aquí sería Nicanor Parra, que desentona en el grupo como lo hacía Miller en la segunda sección. Los párrafos tienen la virtud de cumplir un propósito específico, introducir la obra de un poeta, y con la severa restricción de espacio, cumplen airosamente y resultan refrescantes e informativos. La sección, sin embargo, es sobre poesía, de modo que es esperable encontrar entre los datos interesantes las opiniones de Víctor Hurtado sobre lo que es y no es poesía: “El poeta no está obligado a ser claro siempre que, a cambio de la claridad, ofrezca música”; “El argumento es poco; el estilo, todo.”; “Para ser versos, los versos algo han de repetir: no nos cansamos de repetirlo hasta el cansancio”. En otra parte ya nos ha advertido Hurtado que la poesía tiene que tener métrica, rima o prosodia y que el “verso libre” es un oxímoron. Se entiende que estás concepciones poéticas informan la selección de material que se publicaba en Áncora en esos días. Entre los textos también encontramos una historia sobre Santos Chocano, cuyo propósito es el retrato biográfico, pero en la que se deja entrever una competencia para la narrativa que desafortunadamente Hurtado nunca llega a desarrollar en este libro.
La sección quinta es la más extraña: "El Profesor Solecismo es respondón". Esta sección incluye textos que han sido publicados en la revista Soho –“la revista prohibida para las mujeres”- cuyas temáticas usuales son el sexo, el deporte y otros temas “pacho”. En este paquete eróticojuvenil encontramos la columna de Hurtado, "Palabras comunes", un intercambio de correspondencia de tipo pregunta-respuesta entre un lector y el Profesor Solecismo sobre asuntos del lenguaje. La decisión de incluir este tipo de columna en Soho es por lo menos sorprendente –surrealista sería más exacto- de modo que en el formato de los textos termina haciendo falta un ardid que autorice su inclusión. Aquí resultó útil la afición denostativa del Sr. Hurtado, quién, las circunstancias mediante, tiene por fin la oportunidad de enfrentarse a su archienemigo –aunque tenga que inventárselo. Los corresponsales son blancos fáciles que Hurtado construye para poder boxear con sombras y ejercer al mismo tiempo su inclinación por la beligerancia y el ingenio. Los textos, en efecto, son los más chistosos del libro, pero las inyecciones de veneno que se utilizan para denigrar a Wármix Méndez y compañía tiene la desafortunada consecuencia de proyectarse sobre los lectores reales de Soho, que usualmente tampoco saben lo que es un solecismo, una precuela o que acostumbran meter una idea dentro de otra cuando escriben en vez de hacerlo como recomiendan Azorín y el profe. Es inevitable que el lector de esta columna se pregunte si se estarán burlando de él en su propia cara, si será él finalmente el destinatario de los abundantes calificativos con que el profesor Solecismo apalea a la chusma ignorante: “gimnasta de la incultura(…) desecho tóxico de la pedagogía(…) lubidrio, escarnio y mofa de la didáctica(…) refutación de la evolución de las especies(…) usted nunca estará solo porque no se pueden inventar que no haya tontos(…) partirá de este mundo sin que una duda le haya distraído la ignorancia(…) usted no tiene cerebro, sino disco duro, duro de entendederas(…) en su lugar, yo también me sentiría tontísimo, bufón, zoquete, memo, caricato, estólido, majadero, obtuso, patético, tupido, sandio, ridículo y grotesco.” El lector de Soho baja la revista y verifica si hay alguien más leyéndola. Nadie, sólo él. En cuanto al material didáctico ya propiamente dicho, Hurtado demuestra su erudición y amor por el lenguaje, que no por haber equivocado el escenario e incurrir en excesos de violencia dejan de ser impresionantes.
La última sección se la dedica Víctor Hurtado a la música: "¡Música, maestro!". Ya en ensayos anteriores nos ha comunicado sus aficiones: sabemos que admira a Javier Solís y que Luis Miguel es un cerdo trinador y Alejandro Fernández un burro desafinado. Aquí además dice otras cosas lindas de Julio y Enrique Iglesias, mientras propone su panteón personal de los músicos latinoamericanos (Agustín Lara, José Feliciano, Javier Solís, Toña la Negra, Jorge Negrete). En música, como en literatura Hurtado aplica el díctum de Umbral: “Yo impongo mis gustos sin razonarlos”.
Antes de cerrar habría necesariamente que hacer mención de la preocupación de Hurtado por ser ingenioso, algo que de seguro hereda de Quevedo. El ingenio es un afición peligrosa: cuando no es ligero y filoso como el látigo de Wilde, puede resultar una simple afectación que dice más de los defectos propios que de los ajenos. Algunos ejemplos, de los muchísimos que tiene el libro: “el poeta joven siente horror ante la página en blanco, y viceversa”; “también fue poeta (pero no nos pongamos tristes)”; “lo malo de la pobreza es que siempre da lo que le falta”; “…es una unidad de contrarios, por eso, si no fuera escritor, sería partido político”; “Laura Esquivel dejó volar su imaginación: nunca volvió”; “Los políticos piensan: sustraerse del robo sería robarse para ser honrado”; “Y es una lástima, porque a muchos nos hubiera gustado leer las columnas de Hércules”; “Este es un verbo redondo, o sea, no tiene ni pies ni cabeza”; “del contexto, lugar este que debe ser enorme porque los periodistas sacamos de allí todas las frases”; “quien siempre jugo con el ingenio (quien siempre jugo a escondidas con el ingenio)”; “quién como poeta nunca subió a la diligencia que lleva la eternidad, puede arribar llegando a pie vestido de crítico”.
Algunos libros dan mucho de que hablar, este es uno de ellos. Denso como pocos, lleno de ideas y escritores y obras –se le hubiera agradecido a Ediciones Uruk un índice-, obsesionado con ser ingenioso, enamorado de su barroquismo. Este perfil debería ser suficiente para que el lector comprenda si Otras disquisiciones de Víctor Hurtado es un libro que podría gustarle o no. Habrá, con toda seguridad, dos tipos de lectores de este libro, uno que lo encuentre genial y otro que lo encuentre un ladrillo, y no es difícil imaginarse quien será cada cual. Independientemente del juicio que merezcan los manerismos literarios de Hurtado –de los cuales venimos ya advertidos desde la portada- , la verdad es que el libro es valioso por el amplio panorama cultural que abarca y aporta en un extenso y continuo trabajo de difusión cultural y el evidente amor por la literatura que siente Hurtado. En eso, como en lo otro, este libro esta sólo en las letras de nuestro país.
13 comentarios
Siendo Hurtado el autor de los ensayos, sería bueno analizar en qué ha terminado un suplemento como Áncora que (gústele a quien le guste) parecía ser lo más cercano a una separata cultural de gran difusión, particularmente en lo relacionado con literatura; hay que ver quiénes escriben, qué registros usan, qué es visto como basura (lo contemporáneo, y ni qué decir lo tico contemporáneo) y qué como material de eterno solaz (los muertos y sus palabras, sus anécdotas extraíbles de la Wikipedia).
Se nota que es material único; una cabeza esculpida de 5000 años, expuesta en el Louvre, también. (Eso último pretendía ser una frase ingeniosa y lapidaria.)
No cabe duda que los gustos de Hurtado influyen en la forma en que dirige Áncora, aunque, pare ser justos, habría que preguntarse cuanto de lo que Áncora es no viene dictado por los que dirigen La Nación. Esto se amarra necesariamente con la tesis de Soto de que la literatura costarricense es contrahegemónica. Si eso fuera cierto, es posible que Áncora como parte de La Nación (bastión de la hegemonía) no estuviese inclinada a ofrecerle un podio. El declive progresivo de los periódicos impresos a nivel mundial tiene que ver precisamente con ese tipo de imposición ideológica y falta de pluralismo, uno paga por el periódico, que además gana de los anunciantes, para que le den lo que ellos quieren que uno lea. Es natural que teniendo a su disposición las mismas noticias en Internet y pudiendo buscar el contenido que se ajuste a los intereses personales, la gente compre cada vez menos periódicos.
Warren Buffet, pronosticaba perdidas interminables para los periodicos impresos y dijo que no compraría una compañía de periódico a ningún precio. Obama les ha ofrecido salvarlas como bien público si se convierten en organizaciones sin fines de lucro. La prensa escrita tiene sus días contados, ahora todos podemos ser jefes de sala de redacción y leer las noticias en la bandeja de entrada del correo.
La premisa la apoyo, bien sabés, y paso abogando por que la gente se anime en esas aguas.
Ahora bien, si tomamos en cuenta lo que leemos en Áncora, y lo que vos ejemplificás aquí, no estamos ante ensayos, realmente, sino ante opiniones, a lo sumo artículos, sin basamento teórico, sin discusión, sin riesgo.
Los ensayos deben ser argumentativos, a pesar de que se pretendan como el espacio de expresión subjetivo de las ideas. Los ensayos deben proponer, no solo contemplar o autocontemplarse. Deben tener un espíritu crítico.
En fin, tampoco dudo de la probable y sólida formación de Hurtado, pero quizá sí dudo de su capacidad como escritor (esto es un prejuicio que estaría dispuesto yo a en enmendar, claro). A fin de cuentas, los que en este país escriben "prosa de ideas", lo que terminan por hacer, casi siempre, es recopilar lo que se publicó aquí y allá, sin orden ni concierto, solo porque la cantidad de papeles permite un volumen aceptable, pero sin un corpus verdadero de ideas, sin un corpus crítico que permita fundamentar nuevos paradigmas.
En el caso de los que escriben para La Nación es aún más evidente. Pasan diez años amontonando artículos y después, listo: una recopilación que se hace pasar como "ensayos". Ahí tenemos a Enrique Obregón, Fernando Araya, Jacques Sagot, etc.
Si nos vamos directa y exclusivamente a la literatura, lo escaso de la producción ensayística es apabullante. Diría que la proporción entre poetas y ensayistas es así: a más poetas, menos ensayistas, y eso es un signo grave, gravísimo, que hemos advertido hace rato, pero por que el que casi nadie se preocupa.
La literatura empezará a caminar más saludablemente, ahí donde sus escritores se cuestionen sus quehacer. Y en eso sí coincido: los clásicos deben alumbrar el presente, porque un ensayista sí está obligado a construirlo. Esa es mi frase lapidaria, jeje...
Saludos, y gracias una vez más por una excelente crítica literaria.
Estamos de acuerdo en que hacen falta más ensayistas de caliad. Ojalá literarios (como bien decías los artículos de página 15 casi nunca califican).
Lo de Hurtado es una recopilación, no hay duda, pero por lo menos hay detrás un ejercicio literario continuado, y definitivamente propone todo un paradigma de lo que es la literatura y como se debe entender y apreciar. Es algo que alegra aunque uno no comparta las ideas.
En cuanto a mí, el gallopinto siempre será mejor que el arroz o los frijoles solos.
En cuanto a los clásicos aquí hay que decir lo que se está pasando por alto. La posteridad es una modalidad de la fama, que como bien se sabe obedece a los avatares de la suerte, el mercadeo, los objetivos financieros editoriales, entre otras cosas.
No todos los clásicos son buenos. No todos los olvidados son malos. Cada tanto se rescata del olvido a algún genio, mientras que en el permancecn otros que todos seguimos ignorando. Igual pasa con muchos contemporáneos geniales que la gente no lee porque, si es nuevo, no puede ser bueno, pero, de algún lado tendrán que salir los clásicos futuros, ¿no?
. Si le gusta tanto Umbral porqué no le copia alguito, no basto con llenar de flatulencias y estilisticas ni solipsismos floristeticos una nota
nota para que sea algo "literario". pero lo de este sr. ya no tiene cura, es otro más de los tantos que como dice Gustavo Solorzano pululan en las endogamicas páginas deLa Nación confirmando el sin saberlo patético estado de la literatura tradicional de este pais. Hurtado sea barroco si quiere serlo pero acuerdese que Umbral nunca privilegio a las hojas sobre el rabano.
En todo caso, ya muchos sabíamos a lo que íbamos al leerlo. A don Víctor, por dicha, se le puede leer de gratis en Áncora y Soho (casi siempre, diccionario en mano, lo cual no tiene nada de malo, TODO lo contrario). A mí me encanta la manera en que construye sus historias, sobre todo las que publica en el otrora suplemento, hoy parte de la sección A: empieza hablando de un tema aparentemente aislado y poco a poco lo va hilvanando con otros hasta construir una hermosa reflexión sobre algún vértice de la humanidad.
También me llaman la atención sus contrastes. Don Víctor es una persona tímida y esa timidez lo hace parecer regañón y enojado, con unas bromas de pronto demasiado "conchas". Eso se refleja en lo que escribe, como en esos ejemplos del final que mencionás. Pero también es una persona capaz de plasmar mucha ternura y humanidad en sus textos.
Ahora bien, me parece muy interesante esa división por grupos que hacés sobre las dos concepciones distintas de lo que es o no es literatura. Ciertamente, muchas de las ideas de don Víctor y sus "seguidores" me parecen exageradas, pero tampoco me parece que de pronto mucha gente se crea poeta o escritor porque ha publicado unos cuantos versos o relatos. En ese sentido, me parece que las regañadas de don Víctor son justas y necesarias para todos los que por algún lado ponemos letras, y me incluyo porque también he sido regañada directa e indirectamente por él. Y se lo he agradecido hoy, siempre y se lo seguiré agradeciendo porque para eso vinimos: para aprender..
Branconero, usted ejemplifica lo que decía yo sobre lo que sentirían necesariamente parte del público sobre este libro. Si uno no tolera el estilo barroco, los arcaísmos y los juegos constantes con figuras retoricas este libro se le haría insoportable.
Natalia, que bueno que te lo leíste. Este es uno de los defectos que más me alegran del internet, que aguanta lo que le pongan. ¿Dónde podría yo publicar una reseña de 6 páginas (aparte de en un libro mío) más que en un blog? Nótese que esta reseña violenta muchos de los consejos de Áncora sobre como escribir bien. A Don Victor yo no lo conozco, pero debo decir aquí que la nota es sobre el libro y la labor de escritor de Don Victor y no sobre él personalmente.











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