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Archipiélago, Heriberto Rodríguez

Permalink 12.11.08 21:26 , Categorías: Reseña, Autores, Heriberto Rodríguez
Archipielago de Heriberto Rodriguez

Archipiélago
Heriberto Rodríguez
346 páginas
San Jose, Costa Rica:Editorial Costa Rica, 2008

De Heriberto Rodríguez ya conocíamos su colección de relatos Las cosas que nunca te dije, en el cual habíamos notado tres rasgos sobresalientes: su versatilidad protéica de estilo, un amplio dominio de las posibilidades del lenguaje y una obsesión difícil de disimular por lo corpóreo. No hay discusión en cuanto a que Rodríguez es un escritor de amplias capacidades en lo formal. Su prosa tiende a la constante y minuciosa digestión de los pequeños temas que habitan sus páginas a través de cúmulos de símiles y metáforas ejemplificadoras que aprovechan el amplio vocabulario del autor, un rasgo del que Rodríguez es penosamente consciente, incluso en boca de su propio narrador, que en este caso lo achaca a su oficio de pintor. Los temas sobre los que con tan puntillosa orfebrería elabora el narrador de esta novela son siempre, sin embargo, ramales de un cause principal, la obsesión con el cuerpo femenino, que en Archipiélago es el único gran tema que abarca, permea y fundamenta la novela.

Archipiélago es la historia de Terranova un graduado de la facultad de derecho que se ha dedicado a pintor y de las mujeres que atraviesan su vida como un archipiélago de recuerdos. Cada una de estas mujeres es visitada durante la narración para contar su relación con Terranova, pero además y en primer lugar, para que su cuerpo pueda ser recuperado del recuerdo con la obsesión neurótica del coleccionista. La novela arranca con la relación de Raquel, una ninfómana que finalmente abandona a Terranova, se casa y convierte en maestra de un jardín de niños, swinger y actriz porno de Internet. C., la segunda mujer de la novela, es una inmigrante pobre e ignorante que se convierte en modelo del pintor y en su amante y que finalmente lo deja para regresar a Nicaragua. Con C. Terranova tiene el encuentro sexual más ponzoñoso de la novela, tras el cual ya no nos queda duda de a los límites a los que puede llegar este personaje con tal de saciar sus fantasías edípicas a costa de la miseria de los menos afortunados. La tercera mujer de Terranova es Charityn Dinarte, una cantante de corridos de la zona norte de Costa Rica, cuna de una concentrada cultura ranchera importada desde México y que da pie a un sinnúmero de burlas y sarcasmos de Terranova. Laura, la cuarta, es una viuda reciente que se transforma en un lienzo en blanco en el que Terranova proyecta otras mujeres. Insertas entre las historias de estas mujeres hay otras mujeres, mujeres extrañamente conectadas con estas Raquel, Laura, C. y Charityn, todas parte de un solo continuo que es la Mujer única, que a su vez es, para Terranova, el cuerpo de la Mujer y el territorio psíquico que habita y del que vemos que no logra escapar, atrapado como este en el Archipiélago. El cuerpo de la mujer se reduce al ‘genitalismo femenino’, como lo califica Terranova en algún momento como si fuera una condición patológica, con su típica mezcla de fascinación y superioridad. En la novela no hay casi descripciones físicas del medio en el que se desarrolla la acción, porque el verdadero escenario es el cuerpo de las mujeres. Vemos la lista completa de zonas erógenas descritas como flores, como paisajes, como objetos, múltiples veces como comida, como vehículos. Casi no hay referente en la realidad al que no sean comprado el cuerpo de la mujer en la mente obsesiva del narrador.

Ya avanzada la novela nos enteramos de la microfalia de Terranova y de sus tendencias edípicas que quieren de algún modo explicar la personalidad del pintor. Terranova tiene una fijación con el cuerpo de sus amantes y con los hombres con los que ellas se han acostado y con la decadencia o menosprecio que esa situación comporta. Una ninfómana es, nos dice Terranova, una mujer ha tenido más amantes que uno mismo. Las opiniones chauvinistas de Terranova son cosa de cada momento. Gran parte de la demostración de habilidad de Rodríguez en esta novela radica en su capacidad de generar simpatía por un personaje tan claramente despreciable como es el narrador, a quien entre más patán sentimos, más cómico o patético nos va pareciendo.

Archipiélago arranca a paso lento, un poco sobrecargada por la densidad léxica y el bagaje lírico de la prosa en un tema que parece rondarse a si mismo eternamente. La sección primera, Raquel, es lenta en llegar al punto y se entretiene en la explicación por medio del ejemplo del tema central de la novela. Por ahí de la página cien la novela empieza a echar mano del humor y la trama se empieza a mover un poco más rápido. Hacia el final, en la sección llamada El archipiélago de la confluencia, vemos como las historias dispares se unen para conformar una historia única en la que las cosas parecen alternar entre la acción dramática y la cómica y la novela se eleva al punto en donde, a pesar de algunos cabos sueltos, quizá este lector hubiera preferido verla a lo largo de toda su extensión. Pero queda claro que esta novela no es acerca de lo que sucede en la relación de Terranova con sus mujeres, sino sobre los recuerdos, soliloquios, disertaciones y angustias de Terranova con respecto a estas relaciones. La novela, por tanto, ocurre largamente dentro de la mente monomaniaca de Terranova, que no por obseso es menos inteligente o culto. Entre los despliegues de erudición de Terranova están el extenso tratamiento que le da a las explicaciones del origen evolutivo del sexo y la muerte, al reduccionismo del cuerpo humano a sus componentes básicos, a la literatura que apoya estas ideas, entre la cual vale la pena mencionar a Philip Roth, claro maestro de Rodríguez en esta novela, y su obra The Breast. Roth, por otra parte, ha sido acusado repetidamente de misoginia, a lo que ha contestado que su tema es la vida masculina y que como tal no tiene porque hacer concesiones a conceptos de corrección política como la igualdad de los sexos.

No hay duda de que esta es una novela sobre las relaciones de género, desbalanceada como esta en favor de la visión de mundo de un hombre que comprende al sexo opuesto únicamente a través de su cuerpo. Es inevitable en este aspecto reconocer en Terranova un estereotipo de la masculinidad actual. La del hombre culto, el intelectual contemporáneo, que a contrapelo de la evidencia abrumadora es arrastrado por su formación, o deformación, emocional. Hijos de una generación en la que la religión inculcaba la culpa y el temor como corolarios inevitables del sexo y un machismo exacerbado que veía en la mujer poco más que un instrumento de satisfacción, estos hombres utilizan sus dotes intelectuales para racionalizar su discapacidad emocional achacándosela a la mujer, la pecadora, el objeto imposible del deseo, la destructora del mundo, la madre todopoderosa, la bruja, la mentirosa, la loba.

Si toda la novela se redujera a esto probablemente se volvería una lectura demasiado pesada, pero Rodríguez sabiamente a intercalado en medio de la copiosa especulación de Terranova una serie de episodios marginalmente cómicos que aligeran un poco la lectura. En la novela por ejemplo, aparece un personaje que es escritor y que se llama Heriberto Rodríguez y que es la Némesis del narrador. En un giro autoficcional usual, el narrador se burla y desprecia a Heriberto, que resulta ser, según parece, un pomposo aficionado del autobombo, autor de una obra intitulada Amor se escribe con H de Heriberto y capaz de embelesar a cualquier público con su canto de sierno con pinta de morsa desvelada. Heriberto no se da por enterado y tiene oportunidad de arruinarle algún lance a Terranova o burlarse de su microfalia. El desprecio de Terranova no tiene límites:

El culpable tenía que ser el escritorcito este, licenciado diletantte del inmovilismo, vaca sagrada hecha de soya o carne de cerdo, miope en el reino de los tuertos, usufructuario descarado de los beneficios de la endogamia, del nepotismo y la filiogamia, mamante impenitente de las ubres corruptas del poder.

La novela finalmente se resuelve en un tumulto de malentendidos y humor ácido, pero divertido, que poco tiene de gratuito. Terranova, irresoluto, pierde a su terapeuta, el Doctor Johnnie Walker, se enfrenta a un falso embarazo, trata de rescatar una mujer que no es suya de los brazos de un culto de ablación clitorídica liderado por un tansvesti que considera el placer femenino como el origen de todo los males. Y con esta alegoría de la carrera moderna de la mujer por convertirse en hombre para liberarse del hombre y el hombre en mujer para poder sentir más allá del falocentrismo, cierra la novela, aceptando explícitamente sus compulsiones edípicas, liberándose de el espectro dominante de su madre, y optando por una relación más allá de las obsesiones y limitaciones que su cultura y educación le imponen. ¿Premonición del hombre nuevo? No en esta novela, no. O como diría Terranova: "El arte es lo que se hace mientras fracasamos en nuestros vanos esfuerzos por regresar al vientre materno."

1 comentario

Comentario De: gustavo [Visitante] Email
Ya te dije en 100PalabrasXMinuto que muy bien, que estoy a la espera la semana entrante de entrarle a esta novela...
13.11.08 @ 06:11
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Juan Murillo

Juan Murillo

Escritor nacido en San José, Costa Rica en 1971. Autor de las colecciones de cuentos Algunos se hacian dioses (EUCR 1996), En contra de los aviones (ECR 2011) y La isla de los muertos (Germinal 2012), así como de artículos de crítica literaria y reseñas de obras nacionales y centroamericanas. Compiló junto con Guillermo Barquero, la antología de narradores costarricenses nacidos después de 1965 Historias de nunca acabar(ECR 2009).

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