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Marzo todopoderoso de Catalina Murillo

Permalink 17.06.09 12:34 , Categorías: Reseña, Catalina Murillo

Marzo todopoderoso

Marzo todopoderoso
Catalina Murillo
San José: Ediciones Perro Azul, 2003.
272 páginas.

Catalina Murillo y yo no estamos emparentados. Los Murillo a los que le debo mi apellido fueron alguna vez agricultores de Belén que en la actual generación han devenido en pequeños comerciantes, microindustriales, políticos fracasados, cortejadores de herencias, litigantes compulsivos y aficionados al ocio, a las faldas de casa ajena, y al pozol -que es una especie de sopa de palomitas de maíz. Mi primo más notorio y sobresaliente –y tengo bastantes primos- es miembro de la troupe de comediantes La Media Docena. Para él la comedia es un oficio, para el resto de nosotros una consecuencia accidental de nuestras aficiones.

Es ya casi un lugar común decir que la familia de la que uno proviene lo marca profundamente. Phillip Larkin, poeta nacional inglés –sino el mejor, por lo menos el más conspicuo- lo dijo con claridad medianera en rima y metro de nursery rhyme en This be the verse y con él ha coincidido Homero Simpson, prueba irrefutable de que la observación es una verdad universalmente reconocida.

Catalina sufre, en este caso, de la pesada carga que es tener un padre famoso. Aunque en Costa Rica decir que un filósofo es famoso es siempre una afirmación hiperbólica, ofrezcamos como evidencia el hecho de que el auditorio de la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica lleva su nombre – Dr. Roberto Murillo. Los padres de cierta estatura intelectual inevitablemente proyectan grandes sombras y es en esa penumbra donde deben crecer sus hijos, predeterminados por las huellas visibles de sus progenitores. Esa predeterminación suele tener dos vertientes, o el vástago crece derrotado de previo, encogido por la vasta presencia que le roba el oxigeno que necesita para crecer, o crece con las cimas a la vista y plena conciencia de lo que debe superar como simple iniciación en la republica de las letras.

El segundo libro de Catalina Murillo y su primera, muy ambiciosa novela, Marzo todopoderoso, la sitúa, ya definitivamente, en el panorama literario costarricense como una autora importante por derecho propio.

Marzo todopoderoso trata sobre una muchacha que recién inicia sus estudios de Comunicación Colectiva en la UCR y tras enfrentarse a los exámenes de fin de curso se da un respiro en un bar de la Calle Cáustica. Ahí conoce a un grupo de cuarentones que son la fauna habitual de los bares que bordean esa calle y a quienes les dice, después de deliberarlo un poco, que su nombre es Azul. Ya en ese gesto se atisba la renuencia a entregarse a los demás que será el centro de la novela. De los estereotipos que representan estos hombres se podría decir mucho, en particular del poeta envejecido y mujeriego que representa Arabesco; hombres que frecuentan esos bares como los náufragos de islas desiertas la playa, a cualquier hora, cualquier día, mientras los “esclavos” trabajan. La novela se centra, sin embargo, en uno de ellos, Lota, huérfano de familia de dinero caída en la ruina que ahora se dedica la artesanía y al esporádico trafico de drogas en pequeña escala. Lota es, o mejor dicho, fue un “jovencito broncíneo y bestial”, “un huracán de dientes, ojos, melena, nariz; un guerrero vikingo”, hombre de pelo en pecho, gran bigote y estruendosa risa en estacato que cumple la función de representar la masculinidad física en la novela y a quien Azul escoge como su pareja en esa primera borrachera que se pegan juntos. Decir que lo escoge como pareja, sin embargo, no implica que la relación se llegue a consumar sexualmente. La trama gira, precisamente, alrededor de los intentos, primero seductores, luego molestos, finalmente desesperados de Lota por lograr que Azul haga el amor con él.

No es casual que Lota sea pobre, aunque en la mente de Lota el adjetivo que mejor lo describe quizá sería libre; libre de las ataduras que trae el dinero y la posición social, del trabajo y la responsabilidad; Lota es en realidad una versión inmadura del hombre que podría ser y en ese sentido, para Azul, no llega nunca a ser un verdadero hombre, a pesar del tupido bigote cuarentón.

Ya en las primeras páginas escuchamos a Azul disertar sobre como le habría gustado ser la esposa del dueño de un bar de éxito como el que frecuentan en la novela, regentado por el Gordis Malon. Otro de los personajes, Ino, dueño de un Range amarillo, varias casas y locales comerciales, es objeto del coqueteo deslumbrado de Azul a lo largo de la novela y en algún momento fantasea con escaparse con él, cosa que no sucede principalmente por la falta de interés que demuestra Ino. A Azul, por ejemplo, le excita ver a los hombres sacarse el dinero de los bolsillos.

Esta muchacha no es, aunque pudiera parecerlo, simplemente una interesada cazafortunas para quien “billetera mata galán”, evidencia de lo cual es que Azul y Lota pasan juntos casi toda la novela. Sin embargo, algo no cuadra en esa relación desigual. Azul siente, siempre lo ha sentido, que merece más, que está por encima de los demás, destinada a grandes cosas, que producirá una gran obra filosófica, que su vida podría ser una obra de arte. Tristemente esta sensación de mérito que siente Azul se ve confrontada constantemente con la cruda realidad de que es una muchacha como todas las demás; pero esto no impide la frivolidad y los caprichos que son la manifestación de esta alta estima que ella se tiene hagan estragos con la paciencia del simple de Lota, cuya vida ronda los placeres más sencillos. Al final de la novela ya la negociación de la relación sexual se ha convertido en una batalla de voluntades en la que el sexo se ha transformado en la mente de Azul esa virtud intangible que cree que tiene y que Lota definitivamente no merece.

El sexo es entonces la moneda de trueque del valor intrínseco que tiene Azul, y permitirle a Lota poseerla sería rebajarse a su nivel. La transformación del sexo en moneda y herramienta de poder sobre el otro además viene aderezada con revelaciones de que Azul al observar el pene de Lota se siente “subyugada y envidiosa” a la vez o de que Azul, confrontada con su imposibilidad de sacar adelante su gran obra, usa la masturbación como una manera de confrontar a los grandes filósofos cuyos cuadros cuelgan en la biblioteca de su padre. La masturbación es en esta novela, no poca parte de una exhibición de valor intrínseco y de poder sobre sí misma de Azul; una reafirmación de quien ella es.

Marzo todopoderoso, que podría de entrada parecernos una novela sobre una relación amorosa infructuosa entre un hombre de mediana edad y una muchachita, se convierte a lo largo de sus 272 páginas en el escenario de un conflicto en el que a la confrontación por el sexo se suma a la confrontación entre clases sociales y el ejercicio del poder. Pero la lucha constante por defenderse de la consumación de la relación sexual es una lucha que Azul no puede sostener eternamente. Como mujer, la definición de su valor basada en hecho de poder darse o rehusarse al sexo con su pareja la coloca en una especie de estado de sitio en la que ese valor es asediado constantemente y, en caso de sucumbir, terminaría derrotada, inferior y carente de valor en su propia estimación. El sexo para Azul se a convertido en juego de suma cero, en el que sólo puede haber un ganador.

Azul resuelve este problema en el final impactante de la novela durante la fiesta en casa de Arabesco a través de la abyección, del castigo y del ejercicio del poder en contra de los hombres. En la escena culminante de la novela, tras un terrible encuentro sexual que no por totalmente sorprendente deja de ser lógico y consecuente con lo que ha venido sucediendo, Azul nos dice:

Y luego se emocionó de que no le importara. ¡No le importaba nada de nada! Todo le daba igual. Qué poderosa se sintió de pronto, qué revelación estaba teniendo: cuando uno no tiene dignidad ¡es invulnerable! El mundo es de los indignos.[p. 243]

El castigo de Lota que sigue a esta revelación es la consecuencia natural de la reafirmación de ese poder recién encontrado. El castigo de la poca hombría de Lota, de su incapacidad para ser el hombre según la definición de Azul, la demostración de la abyección y por lo tanto del poder de Azul, del poder de la mujer sobre el hombre, librada de la valoración que hace el hombre de ella. Tras la destrucción del amor y el ejercicio de la violencia, con Lota hecho un manojo en el suelo, Azul se de vuelta para mirarlo y piensa:

…Azul se siente como un señor desconcertado por una prostituta que sin proponérselo lo hubiera conmovido. Y hasta imagina que se pone un sombrero de copa y que coge su bastón, y que antes de salir deja caer sobre él un par de billetes. [p. 272]

La transformación está completa. Azul ha sustituido su valor como objeto sexual, por el poder del sujeto sexual y liberada se va por las calles buscando un hombre de verdad, omnipresente, inasible, como el orden social que la rodea, que pueda ser un digno contendiente para ella.

La violencia y el sexo y la confrontación con los arquetipos en los que se basa el orden social imperante no son, a primera vista lo que uno podría esperar por el tono inicial, frívolo y divertido, de la narración, pero en esta novela nada esta librado al azar, la meta estaba clara desde la partida y Catalina ha logrado, con Marzo todopoderoso, una de las mejores novelas costarricenses de principio de siglo.

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Juan Murillo

Juan Murillo

Escritor nacido en San José, Costa Rica en 1971. Autor de las colecciones de cuentos Algunos se hacian dioses (EUCR 1996), En contra de los aviones (ECR 2011) y La isla de los muertos (Germinal 2012), así como de artículos de crítica literaria y reseñas de obras nacionales y centroamericanas. Compiló junto con Guillermo Barquero, la antología de narradores costarricenses nacidos después de 1965 Historias de nunca acabar(ECR 2009).

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