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La historia de Cornelius Brown, Carlos Alvarado

Permalink 08.10.08 17:08 , Categorías: Reseña, Carlos Alvarado
La historia de Cornelius Brown, Carlos Alvarado

La historia de Cornelius Brown
Carlos Alvarado
135 páginas
Editorial Costa Rica, 2007

La historia de Cornelius Brown, de Carlos Alvarado, no es un libro de fácil apreciación. Es cierto que es corto, que su lectura es rápida y amena y la trama es fácil de entender, pero el tema metaliterario que se desarrolla en ella evade escurridizamente a las interpretaciones unívocas. La novela plantea una dicotomía falsa entre dos versiones del narrador a través de un monólogo interno del doble egoísta que todos llevamos dentro, el ser primitivo pero fundamentalmente honesto que es previo a la moralidad consensuada de la sociedad, tan nietzscheano como freuidano. La novela trata de ese personaje, sin nombre, que también es escritor, pero que quiere escribir sobre los temas que a él le placen y quizá nadie quiera leer, en contraposición con otro escritor, Cornelius Brown, que el narrador asume que busca complacer, hacer 'buena literatura' y gustar al público. Al final de la novela Alvarado pliega ambas posibilidades en una, recordándonos que en realidad solo hay una novela, la que estamos leyendo. El juego metaliterario no es nuevo, no es ahí donde estriba la dificultad de entender lo que aquí realmente sucede. El problema es más bien que la dicotomía planteada por Alvarado no mantiene una separación estricta de los opuestos. El narrador que debería ser brutal busca constantemente la aprobación del lector, algo que parece repudiar en su enemigo Cornelius. Lo vemos tratando de alcanzar un nivel de honestidad profunda en su monólogo, pero traicionándose con justificaciones, apologías o recurriendo a las fórmulas de lo políticamente correcto. En la sección intitulada Pensamientos Perversos el narrador describe sus fantasías sobre la muerte de su madre:

No lo tomen directo. Son pensamientos genéricos, sin nombres ni apellidos -¡ahí vas de nuevo con explicaciones!- todos y todas los hemos tenido. ¿No es así? [p. 60]

El narrador se esta embarcando en la descripción de un pensamiento matricida que es uno de los tabúes más profundos de nuestra sociedad. Es una jugada arriesgada, pero le falla el valor. De pronto vemos que se disculpa como hablándole a su madre, diciéndole que no es directamente con ella el asunto, usando el lenguaje inclusivo ("todas y todos") que es el epítome de la corrección política. En ese fragmento esta contenida la disyuntiva de toda la novela. ¿Es verdaderamente libre el autor de escribir sobre lo que piensa o siente, sabiendo que esta en juicio ante los lectores por lo que diga? Este tipo de complicación surge constantemente en la novela en casi todas las secciones donde el narrador pretende ser libre y hablar de cosas de las que normalmente no se habla. Si describe el pene de alguien como "el cigarro de Churchill" inmediatamente se reprende a sí mismo "Si, ya sé, ¡Que corriente!"[p. 113]. Si en una página lo vemos expresándose con salvajismo reaccionario: "Que echen a esos vendedores ambulantes que me estorban, que capturen a los indigentes y los escondan fuera de mi vista (...) Muerte a los playos, a los que me quitan el trabajo, a los que huelen mal" en la página anterior lo vemos expresándose en términos, de nuevo, políticamente correctos, usando el término 'persona pequeña' en vez del de 'enano'. Si el cuento que transcribe el narrador habla sobre los amoríos con una prostituta, inmediatamente el narrador interrumpe el cuento e inserta una carta de disculpa dirigida a los colegiales, pero, aumentando aún la confusión, en la carta no hay disculpa ni explicación, a pesar del inevitablemente irónico título de Antigalimatías y, aún más revelador, el autor de la carta se despide 'desde prisión'. No queda claro si está en prisión por haber tenido amores con una prostituta, si su prisión es pretendida, moral o, más probablemente, literaria; una prisión literaria en la que se encuentra atrapado el narrador imposibilitado de escribir sobre cosas moralmente incorrectas sin corregirse o castigarse a sí mismo constantemente, envuelto en una confusión de culpa y deseo primario que era tema literario preponderante en el siglo XIX. La complejidad sigue en aumento al aborarse el asunto de la calidad literaria que es uno de los subtemas y preocupaciones del narrador: la calidad de su obra comparada con la de Cornelius Brown, la forma de medir esa calidad, la objetividad de esa medida. El narrador no es ingenuo al respecto y sabe que hay una disonancia entre lo que él ve en su obra y lo que otros ven en ella:

Cuando pensaba en ella, sabía que la obra era terrible. Pero cuando se pensaba a sí mismo, cuando él se pensaba tratando de salir de su cuerpo, le parecía un texto genial. Cuando la pensaba a través de La Menuda le era impensable, no compatible con un ser de ese candor.[p. 118]

El narrador entiende con claridad lo subjetivo de la apreciación de la obra de arte, sin embargo, lo vemos obsesionado con un premio que valide su obra, en el tanto que considera esa una medición objetiva de calidad literaria y reconocimiento personal. En ese punto no queda más que preguntarse si el intento de influir en el juicio que emitirá el lector o jurado de esta obra es deliberado, si se esta intentando condicionar la lectura de la obra por encima y más allá de lo que evidentemente es. Otras pistas dan a entender que eso es precisamente lo que sucede:

Como poeta apesto y esas malas creaciones la acumulo, ya que me sirven como material para atribuírselo a personajes pusilánimes que puedan aparecer por ahí o que de repente necesiten vivir y exhalar existencia. [p. 108]

Esto lo dice el narrador después de transcribir en su monólogo un poema. Pero además del poema en la novela hay transcripciones de cuentos, de fragmentos de novela, etc. Entonces no nos queda más remedio que preguntarnos de nuevo, y cada vez más confusos, si los fragmentos de novela que el narrador considera geniales, son en realidad fracasos de Alvarado, que por demás así los titula al transcribirlos.

En la novela, además de estos enigmas, se encuentran inconsistencias estilísticas que a estas alturas resulta imposible clasificar como deliberada ambientación o errores. Si el narrador usa construcciones extrañas, a veces sorpresivamente inadecuadas, para expresarse, mezclando el tono vernáculo con el heroico, el patético o el arcaico, ya no sabemos si estamos ante un problema de la novela misma o ante un ardid deliberado de Alvarado. La aparición hacia el final de la novela de un capitulo casi perfecto en el que el narrador ha trascendido su dualidad y se enfrenta a un nuevo comienzo, escrito en un estilo más depurado y limpio, de pronto nos hace reevaluar los juicios que hemos emitido sobre atrocidades encontradas en las páginas anteriores: talvez Alvarado nos engañaba desde el principio, talvez esta novela es en realidad solo una gran provocación, un Manzoni, un gato por liebre doble o triple. El hecho de que la novela se ganara el Premio Joven Creación de la Editorial Costa Rica en el 2006 hace todo aún más paradójico y sorprendente. Se puede novelar el fracaso de novelar, se puede ganar un premio con una novela que es sobre perder premios, se puede convencer al que lee que el texto que ve es en realidad diferente de lo que parece, se puede hacer que una novela sea muchas, todo se puede, todo se vale, nos dice el doble malvado de Alvarado desde estas páginas y Carlos Alvarado, escandalizado, con el premio en la mano, le pide que se calle, que no lo ponga en ridículo.

La corriente de ambigüedad, confusión e improvisación lucubrativa que alimenta La historia de Cornelius Brown ya la habíamos encontrado en el cuento homónimo de su colección Transcripciones Infieles. Es la huella inconfundible de un autor con una fuerte inclinación por el pensamiento en sus vertientes más libres, donde el tema se trabaja con juegos e improvisaciones más que con rigor racional y que no tiene miedo de habitar los marasmos imposibles de la metaficción más desdoblada y retorcida y divertida que hayamos leído en nuestro país a la fecha.

2 comentarios

No he leído esta novela, pero como usualmente somos poco pudorosos, no puedo evitar comentar acerca, precisamente, de los temas metaliterarios (o si se quiere, paraliterarios).

En el primer párrafo parece que se va a reseñar una buena novela, noción que se desvanece a lo largo del texto. Sin embargo, ya en el último párrafo, parece de nuevo que se trata de una gran novela.

Vos jugás precisamente con lo que señalás del texto en cuestión: hay una duplicidad o ambiguedad que impide las interpretaciones unívocas.

Ahora bien, lo que quiero resaltar son los párrafos intermedios, donde evidenciás aspectos negativos de la novela. Esto es lo que he considerado indispensbale en la crítica, no porque la crítica deba ser negativa, sino porque nunca la hay. Sabemos que usualmente las reseñas y las críticas son suaves o comedidas, políticamente correctas. Y yo he insistido, en muchos espacios, en la necesidad de asumir cada vez más esta actitud.

Si lo que decís de las intervenciones del narrador es tal cual, no representa esto más que el típico vicio de la mala literatura o la literatura primeriza (a lo mejor este es el caso, a lo mejor no): narradores que constantemente intentan explicarle al lector más de la cuenta. Esto refleja inseguridad. Si nos ponemos a pensar, ¿cuántos no hemos intentado escribir un relato en el que el narrador es, precisamente un artista o un intelectual incomprendido? Esto es lo típico. Un caso donde esto no sucede, para bien de nuestra literatura, es en Canciones a la muerte de los niños. Ahí no hay narradores molestos que imponen su punto de vista. La gran narrativa siempre ha sido dialógica, al decir de Bajtin.

Bueno, por ahora ha sido suficiente con este enredado y apresurado comentario. Quiero cerrar pidiendo ver cada vez más reseñas realmente críticas, más agresivas, más fuertes. Lo dije desde tu segundo post, creo: la crítica y la literatura son una, y ambas deben ser contestatarias, revolucionarias, nunca "políticamente correctas".

Y bueno, queda pendiente leer esta novela.
08.10.08 @ 17:36
Comentario De: Juan [Miembro] Email
Bueno, Gustavo, para ser sincero, yo nunca reseño pensando al final decir que el libro es bueno o malo. Las reseñas yo las construyo basandome en comentarios que me parecen inevitables mientras leo la obra, sean sobre aciertos o fallos, sean sobre vicios del autor o habilidades evidentes. No creo en conciencia poder decir que un libro es uniformemente bueno o malo, ni creo que eso cumpla ningún propósito crítico. Mi lectura de un libro es la mía, el lector por supuesto se beneficiará de leer varias y decidir por si mismo si el libro es algo que le interesaría leer.

En el caso de Carlos a mi me parece que es un autor divertido e ingenioso aunque proclive a cierta falta de rigor con el lenguaje. No me parece que ambos comentarios sean incompatibles.
09.10.08 @ 11:13
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Juan Murillo

Juan Murillo

Escritor nacido en San José, Costa Rica en 1971. Autor de las colecciones de cuentos Algunos se hacian dioses (EUCR 1996), En contra de los aviones (ECR 2011) y La isla de los muertos (Germinal 2012), así como de artículos de crítica literaria y reseñas de obras nacionales y centroamericanas. Compiló junto con Guillermo Barquero, la antología de narradores costarricenses nacidos después de 1965 Historias de nunca acabar(ECR 2009).

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