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La Antipoesía Costarricense
Artículo publicado en el Periódico Ojo del 30 de Junio de 2008.
La Antipoesía Costarricense
Desde la aparición de la generación de poetas turrialbeños, conocida como el Círculo de Escritores Costarricenses, que incluía a Laureano Albán, Julieta Dobles, Ronald Bonilla, Carlos Francisco Monge y que en 1977 firmaron el Manifiesto Trascendentalista no había tenido la poesía costarricense una eclosión en métodos y fines poéticos como la que esta ocurriendo en este momento. La poesía costarricense se transforma. Esta vez, sin embargo, no existe un manifiesto de por medio, y quizá por ese mismo motivo los poetas no se sienten forzados a tomar posición en cuanto al naciente movimiento poético de principios de siglo.
La generación de poetas que empezó a publicar con el comienzo del nuevo milenio, en particular a través de Ediciones Perro Azul, ha venido encausándose, de manera manifiesta, en un estilo poético basado en el cuestionamiento implícito o explícito de los métodos discursivos de la poesía canónica y de sus propósitos humanistas ulteriores (el arte, lo bello, lo bueno, lo transcendental) cuyo desafuero ha correspondido con la rompiente ideológica del postmodernismo. Nicanor Parra, declarando que "los poetas han bajado del Olimpo" , definió esta dirección de la poesía como la antipoesía, la puesta en crisis del modelo aceptado de poesía moderna y de sus manías discursivas. Es la antipoesía al movimiento que se adhieren con su rechazo del canon estos jóvenes poetas que prefieren hablar claro y se preguntan, en algunos casos, sin tapujos y sin miedo, si la poesía sirve en realidad algún propósito.
La antipoesía costarricense abarca temas eminentemente urbanos, marginales, populares o de la cultura pop y su tono comparte un cierto desencanto, sarcasmo o cinismo hacia los metarrelatos de lo socialmente y artísticamente aceptable o deseable. En lo técnico se aleja de la metáfora o incluso el símil, y es inusual encontrar en ella los tropos retóricos más elaborados como la prosopopeya, la sinécdoque, la metonimia o la alegoría, figuras que por otra parte abundan en la poesía de corte tradicional en nuestro país. Esto se explica porque los poetas han optado en muchos casos por las construcciones verbales comunes, por el discurso directo, o incluso el habla popular como vehículo poético y esto impide indirectamente una poseía eminentemente lírica donde el lenguaje mismo es el origen del fenómeno poético. Sus poemas buscan imágenes más generales, muchas veces una imagen por poema y tienden a la narración anecdótica más que a la alquimia verbal o a la pirotecnia de los maridajes exóticos entre palabras inusuales.
En la nueva generación de poetas, que arranca con el libro Historias Polaroid de 2000, de Luis Chaves, quizá el poeta más representativo del movimiento, militan además, con mayor o menor rigor y apego a los rasgos señalados, autores como Luis Fernando Gómez (La vida de las cosas), Camilo Retana (La Mala Estirpe), Luis Chacón (El Sur), Paula Piedra (Ejercicios Mentales) y Felipe Granados (Soundtrack). Adicionalmente hay poetas como Alfredo Trejos (Arrullo para la noche tóxica), que aunque cercanos a la antipoesía aún así mantienen un estilo distintivo que aún no puede ser incluido plenamente en el movimiento, pero en cuyo conjunto de obra publicada e inédita es notorio un progresivo acercamiento a éste. Este tipo de tendencia también es identificable en la obra de Joan Bernal (Homenaje a la Ceniza). Existen además casos anecdóticos como el de William Eduarte (Frecuencia de Manicomio), de quién solo la obra inédita actual permite adivinar un acercamiento a ese estilo de poesía, pero cuyos libros publicados no permiten verdaderamente incluirlo en este grupo. Finalmente están los poetas jóvenes que se mantienen totalmente al margen de la antipoesía y han desarrollado estilos más cercanos a las vanguardias modernas, los estilos más tradicionales de poesía costarricense o estilos personalísimos de difícil clasificación, como Diego Mora (Tótem Suburbano), Alejandro Cordero (Habitación del Olvido), Jonathan Lepiz (Batallar contra la noche) y David Cruz (Natación Nocturna).
La distinción entre estos poetas y la generación inmediatamente anterior también es evidente. Los poetas que pertenecieron al colectivo literario Octubre Alfil 4 en los noventas como Mauricio Molina (Abrir las puertas del mar), Alejandra Castro (Juro la noche), Esteban Ureña (Bestiario de amor), Gerardo Cerdas (La Ruta de la Seda), Patrick Cotter (Rosa Arcana), Melvyn Aguilar (Territorios Habituales), y algunos independientes congéneres, como María Montero (La Mano Suicida), Mauricio Vargas (Retratos al anochecer), Gustavo Solórzano (Las fábulas del olvido) muchos de los cuales son de la misma edad de Luis Chaves, se han mantenido al margen de este cambio de estilo, continuando proyectos poéticos que ya habían fraguado antes del advenimiento de esta tendencia. Especial mención merece Camila Schumacher (Pretérito Interior) cuya obra es previa a la tendencia aquí discutida, pero comparte con ella casi todos sus rasgos y podría ser considerada como una precursora de la misma.
Es importante aquí insertar la aclaración de que la identificación de similitudes entre las obras de estos poetas no pretende sugerir que estas son iguales entre sí. Cada poeta, inevitablemente, es dueño de su propia y personal voz poética, que lo acerca o aleja de uno o varios de los rasgos expuestos. Una somera comparación entre ellos nos puede dar una idea de sus diferencias. La poesía de Luis Chaves versa sobre temas nostálgicos en poemas anecdóticos que utilizan el ingenio para producir una revelación. La poesía de Granados, por otra parte, ahonda en la temática del paria apoyándose de manera más evidente en los tropos tradicionales, en particular la metáfora. Ambos, por otra parte, comparten su desencanto general y su afición por la cultura pop globalizada. Piedra comparte con Chaves, por ejemplo, el uso del ingenio o el sarcasmo como medio de revelación poética, mientras que Gómez trata sobre la cotidianeidad popular pero una vena nostálgica parecida a la de Chaves. Esto por mencionar solo unos puntos de convergencia y divergencia para ejemplificar el hecho de que ninguna propuesta poética puede ser igual a otra, pero que la mutua influencia que ejercen entre sí las obras publicadas de los poetas de una generación puede crear este tipo de alineación de características, que a veces resulta especialmente poderosa por no estar explicitada en ningún programa previo.
Los orígenes de este estilo de poesía se podrían rastrear quizás hasta el proyecto de depuración de la poesía que proponía Osvaldo Sauma (El libro del Adiós), de cuyo taller fue parte Chaves en su etapa formativa, en donde se defendía la visionaria propuesta de Ezra Pound de que la poesía debía ser "mas cercana al hueso", "más dura y cuerda" y "con menos adjetivos impidiendo su impacto".
La antipoesía costarricense, a pesar de no contar con un documento fundacional propiamente dicho, pareciera guardar cierta relación de origen con la espontánea declaración de propósitos que contenía la revista iberoamericana de poesía Los Amigos de lo Ajeno, editada por Luis Chaves entre 1998 y el 2006, y en la cual publicaron muchos de los poetas mencionados: "No creemos en el entretenimiento, tampoco en la poesía con "p" mayúscula. Esta revista no pretende ser arte, ni anti-arte. Es una revista de poesía, a pesar de la poesía misma."
Poesía a pesar de la poesía misma es lo que esta generación de poetas esta haciendo, ensanchando las márgenes de lo que es aceptable como poesía en el país, declamando poemas cuyos referentes cotidianos y forma corriente de hablar los han acercado a la nueva generación de lectores que de pronto esta logrando de nuevo comprender de lo que hablan los poetas.
José Emilio Pacheco sostenía en un artículo reciente que la poesía se había vuelto poco memorable porque las vanguardias la habían alejado de la rima, y que eso había redundado en una dificultad para memorizarla. Las vanguardias además la alejaron del habla común y la insertaron en la vorágine experimentadora de la modernidad. Nada de malo tiene esto, que Pacheco reconoce como una necesidad histórica. Pero quizá el retorno de una claridad medianera basada en el lenguaje común sea el mecanismo que haga accesible de nuevo la poesía un público joven que en circunstancias normales la hubiera calificado de imposible, vetusta, hermética y simplemente rara, y que claramente no es el típico público joven de la poesía en nuestro país.
En el nuevo siglo posmoderno regido por los valores de la inmediatez, el producto bite-size, la transitoriedad, la globalización mediática de las identidades culturales, el desencanto hacia los grandes propósitos del arte y la cultura pop como fin cultural en sí mismo, la poesía se transforma para acomodar los nuevos valores artísticos de un público entre quien, inevitablemente, se encuentran también los mismos poetas.
La confrontación que se vislumbra entre la antipoesía y la poesía costarricense terminará en coexistencia pacífica, mutua tolerancia e hibridación o en guerra abierta y toma de partidos, pero ya no es posible fingir que no sucederá. De la disención de la norma y diversidad de las tendencias literarias, tanto como del talento de sus autores, se alimenta la gran literatura, y lo que ocurre en este inicio de siglo tiene necesariamente que ser motivo de celebración para la literatura costarricense.
Manifiesto (Nicanor Parra)
Señoras y señores
Esta es nuestra última palabra.
-Nuestra primera y última palabra-
Los poetas bajaron del Olimpo.
Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad:
No podemos vivir sin poesía.
A diferencia de nuestros mayores
-Y esto lo digo con todo respeto-
Nosotros sostenemos
Que el poeta no es un alquimista
El poeta es un hombre como todos
Un albañil que construye su muro:
Un constructor de puertas y ventanas.
Nosotros conversamos
En el lenguaje de todos los días
No creemos en signos cabalísticos.
(...)
6 comentarios
Su texto es un documento de gran valor.
Saludos.







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